Llueve ceniza. Huele a carne asada. Dicen que son los incendios en la ciudad. La radio transmite anuncios automatizados de manera esporádica entre bips y baladas viejas. Promesas de calma. Sitios y horarios de distribución de víveres y servicio crematorios. Una mujer que llora y pide a Dios por la suerte de sus hijos, desaparecidos en el primer bombardeo. Instrucciones para sobrevivir a un ataque biológico. Lista de refugios con vacantes. Ayer no llovió pero cayeron volantes rojos con amenazas y nombres. La sabana no es segura. Los perros están nerviosos: sienten el rumor de los tanques. He iniciado un cuaderno nuevo donde consigno en limpio los progresos de las últimas semanas. Será lo único que me lleve. Eso y el diccionario. No sé todavía para qué. Qué sentido tiene seguir. El viejo dice que se queda. A nadie le importa. Ni a mí. Se quiere morir. Lo entiendo. En últimas es sensato. Casi no puede caminar. ¿Qué futuro le espera? La casa es nuestra. La doctora no volvió. Las enfermeras huyeron tras la estampida de avestruces. El viejo dice que nos engañan. “Se burlan de nosotros, no sé por qué no pueden verlo”. En la televisión, por las noches, sólo hay musicales y películas de terror.