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Así le gusta andar por las mañanas.

Culto a la ecuación

La columna de hoy reseña un pequeño artículo sobre el impacto positivo (a ojos de semi-profanos) de intromisiones matemáticas (no necesariamente pertinentes) en artículos académicos. Esta reacción intimidada/complaciente ante la ecuación incomprensible se puede explicar como una consecuencia de la relación acrítica con el discurso científico que algunas veces los mismos científicos promueven (o al menos no contienen). Puede ser matemática como puede ser neurociencia. En otras ocasiones he hablado acá en el blog de la importancia de que los científicos (como comunidad, tal vez) tomen en sus manos la divulgación de su trabajo. Este ejercicio de divulgación directa acerca a la gente a la labor científica y le permite ganar perspectiva sobre su funcionamiento y metodologías. Aunque el discurso publicitario efectivo tal vez sea útil en el corto plazo para conseguir fondos, a la ciencia como empresa humana no le conviene ser a largo plazo indistinguible de la charlatanería pseudocientífica que abunda. La mejor manera de combatir esta tendencia es acercar los científicos a la gente y promover el cuestionamiento de su propio trabajo. No se trata de que todos se conviertan en expertos sino de que se difunda una comprensión mínima de las dinámicas de la ciencia y su valor difuso de verdad (que hace que la duda sea su principio esencial). La fuerza de la ciencia, de cierta manera, radica en exponer abiertamente sus limitaciones. Depender de un periodismo cada vez en peor estado y ansioso de espectacularidad vendible que le permita competir con los flujos de las redes sociales no parece una apuesta sensata.

*

Ernesto Sabato, que antes de dedicarse a la literatura estudió física, tiene un ensayo sobre la oscuridad científica como herramienta de dominación al que vuelvo recurrentemente desde hace tiempo. Sus observaciones hechas en 1955 son todavía vigentes hoy. Para cerrar, un aparte:

La raíz de esta falacia reside en que nuestra civilización está dominada por la cantidad y ha terminado por parecernos que lo único real es lo cuantitativo, siendo lo demás pura y engañosa ilusión de nuestros sentidos. Pero como la ley matemática confiere poder, todos creyeron que los matemáticos y los físicos tenían la clave de la realidad. Y los adoraron. Tanto más cuanto menos los entendían.

Trance

En condiciones normales, Laia se toma un tetero de 120 mililitros cada tres horas. Puede tomar más, pero esto aumenta la probabilidad de que vomite el exceso de inmediato. Menos de 100 mililitros la dejan insatisfecha. Hace varios días que le doy al menos uno de los teteros acostada en la cama. Ella lo recibe y toma con molestia al principio pero luego, no estoy seguro exactamente en qué punto, reduce la resistencia y se dedica enteramente al trabajo de chupar. Un poco más adelante, entrecierra los ojos y mueve las pupilas como si estuviera soñando pese a estar despierta. Este período de (a falta de otro nombre) trance dura entre un minuto y dos y termina abruptamente cuando la leche se agota. Entonces los ojos recuperan su estado activo. A su edad la relación con la alimentación es enteramente instintiva así que no sería extraño que el placer del acto de comer fuera amplificado en el cerebro para consolidar el hábito. El efecto natural podría ser el de una droga psicoactiva poderosa con un período de actividad brevísimo. La envidio.

Obstáculos

La reacción inicial al compuesto biológico es apenas visible y puede ser confundida con irritación alérgica. El desarrollo de cuerpos neurológicos secundarios (mayoritariamente localizados en la parte inferior de la espalda y en los muslos; diámetro máximo registrado de cuatro centímetros) se inicia alrededor de las cinco semanas de exposición pero sólo un once por ciento de los casos estables (ver apéndice D.2 para otras manifestaciones) reportan actividad cognitiva superior al cabo de un año de crecimiento. Cada apéndice es independiente y recurre al sistema perceptual-mnemónico principal para surtir su base vivencial. Progresivamente generan un enramado nervioso propio de acuerdo a sus necesidades particulares de diseño. El individuo afectado no evidencia limitaciones de procesamiento como producto de las nuevas exigencias cibernéticas. Por otro lado, el aumento notable de efectividad psicomotora (de acuerdo a pruebas estandarizadas de admisión a la Unidad Delta) demuestra la validez de nuestra hipótesis inicial basada en estudios preliminares con roedores y primates (apéndice A). Reportes recientes del equipo satélite (apéndice B.3) aseguran que durante períodos de inconsciencia prolongados (vía trauma craneoencefálico y/o intervención neuroquímica) un cuerpo neurológico secundario apropiadamente estimulado está capacitado para tomar control parcial del anfitrión y realizar tareas de eliminación sencillas. Se espera que esta peculiaridad incremente de manera sustancial la disponibilidad operativa del agente en misiones de riesgo alto. En fases posteriores del proyecto, conjeturamos, será posible prescindir de su configuración cerebral sobresocializada y así evadir su tendencia incómoda a la evaluación ética no solicitada.

Tratamiento

Son jóvenes. Doce semanas de entrenamiento y directo al monte. Les dicen que están preparados. Los engañan. La zona está infestada. No reconocen las señales de riesgo que anuncian el ataque. El ruido blanco que corta el chirrido de los grillos y reconfigura el silencio. Los he visto actuar, es mi trabajo: los dientes flotantes despedazan a su víctima en segundos. Su diseño es óptimo. El elegido se deshace en un murmullo de sangre y vísceras que parece levitar momentáneamente mientras es digerido por el enjambre. Quienes sobreviven hablan del abrazo de calor acogedor que súbitamente desgarra la carne y del ronroneo de la nube lechosa que los envuelve y reduce a esos muñones purulentos de pensamiento puro que ahora flotan frente a mí protegidos por burbujas psicogénicas. Somos el futuro, nos advierten con insistencia.

Metanotas

Un blog es un lugar para publicar contenido en línea a través de una infraestructura técnica sencilla que facilita parte del proceso de adecuación del diseño y demás. Es un tipo de cuaderno digital formateado y navegable. En ese sentido el blog no es un género ni admite delimitaciones temáticas, de estilo o de uso demasiado específicas.

Pregunta: ¿Se puede hacer literatura en un blog? Respuesta: ¿Se puede hacer literatura en un papel?

Pero es que el blog es instantáneo, claman los puristas. Esta urgencia temporal debilita inherentemente lo que quiera que se escriba en él. No puede ser valorado con los mismos estándares de la literatura sólida y lenta, procesada, que se construía en papel y era cuidadosamente revisada y moldeada por esos míticos editores que ahora todo el mundo extraña. No sé. No me lo creo.

(¿Dónde están esos todos esos editores superpoderosos en español, por cierto?)

Que un blog no permite sostener narrativa, dicen, pero no es difícil (aunque antes era más fácil) encontrar blogs que con o sin intención cuenten historias (muchas, complejas y anidadas) en entregas regulares. Adonai sabe cuánto control hay en esas historias, y no dudo que algunas sean ingenuas y otras (muchas) merezcan más trabajo en el texto, pero es evidente que están ahí.

¿Qué los blogs están anclados en el presente? Qué tontería.

¿Qué por qué escriben todos los días? ¿Por qué no son más pudorosos? ¿Y quién dice que no hay pudor ni control ni intencionalidad? ¿Quién dice que sólo hay una manera correcta de llegar a textos valiosos y perdurables y esta no puede pasar por un medio de publicación instantánea?

Tal y como yo lo veo, el blog es un espacio y una herramienta para jugar con textos (enriquecidos o no) y cada quien lo usa para lo que le plazca. A mí me permite explorar formatos y pequeñas estructuras. Es mi laboratorio público y también mi pequeña emisora contracultural. Escribo sobre lo que quiero y como quiero. A veces me corrijo compulsivamente. A veces escribo todo en diez minutos. Miento y me contradigo. Sostengo con pasión posiciones en las que no creo. También a veces digo lo que pienso y lo que siento. Me impongo ritmos de producción por temporadas. Mido mi propia capacidad para armar y condensar ideas. Recopilo esbozos de cosas que quisiera hacer más tarde con más cuidado. Propongo conversaciones sobre asuntos que me intrigan o me preocupan. Intento detectar mis vicios de escritura y corregirlos. Experimento con voces y tipos de prosa. Me interesa el impacto que estos textos producen en sus lectores (así sean pocos). Valoro la retroalimentación y las interpretaciones. A todo esto lo llamo notas. No tiene más aspiraciones. No sé si sea literatura ni me importa.

¿Y qué putas es literatura, ya que estamos?

Martes

Mónica regresó al laboratorio a trabajar por la mañana. Quiere dejar en marcha un par de experimentos durante la breve licencia que tomará tras el parto. A medio día tuvimos cita con el obstetra. En esta ocasión nos atendió una residente joven, de ascendencia colombiana, que no sabía español. Es triste que pasen cosas así. La conclusión del examen es que todo está en orden e incluso hay un par de centímetros de dilatación. No se puede decir mucho más. Mañana Mauricio cumple las cuarenta semanas reglamentarias de gestación. De acuerdo a las políticas del hospital tiene diez días exactos para salir por su cuenta y con los brazos en alto. Otherwise, he will be (oxytocin) shot. Luego de regresar del hospital fuimos a hacer mercado. Creo que es el mercado más grande que hemos hecho desde que llegamos a esta ciudad olvidada del demonio. Angélica quería un queso que supiera a queso de verdad. Dadas sus propuestas, sospecho que ella no sabe qué es un queso de verdad. La oferta de quesos canadiense me deprime. Nunca pensé que me convertiría en un esnob del queso.

Sábado

Estamos en esa fase en la que cualquier molestia se hace pasar por contracción. Pero Mónica tiene trabajo por hacer así que vamos al laboratorio a enseñarle a los ratones mutantes a reconocer la guarida placentera a punta de inyecciones de cocaína. Por la mañana, como parte del programa de anidaje instintivo patrocinado por las hormonas parturientas en las que Mauricio flota, Gonta y Plinio padecieron el consabido baño anual. Esta vez lo hicimos en el lavaplatos. Fue el primero de Gonta y el cuarto de Plinio. Creo que Gonta pensaba que lo íbamos a matar. Nos rogaba. Plinio ya está acostumbrado y se resigna. Gime un poco. Luego le toma un buen tiempo secarse por su tipo de pelo. Ayer instalé en una pared dos de esas repisas, no sé cómo más llamarlas, para poner libros de tal manera que parece que los libros flotaran. No son muy prácticas pero tienen encanto. Hace rato que quería unas. Antojos pendejos, sí. Hoy por la mañana montamos el palo para la cortina de la habitación. Por mí viviría sin cortinas pero Mauricio necesita un lugar oscuro para dormir. De vuelta de la universidad se largó un aguacero. Para no mojarlas, me quité las chanclas en el bus y caminé descalzo del paradero a la casa. Me recordó cuando llovía en Lorica y salíamos felices a mojarnos en la calle. Ojalá que uno pudiera regresar a voluntad a los nueve años de vez en cuando.

Del individuo como variable de estado del procedimiento

El individuo propone un test para comprobar si su participación en el experimento es necesaria. No lo dice de esa manera, pero esa es la implicación de su solicitud. Permito hablar al individuo no sin antes advertirle que su declaración afectará de manera impredecible el resultado de la investigación en curso. El individuo duda, me pide tiempo para pensar, un cuaderno y un lápiz. Le ofrezco un bolígrafo. Un bolígrafo está bien, dice. Escribe un testamento. El individuo tiene rutinas precisas determinadas por el protocolo. El protocolo se adapta no sólo al individuo sino a mí, que lo observo y analizo. El protocolo me dice quién soy y por qué estoy aquí. El individuo no tiene acceso al protocolo. Por seguridad, yo sólo tengo acceso al protocolo localmente: puedo ver lo que necesito ver. El individuo recibe agua a las diez de la mañana y un pequeño refrigerio a las once. A las doce debe escribir descripciones de momentos específicos de su vida elegidos al azar. Los llama sus memorias. A la una almuerza conmigo en una mesa del anexo. El individuo cree que me llamo Manuel. El protocolo me ordena incentivar la familiaridad entre el individuo y yo; debo hacerlo creer que somos una pareja normal. El individuo está convencido de que está enfermo, el protocolo lo convenció, y llama al experimento “el tratamiento”. En la minuta debo hacer la aclaración constante de esta nomenclatura, para asegurarme de que los evaluadores no pierdan de vista la naturaleza de nuestra relación. El individuo me llama “mi amor”. En respuesta yo la llamo por su nombre, que omito en este documento por mero pudor. El día que escribo este pequeño texto cumplo ocho años conviviendo con el individuo. El individuo deja la puerta abierta al entrar al baño y a veces grita desde la ducha para pedirme la toalla. Por las noches, dormida, me abraza y musita cosas en un idioma que no entiendo ni reconozco. El individuo teme morir de repente. De eso me habla durante el desayuno. Le digo que no tiene nada que temer. El doctor es optimista, le recuerdo. Soy mal actor. El individuo me dice que le preocupa mi estado emocional. No estoy autorizado para ser sincero, debo seguir el protocolo, así que le digo que entiendo su preocupación pero tengo confianza en la efectividad del tratamiento. Le pido que se tome la pastilla. El individuo está nuevamente reacio a ingerir la dosis diaria. Dice que le arrebata la úlcera. Insisto. El individuo me toma la mano y me dice que me promete recuperarse. Le digo, fiel al protocolo, que no tiene que prometerme nada. Le reitero que estoy con ella. Le aseguro que no me voy a ir. Registro los cambios anímicos y psicológicos del individuo en la minuta. Cada entrada incluye un aparte destinado a reflexionar sobre la manera como mi relación con el individuo modifica mi percepción propia, mi noción de lo que soy. Procuro ser cuidadoso en este aparte pues en el instructivo señalan que tiene una importancia crítica. El individuo me llama desde la cama y pide leche. El individuo dice que quisiera salir al patio a tomar el sol. Le recuerdo que el doctor (mi expresión para referirme al protocolo dentro del experimento) prefiere que las horas de exposición a la radiación se reduzcan al máximo. El individuo me dice que no se siente débil. El individuo añora momentos de los dos que no ocurrieron. Regresa sobre ellos a diario. Por las noches, especialmente. Apenas asiento. Ya lo dije: soy mal actor. El individuo cree que nos conocimos en Marbella. El individuo cree que vivimos en un pueblo al sur de Francia. El individuo piensa que una vez, antes de la enfermedad, tuvimos una vida feliz. El individuo cree que fuimos los padres de un niño pequeño que murió ahogado en una piscina de un hotel tropical en su país natal, un niño que tenía sus ojos y mi boca. El individuo llora por las noches cuando recuerda al niño. En su mesa de noche tiene una foto del niño con los dos. Hay montañas al fondo. No me reconozco. Finjo lágrimas. Finjo que la quiero. Finjo que estoy en mi vida, que es la suya. Finjo que esta realidad simulada me importa en sí misma. Sus progresos son mis progresos, sus recaídas me duelen. Finjo hasta convencerme de que su enfermedad es real y pienso que un día la veré morir porque aunque el doctor es optimista nunca nos ofrece mayor certeza. Siempre me aclara que no hemos salido del período crítico. El individuo tose y me dice que le duele el pecho. A veces encuentro sangre en la taza del baño pero el protocolo me ordena que no pregunte, que la ignore. A veces, mientras duerme, deja momentáneamente de respirar. El protocolo dice que es normal. El individuo teme que me canse de esta vida, que la abandone. Le prometo que no lo haré. La necesito, le confieso, y soy absolutamente sincero cuando lo digo: me aterra la posibilidad de que muera pero el experimento de alguna manera continúe. No sabría qué sería de mí.