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ética

Respeto

En el libro que leo dice Simone Weil que cada ser humano tiene un destino eterno y que este destino eterno juega un papel, por lo pronto vago, en la determinación de nuestras obligaciones con los otros. La principal obligación que tenemos con los otros es el respeto. El respeto es una obligación constante y su violación, dentro del esquema moral de Weil, es inexcusable. Una forma sencilla de respeto que procuro practicar es reconocer a cada persona como individuo en lugar de una intersección de colectividades y tratarla desde esa posición (así sea artificiosa), desestimando sus membresías y afinidades puntuales y concentrándome en cómo se manifiesta a través de sus acciones y relaciones con sí misma y con otros. Otra, relacionada, es asumir que cada cual tiene una disposición similar para aprender y enseñar, y es nuestra responsabilidad promover el flujo e intercambio positivo de pensamientos y experiencias pues este ejercicio es esencial para irrigar el sustrato del mundo que compartimos: nos debemos mutuamente.

Ratón

Hay un ratón en Sing que consistentemente durante toda la película trata mal a sus compañeros de trama: una banda de cantantes aficionados mayoritariamente de buen espíritu que quieren alcanzar la fama. Al principio lo hace solo con desprecio y burla pero más adelante su comportamiento indirectamente desencadena la desgracia que cierra el segundo tercio de la historia. Y no sé si admirar o incomodarme de que pese a esto nunca recibe su merecido. Incluso después de la desgracia sus compañeros lo aceptan como parte del grupo y hasta el final sus comentarios y actitud prepotente persisten impunemente. Ni un gesto de arrepentimiento. No me quedó claro si su escena final era una forma de indicar que su castigo sería inminente. Un personaje intrigante, en todo caso.

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Pensaba anoche, al terminar de ver la cuarta temporada de House of Cards, en la paradoja de despreciar intensamente a los Underwood por su corrupción y vileza y al tiempo admirar y casi envidiar su visceralidad: su compromiso rotundo con los sentimientos más o menos primarios y naturales que otros procuramos (¿sin razón?) aplacar. Por ejemplo su entrega sin pudores a la ambición. Más de una vez he lamentado mi resistencia timorata al desenfreno.

Estupidez cósmica

De nuevo vemos Breaking Bad. No siempre tenemos el coraje para ver Breaking Bad. Breaking Bad a veces supera nuestra tolerancia ética. Es una serie difícil de ver porque su argumento se sostiene sobre malas decisiones enlazadas en cadenas pesadísimas que prometen El Horror, y El Horror cada tanto llega para recordarnos que existe. Esas malas decisiones son el producto de una suerte de estupidez cósmica que cuesta entender con compasión o empatía, incluso cuando las motivaciones que canalizan esas decisiones son, si no nobles, al menos comprensibles, y los personajes son tan genuinamente humanos que logran que sus desgracias duelan de verdad. Los dilemas morales serios son con frecuencia irresolubles pero dentro del espectro de remedos de solución hay selecciones que reducen un algo el riesgo de desastre. En Breaking Bad todos los personajes dedican lo mejor de ellos a exprimir lo peor de sí mismos. Esperar la caída de El Horror es angustiante. Saber que todo obedece a un Plan (sea interno o externo) me perturba todavía más.

The Scar

Fragmento de Arrival at Sky Harbour, por Ian McQue

En el centro de la trama de intriga marítima de The Scar, de China Miéville, se encuentra un dilema sobre el valor (y sentido) de la libertad propia en relación a la potencial opresión ajena. Miéville usa sus novelas como laboratorios de experimentación y reflexión ética-política. Mediante historias fantasiosas de acción y aventura científica con simbologías diversas, abierto compromiso feminista, una buena carga de steam punk y prosa de calidad inusual para el estándar del género, Miéville propone interacciones conflictivas entre individuos y sistemas de poder sin solución aparente. El sentido moral de los personajes (por lo general héroes intelectuales trágicos de formación e intereses eclécticos) los atormenta y condena a aceptar la responsabilidad por la clausura causal íntegra de sus decisiones, incluso cuando admitirla sea un camino directo al sufrimiento propio (y tal vez el exilio). La ficción de Miéville es aparentemente ligera pero al mismo tiempo éticamente incómoda. Eso contribuye a que su lectura sea tan enriquecedora y satisfactoria.

Lunes (El dilema del mecánico)

El dilema del mecánico (modificado un épsilon por su servidor para propósitos experimentales) dice que un hombre poderoso le da la oportunidad de matar a un amigo suyo (alguien cercano, que a usted le importe, cuya ausencia seguro le dolerá) de la manera que usted prefiera. Tiene una semana. Su vida no corre riesgo. Si se rehusa o no cumple, alguien más lo hará (no hay manera de prevenir esto) y entonces, el hombre le advierte, no hay garantía sobre la calidad o circunstancias de la muerte de su amigo. En particular, es altamente probable que sufra, que sea humillado, torturado y sometido a vejaciones inimaginables. Por supuesto, la reacción inmediata ante semejante propuesta sería rechazarla ofendido en honor a la amistad (y al principio universal que le da cierto valor esencial a la vida humana), sin embargo ésta no es una decisión fácil. Su inacción no salvará a su amigo de la muerte y, como dice el hombre, tal vez usted le pueda ofrecer un final más digno. ¿Qué haría usted?