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escatología

Lunes (Orinales con separadores)

Para seguir con mi línea de mini-ensayos sobre baños públicos para hombres hoy quería escribir una nota breve sobre el lento camino hacia los orinales públicos con separadores. Cuando era pequeño esas cosas no existían. El orinal público era uno y el mismo para todos: un gran desagüe largo alimentado constantemente con agua y equipado con aromatizadores sólidos liberados por humedad de colores fluorescentes e intenso olor a flor o fruta artificial. Ahora, veintitantos años después, es cada vez más frecuente encontrar (al menos en Norteamérica) baños públicos donde cada orinal cuenta con barreras a lado y lado que previenen la típica mirada comparativa que todo hombre pudoroso con inseguridades fálicas teme recibir de sus vecinos de micción. Supongo que también hay toda una mitología viril alrededor del calibre e intensidad del chorro. Como sea, parecería que cada vez hay más hombres occidentales que son incapaces de mear en el orinal socialista. ¿La solución? Primero los disponen a más y más distancia (reduciendo la disponibilidad) y ahora además los separan explícitamente. Si este proceso continúa, dentro de algunos años tendremos orinales en cabinas independientes de las cabinas de inodoros y, finalmente, en un golpe de estupidez digna del proceso entero, los orinales serán abolidos, permitiendo así que las longitudes de las filas para entrar a baños de hombres por fin igualen a las de los baños de mujeres, lo que a su vez probablemente repercutirá en el aumento del mal olor en parqueaderos, callejuelas y pasajes subterraneos de bajo tráfico. Todo está conectado.

Jueves

Entonces. Sol esplendoroso versus nieve versus mocos que no me dejan respirar. Soy el señor de los mocos, deidad menor de mi panteón infantil, y me sueno en la ducha y en el lavamanos. Con agua, para no destruirme la nariz. He perdido amistades por confesar esto y mi matrimonio corre riesgo constante por esa misma razón. Mi costumbre de sonarme en la ducha mientras me baño, quiero decir. Creo que es una práctica de uso familiar, como levantar las manos en la ducha para recibir agua en los baños colectivos. Suénese duro, mijo, decía mi abuela. Y uno soltaba todo lo verde que tenía adentro sin pudor en ducha compartida con dos o tres primos más. El agua se lleva todo, era la idea. Pero entremos en detalles: para empezar, tengo los cornetes más grandes de lo recomendado por Dios, pero además mi fosa izquierda, por culpa del tabique curvo producto de un incidente de naturaleza parcialmente desconocida, sólo funciona a un treinta por ciento de su ya limitada capacidad. La derecha es mucho mejor en parte gracias a la misma curva pero, tal vez por eso, acumula muchos más mocos. El espectáculo no es agradable pero alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que liberarme, así sea por unos minutos, de mi congestión casi constante que se turnan amigablemente las gripas y mi rinitis. Me sueno primero a la izquierda. El esfuerzo por lo general me tapa los oídos. Siento que la cabeza va a explotar. En la derecha el fluído es mucho más suave pero también más abundante. Si estoy en la ducha me clavo el chorro directo contra la nariz hacia adentro y resisto. Dejo que el agua me limpie. Waterboarding ligero autoadministrado. Repito la operación. Se siente bien. Casi tan bien como estornudar con grito y sin contenerse. En los entretiempos leo. Hoy es mi día de descanso.

Sábado

Mientras Mónica trabajaba en el laboratorio yo limpié la casa para recibir a Jana, Clif y la pequeña Lorelei esta noche. Tengo problemas con mi técnica de barrido. Me duele la espalda cuando barro. Creo que me inclino de más. Cuando Mónica volvió almorzamos en el bar aquí al lado. Ella pidió alitas picantes y yo una hamburguesa. No debería comer hamburguesa, siempre me deja el sistema digestivo en estado de emergencia. Hace unos días soñé que estaba orinando en el baño de la estación de Kitchener y no podía parar. Desde que descubrí que el jabón del baño de la estación de Kitchener huele a chicle (ese olor dulce a chicle clásico de unos chicles que, creo, ya no existen) entro al menos una vez al día a orinar y luego, como recompensa, me lavo las manos. En el sueño, la meada era interminable e incontenible y eso me angustiaba porque temía que perdería el tren. Nunca había soñado algo así antes.