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Sol

Y aquí otra.

Alegría

Leche

El lunes parecía que la sola presencia del tetero le dolía. Gritaba horrorizada cuando intentaba que tomara y sostenía el llanto desgarrado sin probar bocado hasta que el cansancio la fundía. Entonces, en duermevela, chupaba. Según mis cálculos alegres, durante la ausencia de la mamá Laia necesita aproximadamente dos teteros de 120 mililitros (uno cada tres horas). Entre los dos teteros hay siestas (a veces cortas, a veces largas — ese es mi tiempo para escribir), conversaciones, cambios de pañal y juegos. Los primeros tres días logré con mucho esfuerzo darle unos 80 mililitros en total. Entre mi angustia natural y su llanto apenas podía moverme cuando Mónica volvía. Ayer, sin embargo, su resistencia se redujo (la necesidad tiene cara de perro) y apenas lloró protocolariamente antes de recibir la comida. Si alguien la conociera hoy, creería que el tetero y ella son viejos amigos. Da alegría verla recibir la leche ordeñada con aprecio: se tomó 280 mililitros en tres golpes.

La inocencia de las edades impares

Segundo ciclo lunar

La semana pasada le di de comer a Laia por primera vez. El tetero de leche ordeñada no fue suficiente para saciarla. Mónica tuvo que intervenir. El uso del tetero implica un cambio de protocolo serio para ella. Todavía no se adapta del todo a la nueva opción y a veces duda (con razón) de que pueda recibir comida sin su mamá cerca. Mi impresión es que el ángulo de recepción es clave. Todavía no lo domino. De todas maneras me emociona poder participar en su alimentación. Necesitamos tener el sistema perfeccionado a principios de octubre, cuando Mónica vuelve a trabajar.

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La mamá y la hermana de Mónica estuvieron dos semanas con nosotros. Viajamos a varios sitios del suroeste de Ontario en un carro que alquilaron. Los paseos eran pesados para Laia y sospecho que más contra ella que con ella. Las travesías por carretera, sin posibilidad de darle de comer en el acto como está acostumbrada, fueron fuente frecuente de llanto. Al final logramos sincronizar mejor los tiempos y asegurarnos de que comiera muy bien (y sacara los correspondientes gases) antes de arrancar. La omnipresencia de Tim Hortons, ese símbolo de la vida canadiense, facilitó las pausas para cambiarla y darle de comer con comodidad en medio de los viajes.

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El curso que empezó el día que nació Laia terminó mejor de lo que pensé. Sólo dos estudiantes de veintiocho reprobaron. El examen parcial había sido un desastre pero para el final se esforzaron mucho más y el resultado fue mucho más cercano al que esperaba. No es divertido jugar el papel de verdugo cruel, especialmente cuando la intención al preparar las evaluaciones y los evaluados es exactamente la contraria. Al final varios estudiantes fueron a mi oficina a agradecerme la experiencia. Uno me pidió una carta de recomendación para un trabajo dentro de la universidad. Varios me preguntaron por qué no tenía cuenta en Facebook. Al descubrir que había pasado el curso, un estudiante soltó lágrimas de emoción.

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La mañana del día que le di tetero por primera vez, recién levantada, Laia empezó a sonreir regularmente en respuesta a conversaciones. Hasta entonces las pocas sonrisas parecían reflejos involuntarios y no particularmente predecibles. Ahora son reacciones reproducibles. Le hablo, abro la boca y hago una gran

A

y ella me mira con sorpresa y sonríe. Un par de veces tuve la impresión de que intentó imitar mi gesto, pero todavía tengo mis dudas. Necesito aumentar el tamaño de muestra para confirmarlo. Tras siete semanas de sentirme desconectado de su realidad interior, las sonrisas regulares parecen puentes de acceso directo (de conexión activa) a su mundo emocional. Soy particularmente sensible a estos progresos.

Alegría

Laia y su buen ánimo mañanero.

Janice y Laia

Comunión

Estamos ahí para sentir que compartimos algo. Una mujer se sienta junto a mí en el mirador. Me pregunta cuántas semanas tiene la niña. La vida de Laia todavía se mide así. Yo también la mido así. A veces cuento los días.

Una familia serbia (tienen que ser serbios) cruza la avenida y sube como puede al parque para tomarse una foto sobre la estatua en honor a Tesla, que mira el agua desde lo alto de un motor gigante de corriente alterna. En la cima de la ladera de museos oportunistas, comidas rápidas y paseos “en 4D” sobre cualquier cosa vacía concebible hay un mini-golf de dinosaurios con un volcán de plástico que estalla en llamas cada veinte minutos. Una mujer en el Starbucks con una camiseta de súper héroes no sabe qué comprar y finalmente, desesperada, agarra una taza souvenir que dice Niagara Falls y paga doce dólares por ella. Los recuerdos tienen precio. Un foto-montaje con las cataratas congeladas atrás en modo idílico sobre-saturado de atardecer otoñal cuesta quince dólares. Las mujeres sonríen fácil cuando ven a la bebé. Estiman su edad de acuerdo al tamaño. Nos felicitan. Parecen felices por nosotros. Las calles están atestadas de turistas y probablemente todos quieren (queremos), en el fondo, huir de ahí. Pero todos resisten. Los sostiene el ruido del agua, o su visión, o ambos. En un panfleto leí que en 50.000 años las cataratas del Niágara dejarán de existir. Queda poco tiempo.

Cuando fuimos por primera vez Mauricio acababa de nacer y morir. Conocer las cataratas era el sueño de niñez de mi mamá así que sacamos fuerzas y fuimos en tren, con escala de una tarde y una noche en Toronto. Recuerdo muy poco de esa visita. Estábamos muy tristes. Llovía. Hacía frío y el malecón junto a las cataratas estaba casi vacío. Tomamos el barco que se hunde en la herradura de caídas y gritamos, creo que de rabia o de resistencia a la resignación, cuando el barco se detuvo al borde del abismo inverso y todo era agua y rugido alrededor. Se sintió bien, tranquilo. Era como si no fuéramos nada. Una vez María Lucía me contó que en Japón dicen que los Jizo ayudan a los niños muertos a cruzar el río Sanzu cuando sus papás no pueden acompañarlos. Seguro que ese río más que correr cae. A la salida, mi mamá compró llaveros para todos en el pueblo y luego almorzamos en un local de Wendy’s lleno de pájaros hambrientos.

El río Niágara tiene una vida breve: nace en el lago Erie, bifurca, se reunifica en las caídas y corre revitalizado hacia el norte hasta fundirse en el lago Ontario. Mide 58 kilómetros (no sé si cuentan las alas de la bifurcación). Luego de visitar las cataratas y hastiarnos de la oferta de trampas turísticas fuimos hasta su desembocadura, en el pueblo de Niagara on the Lake. Ahí, junto a la playa Mississauga, al lado de un viejo fuerte, cinco adolescentes se bañaban junto a un muro de piedras cúbicas que sostiene la costa en su lugar. Salieron del agua cuando el sol empezó a caer. Les tomé una foto mientras se secaban. Laia parecía maravillada con el sol.

Tres mujeres

Laia, Gloria y Mónica
Durante el Pride Parade del pueblo. Pese al ruido, Laia lo durmió íntegro. Mi mamá, por su parte, se dedicó a recibir banderas, botones, tatuajes temporales, collares y volantes coloridos. A Mónica la conmueven mucho estas marchas. A mí también. Ahora, además, me recuerdan a Sebastián.

Distancias

La abuela pediatra y Laia.

We’re both of us beneath our love

Observación: no sé si es la voz o la música, pero el repertorio de Leonard Cohen es particularmente efectivo para tranquilizar a Laia. Casi sin falta, cae profunda mientras bailamos hasta el final del amor.

Mi mamá también cayó.

Arcoiris

Animal de poder

The most beautiful face

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My soldier girls