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Azares

La semana pasada vimos Sleepwalk With Me y este fin de semana vimos Bill Cunningham New York. Forzadas por la proximidad y nuestras circunstancias, ambas películas conversan sobre los dilemas vocacionales que aquí en la casa nos tienen tan confundidos por estos días. Sleepwalk With Me cuenta la destrucción de una relación cuyo debacle impulsa la carrera de un comediante joven en proceso de autodescubrirse. Bill Cunningham New York es un documental sobre el trabajo obsesivo del fotógrafo de moda callejera del New York Times. En Sleepwalk With Me el sacrificio del protagonista es explícito. En Bill Cunningham New York, en cambio, es latente. Ambas son películas con sombras tristes. Bill Cunningham es un monje-institución sonriente de ochenta años que recorre Manhattan en su bicicleta a cualquier hora tomando fotografías de la ropa que le gusta. Por las noches asiste a fiestas de la alta sociedad a tomar fotos de los presentes. Su trabajo es su vida. Parece satisfecho con lo que ha construído pero hacia el cierre de la película, cuando el director le pregunta por su intimidad, Cunningham tiene un momento de debilidad y quiebra la voz al hablar de la soledad que aceptó para su vida tal vez por presiones familiares. En Sleepwalk With Me la relación en crisis libera a Matt/Mike de las expectativas y pudores que lo tenían anclado a una vida que no entendía pero que aceptaba como correcta porque era cómoda y se sentía (al menos en la superficie) bien encaminada. Bill Cunningham no es un hombre en busca de la perfección en su arte sino alguien absolutamente comprometido con una pasión. Matt/Mike intenta entender lo que quiere mediante la destrucción de certezas impuestas. Obviamente ambas películas son historias de éxitos evidentes o su promesa. Tienen una sombra oscura pero son en últimas optimistas. Bill Cunningham encuentra felicidad y compañía en su dedicación (su desapego lo ampara y reconforta). Las tristezas y arrepentimientos de los protagonistas son compensadas (en alguna medida) por las satisfacciones que alcanzan o seguramente alcanzarán. La literatura motivacional insiste mucho en la confianza en las pasiones como norte vital. Se supone que basta seguir lo que nos gusta con devoción y compromiso para encontrar el lugar que nos corresponde, donde seremos lo mejor que podemos ser. Hay todo un mercado de productos construidos alrededor de las aspiraciones. En la práctica todo es muchísimo más complicado porque los gustos y pasiones cambian y se adecúan a nuevos objetivos y obstáculos que surgen arbitrariamente. Con los años, las preguntas sobre qué querer ser empiezan a sonar vacías: a la larga nuestras preferencias tienen un alcance de acción limitado incluso sobre nuestras propias vidas. Poquísimas personas tienen pasiones tan claras como Bill Cunningham (y están dispuestas a sacrificar tanto por ellas). La mayoría, sospecho, están más cerca de Matt/Mike, que da tumbos de un lado al otro intentando estabilizar temporalmente el viaje en algún nicho de tranquilidad que les permita no pensar demasiado en la incertidumbre (y la finitud) del futuro.

Compliance

Mi experiencia de Compliance fue determinada seriamente por el efecto del pastorcito mentiroso. Me explico: estamos tan acostumbrados a ver películas “Basadas en la vida real” donde los guionistas toman libertades para convertir la historia en una trama digerible y comercializable que cuando encontramos una película que se toma esa premisa en serio, cuando de verdad se ciñen a lo que pasó incluso si lo que pasó es absolutamente inverosímil/incomprensible, nuestra primera reacción es dudar de la capacidad de los guionistas para ofrecernos esa papilla regurgitada a la que estamos acostumbrados. Como consecuencia, ver la película se convirtió en un conflicto constante entre mis expectativas narrativas y la inverosimilitud brutal de la historia real. Me tomó más de dos tercios de la película entender que era improbable que un equipo de guionistas razonables (que estrenan películas en Sundance) montaran un guión sobre una situación tan absurda sin que ese absurdo no fuera sino un retrato (casi) exacto de algo que había pasado en realidad (recomiendo seguir el enlace sólo después de ver la película). La advertencia al inicio (GIGANTE) no bastó.

Una vez asumí consciencia de la inevitable realidad de lo que pasaba, Compliance se volvió una película devastadora. Todavía no sé qué pensar de lo que cuentan ahí.

Domingo

El objetivo del diario no es el registro de los días sino la constatación del paso de los mismos. Una prueba de progreso. O de cambio. Desde que inicié mi trabajo en El Programa debo cumplir con este requisito para mantenerme en él. Es parte de las condiciones que aseguran mi residencia en El Instituto. Estoy a cargo de la huerta en el jardín y también debo alimentar a las gallinas al a las ocho y recolectar los huevos. La rutina estricta de pequeñas tareas y actividades tiene un propósito terapéutico. Al medio día, luego del almuerzo, me reúno con la doctora y discutimos la noción de progreso dada mi condición. La doctora espera que me involucre, que participe en mi propia construcción como individuo. No sé cómo pude pasar tantos años sin ser nada en particular. La doctora me pregunta cuáles son mis expectativas al respecto de El Programa. Le respondo que cuando era niño quería aprender a saltar de cabeza a la piscina pero que cuando por fin lo logré me fui derecho de cabeza contra el fondo y perdí la consciencia por varias horas. Le enseño a leer a una mujer por las mañanas. No sé su nombre. Cada día dice llamarse de una manera distinta. Hoy se llamaba Julia. La mujer aprende lentamente. Está obsesionada con aprender a reconocer ciertas palabras. Nunca le he preguntado por qué no aprendió a leer antes ni por qué le interesan tanto esas palabras. Le pregunto a la doctora. La doctora me pregunta por qué le hago esa pregunta a ella y no a la mujer. Le digo que no sé si sea un asunto sensible, si no esté relacionado con su estancia en este lugar. La doctora me pregunta si me avergüenza estar acá. Le digo que necesito pensarlo. Le prometo que mañana le tendré una respuesta.