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Los resultados de Pisa merecen atención pero también cuidado en su interpretación. Pisa, como todo examen, evalúa un contenido dado. Se parte del supuesto de que este contenido es estándar. Se asume que el diseño del examen toma en cuenta sesgos culturales. ¿Qué tanto? Es difícil de saber. Sin duda Pisa se acomoda mejor al sistema educativo de ciertos países que a otros. En últimas lo que Pisa mide es la cercanía del sistema educativo de un país al ideal que la organización propone. No creo que las personas al frente de la educación colombiana tengan claro cuál es ese ideal que Pisa promueve implícitamente con su examen. (Es discutible (o debería serlo) que ese sea un objetivo que debamos adoptar, por cierto.) Ni siquiera creo que esas personas tengan algún objetivo claro en mente. La verdad es que el sistema educativo colombiano está tan a la deriva y su existencia es tan difusa que es casi imposible tomar los resultados de Pisa como demostración de algo distinto a su abandono. La capacidad del examen para evaluar algo profundo (estilo “la capacidad de los muchachos para resolver problemas” — de paso: ¿cómo se puede esperar medir con un examen escrito la capacidad para resolver problemas cotidianos de unos muchachos que no saben leer ni escribir?) es contingente a que contemos con un sistema educativo relativamente organizado y mínimamente funcional, cosa que en Colombia, no nos mintamos, todavía no existe. En tanto que la calidad del sistema educativo dependa de la buena voluntad de héroes anónimos dispersos rodeados de un mar picado de mediocridad los resultados lamentables en las pruebas Pisa no hablarán de maestros ni de estudiantes ni de colegios sino de la ineptitud de los políticos y funcionarios y su desprecio más que evidente por el futuro del grueso de los colombianos.

Sábado

Sábado nublado de ganas de nada. En el buzón tengo los ruegos de una estudiante (pensé en transcribirlos pero me abstengo) que tal vez será expulsada de la universidad por perder este curso (no es muy clara al respecto). Mónica (la guardiana de mi frágil estado emocional) opina que no debo responder, pero le respondo igual porque siento que hace parte de mis responsabilidades. Se merece una respuesta, así sea corta. No me cuesta nada y me tranquiliza. Me hace sentir que hice lo correcto. Le digo: No hay nada que yo pueda hacer. Le vuelvo a explicar con cuidado, suma a suma, de dónde sale esa nota final. Ella responde: No me diga que no hay nada que pueda hacer. Please find it in you to help me. Le digo: Lo siento, no está en mis manos. Me contesta: I don’t know what else I can do. Please don’t do this. Le digo: Lo siento muchísimo. No debió esperar hasta el último momento para pedir ayuda. Me da las gracias. Se disculpa. El hilo de mensajes tiene por título please please help me, como si fuera una canción. Lo archivo. Nueve mensajes en total. El último es de ella.

Miércoles

Atendí estudiantes de once a seis casi sin descanso. No vinieron muchos, pero cada visita duraba entre una hora y una hora y media, aunque se solapaban unos con otros. Un noventa por ciento de las preguntas son debidas a inseguridades o exceso de autoconfianza y casi ninguna a verdadera incomprensión. Cuando no hay suficiente práctica, es difícil medir la dificultad de los problemas y es frecuente que los estudiantes los consideren imposiblemente difíciles (y entonces no sepan qué hacer o les parezcan por fuera de su alcance) o increíblemente idiotas (en cuyo caso se preguntan por qué diablos eso es un problema y, peor, por qué su respuesta obvia y directa por simple sentido común no coincide con la respuesta del libro o con la, en comparación, complicadísima respuesta de un amigo). Parte de mi labor, he descubierto, consiste en guiarlos dentro de los problemas mucho más que a través de ellos y por otro lado convencerlos de que cuentan con muchísimas más herramientas para valorarlos y enfrentarlos que las que creen que tienen. Se siente, por momentos, como despertar un poder sobrenatural dormido del que no tienen conciencia. Ahora estoy en el tren y miro a una mujer frente a mí maquillarse compulsivamente por al menos treinta minutos. Su amiga la ayuda a sostener el espejo para las operaciones más delicadas, alrededor de los ojos. Aún no veo diferencia entre el antes y el después. Tal vez todavía no hemos llegado al después.

Viernes

Me levantaron las noticias desde Japón. Volvió a nevar. La nieve, finísima, se pegó a los árboles mojados por las lluvias de los últimos días. Los cubrió enteros. El bus a la estación de tren se demoró en pasar. El tren llegó con retrado y llegó a Kitchener una hora más tarde de lo programado. Ontario, reconocido por sus duros inviernos, no tiene la infraestructura para que su sistema de transporte ferroviario resista una nevada menor. Mis estudiantes tienen su segundo examen el lunes, así que ofrecí horas de oficina todo el día. Un par de estudiantes pasaron a que les dijera qué estudiar. Me preguntaron cuál era el tema más difícil del examen. Les respondí que todos los temas eran difíciles. Tras tres preguntas más quedó claro que no habían asistido a buena parte de mis clases. Les dije que al menos intentaran hacer los ejercicios primero antes de volver a preguntar. La verdad es que ni siquiera tenían dudas. Uno de los dos reconoció que venían a las horas de oficina con la esperanza de que vinieran otros e hicieran preguntas por ellos. Estudio por ósmosis. Les dije que las cosas no funcionaban así. Se fueron avergonzados.

El tren de regreso también venía con retraso. Tuve que esperar en la estación de Kitchener por una hora.

Historia de amor número trece

Donde la profesora cuarentona de inglés de vestidos escotados y tacón descubre que una estudiante le escribe cartas de amor y lujuria particularmente comprometedoras y no sabe qué hacer con ellas porque en el fondo se siente halagada por el deseo de esta adolescente que la mira con los ojos que hace años su marido decidió dedicarle sólo a la pantalla de su computador, pero por otro lado sabe que cualquier muestra de interés de su parte sería causal inmediata de despido, desprestigio y probablemente divorcio, un riesgo que ella, a su edad, no puede darse el lujo de tomar.