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Por estos días trabajo con frecuencia al aire libre en el techo de la oficina junto a Jasna y George. A veces hablamos tonterías pero por lo general simplemente nos concentramos en nuestros respectivos proyectos. A George le gusta opinar y a mí discutir. Somos un buen equipo en parte por eso. Jasna se conecta y desconecta de las discusiones con sus audífonos y teclea mientras baila. Es un placer verla bailar.

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Anticipaciones es una colección de seis ficciones publicadas en revista Matera durante los últimos dos años y algo. Antes que cuentos son escenas o tal vez promesas de escenarios. Luis y Javier dicen que podrían hacer parte de algo más grande. De cierta forma son subproductos del proyecto eternamente postergado con nombre clave Sumapaz. O lo que me puedo permitir escribir en este lapso sin tiempo de la vida.

(La excusa secreta para publicarlos en línea (Matera es estricta y rabiosamente física) era experimentar con Jekyll. Me dejó muy contento. Quisiera hacer más con él.)

Lectoras

Hoy, en las mesas afuera de la cafetería, vi a una mujer leerle en voz alta un libro infantil con dibujos a su mamá. Debían llevarse unos treinta años pero eran todavía muy parecidas físicamente: ambas con el pelo largo y la cara larga; ambas vestidas con faldas de flores y camisas sueltas. Tal vez la mujer joven elegía la ropa de ambas. La mamá estaba sentada muy erguida con las manos sobre las piernas y seguía la historia atenta a los dibujos que la hija señalaba mientras leía. En las páginas que alcancé a ver los protagonistas (¿tal vez eran ladrones?) escapaban en un carro muy viejo por una carretera escarpada, pasaban junto a un granero rojo y en cierto punto daban un giro, rompían una cerca y continuaban la huida por un pastizal. El rastro de las llantas del carro quedaba marcado en el pasto seco. Pensé en Alejandro y las mujeres lectoras que le gusta coleccionar.

Pie

Tomo fotos a los niños del vagón que sirve de enfermería. Por el sufrimiento de los niños pagan más. Hay un niño pequeño con las piernas quemadas por la explosión de una hornilla de propano. Tiene las heridas abiertas. No es una imagen agradable. Se venderá mejor. Eso es lo que quieren. Al pie de foto explico: Su papá murió en el accidente. Su mamá lo atiende. No habla con nadie en el vagón salvo con el niño. Hablan en uno de esos idiomas viejos. Entiendo muy poco. Me recuerda el acento de mi abuela. El niño llora, dice que le duele. La mamá lo calma y le canta canciones que tal vez alguna vez fueron reconfortantes y apropiadas pero en su voz se ahogan. Por las noches, mientras el niño duerme, la mamá también llora. Nadie le canta.

En público

Uno de los problemas de Twitter como medio de interacción social es que convierte conversaciones entre conocidos en escenas en vivo ante un público numeroso con expectativas y exigencias. Esta presencia constante de una masa de testigos/jueces necesariamente condiciona lo que se dice y cómo se dice, y de paso determina la naturaleza de las relaciones que se construyen ahí.

Texas

La placa del carro que nos cerró el camino cuando veníamos del aeropuerto era de Texas. El taxista lo notó, semiadelantó al carro infractor por la izquierda, abrió la ventana del copiloto y le gritó al conductor “Esto no es Texas” en ese acento lindo que tiene la gente de acá. Y luego agregó: “Si no llevara a un bebé, le cerraría el paso y dejaría que eso lo arregle la policía.” Luego nos pidió disculpas por el incidente. Yo le dije que no tenía por qué: había hecho lo correcto. Cuando nos bajamos del taxi me dio la mano y me dijo que esperaba que disfrutáramos de su ciudad.

Del puente para Alá

Alrededor del diez por ciento de los habitantes de London, Ontario, son colombianos. Empezaron a llegar a finales de los noventa. Son detectables (mi corrector propone detestables) en centros comerciales, buses y festivales de verano. Tienen su propio semanario en línea. Problema: no es claro por qué alguien podría elegir este lugar para asentarse como inmigrante. Que la comunidad sea tan grande me intriga todavía más. Esta no es precisamente una ciudad próspera. Todo lo contrario: los índices de desempleo son altos y la industria es escasa. El centro está tomado por los adictos zombis y los mendigos. Dicen que cerca de la mitad de los colombianos están acá como refugiados, así que reciben una pequeña suma mensual (menos de setecientos dólares) que les otorga el gobierno de Canadá. Tal vez eso ayuda. Sea como sea, aquí están.

Este fin de semana, la comunidad de colombianos celebró el día de la independencia de Colombia. Aunque nunca vamos a esas cosas (acuso alergia aguda a las banderas), es difícil no enterarse. Tradicionalmente, la fiesta se celebra en un parque que queda en la mierda, junto a una planta de control de polución. El apellido del parque es Off Leash Dog Park. Apropiado. Supongo que el gueto principal está por ahí cerca. Este año se anunció con meses de antelación en varios medios locales que la celebración volvería al parque, pero a última hora el periódico latino del pueblo organizó, en llave con el locutor (asumo popular) de un programa de radio en español, su propia fiesta de la independencia en una plaza del centro de la ciudad, junto al mercado. Descubrimos la sede alterna ayer, en un paseo para apaciguar a Laia. Había tarima y puestos de venta de comida pero poca gente. Unas niñas maquilladas bailaban salsa con muñecos de trapo. Era evidente que la sede satélite, más que una ampliación de las celebraciones, era una disidencia. El locutor popular, políticamente influyente y amigo de los de la plata, quería montar chiringuito aparte. El periódico organizador niega que haya disputa o ánimo competitivo pero en la práctica es más que claro en qué consistía el juego y quién perdió: el periódico se quedó con los patrocinadores y el parque con la gente.

El panorama era similar hoy, cuando fuimos a la caza de un plato de lechona y otra siesta prolongada para la niña. Salseros tristes en la tarima, invitando a un público inexistente a bailar. Es extraño pero también familiar. La fuerza que prima entre los colombianos en el exterior es con frecuencia repulsiva. Las confrontaciones son frecuentes. La desconfianza manda. Nadie sabe quién es quién y mejor ni saber. Cada cual va por su lado, a su suerte, contra el siempre sospechoso resto. Diría que no los entiendo pero mentiría, y eso no le gusta a Dios.

*

Escena en Antojitos, el puesto de lechona y picadas instalado en el festival disidente (¿tendrían también puesto en el parque?): pedimos tres platos. Mientras esperamos aparece un paisa gordo colorado medio borracho de sombrero, con los brazos llenos de teléfonos escritos en bolígrafo, que al hablar transita con fluidez seguro inconsciente entre el parcero y el brotha, como mi amigo Óscar. Le pregunta al dueño del puesto si tendrá carne(cita) más tarde. El dueño, que lo conoce, responde que sí. El paisa le explica que ahora mismo (son las tres) no puede comer pues el viernes inició un mes de ayuno estricto, pero le recomienda un plat(ic)o bien cargado de carne asada con papitas a eso de las nueve, cuando caiga el sol. No sé por qué tengo la impresión de que lo quiere gratis, por la amistad. El dueño dice que seguro, mi hermano. El paisa le dice que lo único es que no lo vaya a preparar junto al puerco, parce, porque eso es pecado, if you know what I mean. Le señala la lechona. Insiste: pilas ahí, güevón. Luego se va. Alá se lleva a los mejores de nosotros.