Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

escritura

El matrimonio nos une, no nos procrea

Una buena defensa del matrimonio entre parejas del mismo sexo desde una perspectiva católica (Vía Dan Savage):

For those more inclined to divining truth from modern day mythology than Scripture, I suggest watching the first 10 minutes of the Pixar film, Up. A couple that desires children experiences deep loss and sadness when they find out that they cannot conceive. But does that make their marriage any less of a marriage? When a couple practices birth control (natural of course) while having sex, are they less married at those times than when sperm is free to encounter egg? And are married couples who choose to not have children really not married couples after all?

The answer to these questions is, of course, a resounding “no.” That’s because the primary purpose of marriage is unitive, not procreative. It is the union that makes the marriage sacramental. Marriage, in and of itself and regardless of the presence of children, is a path to God.

Lostalgia

El último proyecto de Santiago Ortiz es Lostalgic, una visualización del guión de Lost utilizando la información disponible en Lostpedia. En Creative Applications lo entrevistan al respecto:

I believe books, movies and in general stories could be visualized in ways persons not only will learn about the contents, the context and the structure of the narrative but will actually read in a different ways the story, or, if you want, will read another story out of the atoms and molecules of the allegedly analyzed one (and I use the word ‘read’ in the most wide hermeneutical possible sense). These aren’t new ideas at all, for many that’s exactly what literature and art criticism should do: build new meaning out of the previously existing one. When it comes to create interactive visualization, or, in general, interactive creation based on pre-existent narrative material, I think there are multiple unexplored ways to create new meaning, new stories… or to re-tell the same story (which is as impossible as to take a bath twice in the same river, as Borges perfectly explained in his Pierre Menard, Author of Quixote story). ‘Re-telling’ has been explored in digital arts but not so much in visualization.

Rumbos

El fin de semana pasado vimos la segunda temporada del Juego de tronos. Hace un año, cuando terminamos de ver la primera, Mónica leyó de golpe los cinco libros disponibles de la serie y quedó en las mismas. Yo sólo leí tres y me planté. No puedo con las tramas sin rumbo.

La adaptación para televisión corrige algunos defectos de la versión original. Casi todas las modificaciones que proponen son para bien. Los escritores de televisión son eficientes y organizados y tienen, en general, más respeto por su audiencia (y la historia) que el señor Martin, que hace años abandonó cualquier pretensión de control sobre sus tramas.

La única motivación de Martin es expandir la serie en tantos libros como pueda, abusando de cliffhangers falsos y giros dramáticos por lo general basados en la aniquilación súbita de personajes aparentemente centrales. Su prosa es apenas funcional. Su técnica narrativa, primitiva.

Mi teoría es que La canción de hielo y fuego siempre fue pensada para ser una serie de televisión o una película. O al menos siempre aspiró a convertirse en eso. Que haya sido inicialmente publicada como un libro es un accidente debido a las dificultades obvias para entrar en contacto con productores y convencerlos de que una historia a medias tiene potencial. El éxito del libro era necesario para que tomaran a Martin en serio.

El acierto principal de la adaptación consiste en ignorar las arbitrariedades de Martin y tomar su nudo de pseudo-arcos como un mapa de ruta factible de ser modificado, o (usando mi metáfora narrativa favorita) como un campo vectorial lleno de sifones (piensen en Arya, Sam, Bran, Brienne, ¿sigo?) en busca de una curva-solución suficientemente amplia (y razonablemente continua) que aproveche al máximo la riqueza del mundo que describe (sin duda su mayor virtud). De esto ya había hablado. Los guionistas saben que es riesgoso seguir a Martin a ciegas: probablemente su serie de libros se desmorone en la última o penúltima entrega (si es que Martin no sufre un infarto antes).

Malas y buenas

La mala es que las bases del concurso decían que era para “todos los escritores colombianos o extranjeros residentes en Colombia” y yo entendí que por ser colombiano así no viviera en Colombia podía participar. En realidad el concurso era sólo para personas que viven en Colombia, sean de donde sean.

La buena es que aunque debido a mi incomprensión de lectura fui descalificado (aquí las ganadoras) hoy me escribieron de la editorial para proponerme publicar mi novela melancólica-paranormal sobre niños con poderes, enfermedades y aspiraciones extraterrestres a mediados del próximo año. Ojalá que sí se pueda.

El argumento inverso

Un problema frecuente entre los estudiantes que apenas se inician en sus cursos de matemática avanzada es el vicio del argumento inverso para demostrar cosas. Si quieren demostrar que una expresión es cierta, entonces inician la prueba con la expresión a demostrar y la desarrollan/transforman hasta que llegan a una expresión que conocen y saben verdadera. Luego cantan victoria.

Muchas veces el argumento inverso oculta una demostración genuina (y en ese sentido es útil), pero siempre existe el riesgo de que la cadena de implicaciones no sea bidireccional, en cuyo caso sólo se demuestra que una expresión conocida es una consecuencia formal de la expresión a demostrar. Si además se toma en cuenta que una afirmación falsa implica cualquier cosa, incluyendo afirmaciones verdaderas, entonces el argumento inverso puede terminar fácilmente validando expresiones falsas.

Mi impresión es que este vicio no es producto de dificultades lógicas arraigadas (casi todos los estudiantes entienden rápidamente cuál es el problema una vez alguien lo señala) sino de malas prácticas al escribir matemática promovidas por cursos enfocados en la mecanización de técnicas sin reflexión alguna sobre los procesos subyacentes. Si la escritura de matemáticas no se presenta/promueve como una explicación para alguien más (que debe entender el proceso sin contar con la presencia del autor) entonces la redacción predominante es la misma de las hojas de borrador, donde el argumento inverso es sin duda alguna una herramienta válida de exploración preliminar.

Domingo (Opinión)

A finales de 2009 y principios de año pasado tuve una pequeña columna de opinión en El Espectador. (Mi favorita (que es una manera positiva de decir la-única-que-me-dejó-medio-satisfecho-y-me-atrevo-a-compartir) fue esta que escribí sobre las visitas de Vollmann a Colombia (creo que también fue la última).) La mayoría de las veces mi columna aparecía sólo en la edición digital pero creo que un par de veces salió con la edición impresa los sábados. Lo hacía por gusto (y por curiosidad). Quería escribir sobre todo al respecto de la relación entre tecnología, ciencia y sociedad (un asunto al que los medios colombianos, por desgracia, no le dedican mucha atención seria (que es una manera amable de decir que hacen un trabajo deplorable)) y pensé que llevar la columna era una manera de forzarme a hacerlo, de ganar disciplina y pericia para escribir prosa amena con propósitos divulgativos. Obviamente no me pagaban nada por eso (La única publicación colombiana que me ha pagado algo por un texto es la revista Arcadia). No llevo la cuenta de cuántas columnas escribí, no fueron muchas (intentaba publicar una cada dos semanas), pero recuerdo que sentí muy rápido que no tenía más que decir. De hecho creo que lo que sentí fue que nunca había tenido nada que decir, al menos no en el tono que se espera en una columna de opinión. Para escribir columnas de opinión hay que ser una persona convencida de cosas, ojalá de muchas cosas (o de una cosa que permita hablar de muchas cosas), o ser muy bueno fingiendo esos convencimientos, porque lo que quiere el lector de columnas de opinión no es que le den una opinión sino que le den la razón con contundencia en un asunto controversial, crítico (ya sea mediante la exposición del punto de vista propio que lleve a la autoadulación por coincidir con esos grandes pensadores y analistas de la-realidad-nacional-e-internacional, o por la exposición del punto de vista contrapuesto que despierte la (placentera) indignación y le permita sentirse mejor que el opinador, ese cretino hijueputa cínico vendido ruín y sin dignidad (todo es cuestión de polos; la razón, a la sazón, es bivaluada)). Los lectores de columnas de opinión (me incluyo) quieren juicios severos, constantes, sin demostraciones de fragilidad, sin dudas, de ser posible sin matices (no les interesa que les presenten un problema sino que les digan a quién (o qué) odiar/amar/culpar/perdonar/condenar/denunciar/aprobar/rechazar/defender/desecrar (un verbo que hace falta en español) y ojalá cómo), y para hacer eso con regularidad (una que otra vez cualquiera es capaz) se necesitan talentos que, aunque de cierta manera admiro y hasta envidio (acá un ejemplo y acá otro), ni tengo ni me interesa adquirir. Para decir insensateces insustentables con relativa impunidad y sin angustias ya tengo un blog.
________________________________
Este, ahora que lo pienso, es un resumen de una conversación que tuve con Óscar en noviembre, mientras caminábamos por Kiyomizu-dera.

Lunes

Tormenta. Última clase del semestre. Qué aburrido es este diario. Nunca pasa nada. Nunca llegan los extraterrestres para rescatarnos y llevarnos a ese lugar mejor donde todos somos luz dirigida que fluye y se mezcla hasta transformarnos en una sola entidad múltiple e infinita. ¿Dónde están los extraterrestes? ¿Por qué no vienen? ¿Qué los detiene? Llevamos siglos esperándolos. Tengo algunos planes para las largas (si no eternas) vacaciones. El primero es montar la nueva versión de HermanoCerdo. Es algo que pensé en tener listo en enero pero finalmente fue imposible. También quiero traducir un cuento de Sergio de la Pava y una crónica de Heydar Radjavi. Por otro lado quiero retomar la escritura. Tengo varios proyectos pero son difusos. Tal vez lo más concreto es una novela juvenil sobre un niño con un primo enfermo un poco mayor que él que tiene poderes sobrenaturales. Pero también está esa premisa que vuelve y vuelve sobre las personas atrapadas, por la guerra, en un instituto de investigación científica en la periferia de una ciudad que a veces parece más bien un centro de reclusión psiquiátrica. Son ideas no más, con algunas notas y diagramas dispersos en cuadernos. Otra cosa que quiero escribir es un ensayo al respecto de la dimensión política del Princeton Companion to Mathematics. Es algo que discutí hace un año largo con Andrés pero nunca pude desarrollar.

La experiencia de dictar un curso para ciento treinta personas fue mucho más agradable de lo que hubiera pensado. Obviando la ansiedad constante previa a cada clase por culpa de mi miedo a hablar en público, el ejercicio de dictar este curso me hizo bien. Fue saludable e interesante. Me obligó a repensar mi relación con el tablero y, en general, el escenario de clase. La pedagogía a escala industrial requiere mucho más histrionismo que el que se requiere para grupos pequeños. Es necesario mantener la atención (Con grupos pequeños, al contrario, usualmente he optado por ofrecer atención individualizada mucho más que apostar por una atención grupal). Un problema que sentí, y que no pude solucionar, es que es terriblemente difícil recibir retroalimentación y mucho menos tener una conciencia clara de las dificultades que tienen los estudiantes. La comunicación es mayoritariamente unidireccional. Eso me frustra. También me hubiera gustado tener más control de la clase en general, pero, por otro lado, el hecho de que el curso contara con un supervisor me permitía desentenderme de una fracción de las labores administrativas tediosas que son necesarias para que estos cursos funcionen. Unas por otras.

Viernes

Despierto a las cuatro. Vuelvo a dormirme hacia las siete. El Kindle llega a las diez. Plinio se cae a medio día. No almuerzo. Ceno pollo asado con papas fritas. Me siento cansado y no de muy buen ánimo. La familia de Mónica llega en unas horas. Por fortuna mañana es sábado. Olvidé mandar una carta hoy. Necesito imponerme una rutina de trabajo estricta. Con Mauricio se volverá todavía más importante. Pierdo mucho tiempo. Quiero editar en formato epub y mobi el libro de cuentos que he titulado provisionalmente Inframundo. Le propuse a Laura que lo ilustre cuento a cuento. Necesito retomar la preparación del ensayo sobre matemáticas y literatura que me comprometí a entregar a final de año. Necesito estudiar esquemas diferenciales. Quiero proponerle un proyecto relacionado a Rahim para mi semestre en Waterloo. Debería volver a escribir. Tengo ideas, no sé por qué lo postergo tanto. Estaba pensando en por qué dejé de escribir la columna para El Espectador. Creo que la principal razón fue que no tengo el temperamento para escribir una columna de opinión. Para escribir una columna de opinión hay que creerse lo que uno dice, se necesita seguridad y firmeza. De lo contrario el ejercicio es fútil. Me faltan certezas para escribir columnas de opinión. Y tal vez también cierto nivel de indignación. Prefiero la ficción. Es más privada y no se necesita ser un bravucón.