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Nieblas

No tengo mucho para anotar. Por eso no he vuelto. No es olvido.

La niña está enferma desde el viernes. Fiebre que viene y va. No se ve decaída, menos mal. Los médicos diagnostican virosis y eso a nosotros nos suena a todo y nada. Como se enferma tan poco estas cosas nos angustian de más.

Este invierno he notado bastante la ausencia de los pájaros. De pronto cada vez los aprecio más y por eso me impacta más el silencio con el que llegan las madrugadas frías. De nuevo estoy en la fase del ciclo en la que duermo muy poco. Procuro seguir en la cama para tener energía durante el día. A veces leo.

Me he sentido mejor de ánimo estos últimos meses. Menos disperso y menos sensible. Aunque también creo que me he aislado más de lo usual. La soledad me hace bien. Reduce las ansiedades y tranquiliza. Puedo enfocarme mejor cuando lo necesito. El mundo en exceso me abruma.

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Lleno de ímpetu salí de regreso a la oficina esta mañana. Volví derrotado a la casa al medio día, con nausea y arcadas ante cualquier olor intenso. Por ejemplo el olor de una manzana en la distancia. Empecé a sospechar que fracasaría en mi retorno al capitalismo salvaje una vez en el tranvía, ahogado entre el aroma de mis conciudadanos, pero asumí el reto como sugiere el libro del rinoceronte. Aunque jamás he leído el libro del rinoceronte estoy seguro de que recomienda esa actitud porque bien vista es una actitud muy recomendable y que un animal como el rinoceronte ejemplifica bien al menos en lo que respecta a su apariencia (que es en últimas lo único que importa). Es una actitud que sin hablar mierda es muy valiosa en la vida e incluso en la muerte. Especialmente en la muerte.

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El bicho estomacal desarrollado en el jardín infantil que Laia trajo la semana antepasada y Mónica cultivo la semana pasada por fin llegó a su servidor, con las consecuencias ya estudiadas. Aquí estoy en la lucha. No moriré. Me hará más fuerte. Aprenderé y resurgiré transformado a través del vómito y la diarrea. No me reconocerán.

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Fui al médico por mis problemas digestivos pero terminamos hablando de mi trabajo, de las vainas que me preocupan, especialmente de esas que sé que no deberían preocuparme, y de la forma como esas preocupaciones me afectan físicamente. También hablamos de mi abuela y sus ansiedades que todos heredamos. Los médicos me hacen sentir todavía más vulnerable y frágil de lo que ya me siento en solitario a diario. Me recuerdan, con sus medidas y exámenes, que me voy a morir de cualquier cosa en cualquier momento. Probablemente de alguna enfermedad idiota que habría podido prevenir de ser menos renuente a visitar médicos y hospitales. Ojalá que no sea tan pronto.

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Últimamente cada vez que me enfermo temo que será para siempre. Que la tos, o el dolor en el costado, o la molestia en la espalda, o este dolor de cabeza que tengo mientras escribo, harán parte de lo que soy de aquí hasta que me muera. O incluso serán la causa de mi muerte. Casi siempre alcanzo a reconciliarme con la idea antes de recuperarme. Tal vez con un par de años me acostumbre. No puede ser tan difícil. Ayer por ejemplo tenía un dolor de garganta delicioso que Laia importó del colegio y me tenía maldurmiendo desde la semana pasada. Hoy de madrugada me levanté y pensé que quizás debería aceptar su carácter crónico y adaptar mis días a su presencia aprovechando las madrugadas que me concedía. Ahora, al borde de la cama, no lo siento. Creo que ya se fue. De verdad no sé cuánto tiempo podría vivir con un dolor de garganta así. Tampoco sé qué habría hecho con todas esas madrugadas de vigilia dolorosa. Sospecho que muy poco.

Remedios

La última vez que cambié de gafas fue hace cuatro años. Probablemente mi miopía haya empeorado bastante desde entonces pero resisto porque la oftalmología es cara en Canadá. Para la depresión tomo yogurt. Para la soledad, esa otra enfermedad moderna inventada por El Sistema, leo, escribo y veo películas. No siempre funciona. Extraño tener amigos con quienes reunirme y conversar. El nomadismo tiene un precio. Para mis problemas intestinales tomo agua y como cosas con fibra. Los dolores los bajo con 500mg de ibuprofeno y siestas largas. Tengo una crema para después de afeitarme, aunque cada vez me afeito menos (y peor). Uso enjuague bucal cuando hay. Prefiero dentro de lo posible evadir médicos y exámenes por miedo a que me confirmen que me voy a morir pronto. Para la ansiedad tomo ginebra o duermo y como de más. Mi tobillo derecho es débil así que prefiero llevar zapatos que lo cubran. En invierno mis manos se resecan por culpa de la calefacción y necesito usar crema humectante varias veces al día para que no me duelan. Me gusta la leche de soya. Quiebro el frío a punta de ruana y té. Todavía no sé qué hacer con el calor ni con el miedo.

Primeras vacunas

Difteria, tétanos, tos ferina, polio e influenza tipo B • Neumococo • Rotavirus