Rango Finito

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Laia

Largo día. Laia nació a las 4:33 de la tarde. Pesó 2995 gramos y midió 51 centímetros. Es pequeñita. Tres horas antes estábamos en la plazoleta de comidas de un centro comercial comiendo sopa de tomate y jugo de naranja con zanahoria. Mónica había tenido contracciones pero no eran suficientemente regulares así que no estábamos seguros de que fuera el momento. Pensábamos que era falsa alarma y que Laia nacería, como su hermano mayor, el día que cumpliera cuarenta semanas, o sea el miércoles. Finalmente el dolor de las contracciones convenció a Mónica de ir al hospital. El parto fue rápido pero también salvaje. Ahora son las 11:40 de la noche y tanto Mónica como Laia duermen a suspiros. Ya la niña recibió su primer baño. Es suave y tranquila. Cuando está despierta mira a su mamá con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. Mañana inicio mi curso en la universidad. Es un curso de cálculo integral de un mes y medio (dos horas diarias) para estudiantes de matemáticas y física. Terminé de preparar la primera serie de lecciones (para mañana: el teorema de valor medio y sus consecuencias revisitados formalmente) y la primera tarea esta misma mañana. Serán seis semanas muy intensas. Estoy cansado y feliz. Más feliz que cansado.

Nápoles

Pensé en escribir un cuento largo sobre el viaje con mis papás y mi hermana al Zoológico-Hacienda Nápoles, de propiedad de Pablo Escobar, por allá en mil novecientos ochenta y algo (¿dos?). Creo que fue el último viaje que hicimos juntos. Probablemente hubo más encuentros pero en mi memoria fue la última vez que fuimos dos papás con dos hijos que hacen cosas, como en las familias de las películas. Mi siguiente recuerdo de un encuentro cordial fue en dos mil uno, cuando mi hermana se graduó de la universidad y fuimos a almorzar. Ahora todos vivimos en dimensiones distintas. Dudo que volvamos a reunirnos otra vez.

*

Toda narración de memorias infantiles es tendenciosa. El niño narrativo de seis años es impostura e idealización porque su sistema interpretativo está apenas en desarrollo. Todo tiene sentido, pero la noción de sentido es todavía vaporosa. Las conexiones semánticas son mucho más laxas. En la memoria subsisten apenas las interpretaciones fragmentadas de la vivencia. No hay narración ni moralejas. De cierta manera no hay realidad. Su reinterpretación a treinta años altera (pervierte) el registro original hasta convertir al niño narrativo en médium voluntarioso de su adulto ulterior, ya entrenado para entender de acuerdo a sentidos y significados establecidos, atrapado para siempre en el paso normatizado del tiempo.

*

En lugar de un cuento largo, colección breve de recuerdos y anotaciones dispersas (lo único que me puedo permitir últimamente): en Puerto Triunfo, el día que compramos (¿se compraban?) las boletas para entrar al zoológico, cae nieve sobre el carro mientras esperamos nuestro turno. Parece un pueblo de juguete, de casa blancas, desértico, y cae nieve (aunque también hace sol). Hay un murciélago agonizante sobre la cama de mis papás. El ventilador lo desmembró. Sangre por todos lados. Las ventanas del Fiat no se abren. Un elefante mete la trompa por una hendidura en la ventana y toca a mi hermana. Mis papás no existen, no realmente. Están ahí pero apenas como apoyo decorativo y logístico. Su viaje era distinto al mío. Es un viaje que imagino triste y final. Tenían treinta años. Llevaban cuatro separados. Mi viaje era feliz. El murciélago en la sábana ensangrentada amarrada como una bolsa. Los avestruces asaltan el Fiat. Mi hermana llora. Un león a lo lejos, al final del recorrido. Aviones viejos emplazados a la orilla de la carretera. El hostal donde dormimos se llama Los Colores. Casas de techo colorido encajadas en una colina. Hay algunas fotos. A veces sueño que vuelvo a ese hostal y sigue ahí pero está abandonado.

Obsesión bidireccional

Le tengo miedo a morirme. La muerte incluso en abstracto me angustia como si al mentalizarla la conjurara. Me atormenta ser incapaz de predecir la sensación física. Odio saber que un día dejaré a Mónica sola. Dedico mi ansiedad entera al rumiar la idea por semanas y pensar opciones. Cuando era niño rezaba para no morirme mientras dormía porque no quería que mi mamá llegara a despertarme y me encontrara frío. Quería controlar las circunstancias de mi partida a detalle tal y como pensaba que controlaba mi vida. Cuando pienso ahora en mi muerte pienso también inevitablemente en el impacto que tendrá en mi familia cercana. Mis esquemas de suicidio, cada vez menos frecuentes, se sumergen por lo general en árboles de decisión insondables para resolver el problema de minimizar el daño emocional producido a quienes quiero. La incapacidad de anular el dolor ajeno me protege de mí mismo. Supongo que eso es común.

También está el terror físico a que los otros se mueran reforzado por la consciencia (estampada a lo bestia) de que la amenaza es real y no hay nada que pueda hacer para prevernir que pase. Ese no me deja ni dormir ni estar despierto.

Todos los abuelos van al cielo

Me quedé sin abuelos antes de alcanzar a conocerlos bien. Me encantaría haber podido hablar con ellos de verdad, como sí he podido hablar con mis abuelas. Mi abuelo paterno, le decíamos Chucho, murió cuando tenía cinco o seis años. Murió en Cali, donde vivía desde hacía mucho tiempo. Mi papá me llamó desde Francia para contarme. Creo que era muy pequeño para entender la noticia. Chucho había nacido en Manta, Cundinamarca. Alguna vez fuimos. El cementerio está lleno de Morenos. Era el hijo del gamonal del pueblo y una muchacha campesina. Mi apellido es el de esa muchacha campesina. Mi abuelo trabajó toda su vida en oficios diversos en varias ciudades y en compañía de mi abuela sacó adelante a sus siete hijos y una hija, Luz Stella, la menor, que murió de cáncer antes de cumplir los treinta años. Era un señor complicado, muy estricto y duro. Había tenido una vida difícil. Recuerdo su cara pero no su voz ni su presencia. Era largo y alto.

Mi abuelo materno, Arturo, nació en Tibasosa, Boyacá. Cantaba y hablaba fuerte. Era grueso. Le gustaba llevarnos a caminar entre los cientos de naranjos que había sembrado en su finca en Pacho. Estudió el colegio en Tunja, creo, y luego la universidad en Bogotá. Enseñó matemáticas en el Gimnasio Moderno y la Universidad Pedagógica desde los años cincuenta, por ahí. A mi abuela la conoció estudiando en la universidad. Eran organizados y sistemáticos. Tuvieron siete hijas y un hijo. A él lo recuerdo más que a Chucho. A veces me llevaba al colegio cuando era pequeño. También me buscaba después de almuerzo para saludarme. Murió cuando yo tenía unos trece años. Probablemente fue mi primer contacto cercano con la muerte. Todo fue muy triste. Aquí está uno de los libros que escribió.

Lunes (Tren)

Estoy en el tren. De nuevo hay nieve afuera. También hay cráteres gigantescos junto a silos abandonados. Oigo a las mujeres que están justo atrás mío hablar. Hablan mientras se sientan. No se encuentran. No deciden dónde ni cómo sentarse. Hablan y hablan. Son dos mujeres gigantes, madre e hija, vestidas de negro en estricto luto preventivo. No caminan, se contonéan. La madre, que difícilmente cabe en su silla, está preocupada. “I’m scared”, dice. Se lo confiesa al tiqueteador y también al señor que pasa ofreciendo golosinas y bebidas. Les dice que está preocupada y que este es un viaje de emergencia. Vamos a ver a mi mamá, dice. “It seems she’s not gonna make it”. El del carrito de golosinas dice que lo siente. No saben cuándo regresarán y a veces pareciera que no saben a dónde van. Están preocupadas, ambas, y asustadas. Piden cerveza. Creo que están un poco tomadas. Siento el tufo desde acá entre los eructos de la madre, que todavía no se encuentra y no puede dejar de hablar porque, supongo, hablar la calma, la distancia de la despedida inminente, de su temido encuentro con la muerte. Ahora mismo habla de su hermano, se pregunta si su hermano también llegará a London. “There is no excuse for him not to come to see grandma when she’s in… in this condition.” Está molesta de antemano. Le molesta que su hermano haya tratado así a la abuela, que no esté ahora para ella cuando la abuela siempre estuvo para todos. Dice grandma y mom indistintamente. Las mamás se vuelven abuelas con los años. Eructo. Eructo. Sorbo de cerveza. Le explican al del carrito que por eso necesitan cerveza, porque la abuela se va a morir y ellas quieren alcanzar a verla. La hija le pregunta a su madre si está bien. La madre dice que no se preocupe por ella. La hija le dice que se preocupa por ella desde que tenía diez años. Me pregunto si viven juntas. Eructo. Suena como una rana o como un coro de ranas. Le cuesta respirar, se nota. Suspira, aspira, suspira. Cierra los ojos. A veces parecería, por las cosas que dice, que realmente no está aquí, en el tren, sino que está en otro sitio y desde allá, lejos, le habla a su hija sin entender del todo lo que está pasando. Abraza su cartera con las dos manos entrelazadas y creo que intenta rezar en silencio. Alguien le dice a la hija por teléfono que están rezando por la abuela. Que todos rezan por la abuela enferma aunque saben que no lo logrará. “It seems she’s not gonna make it”, es la tercera vez que lo dicen. Llevamos veinte minutos en el tren.

Rafael y Arturo

Aquí están Rafael y Arturo en Bogotá en 1948. Cuando el bogotazo estalló Rafael se perdió y mi abuelo tuvo que ir al centro a buscarlo entre los muertos que apilaban en la séptima. Al final apareció en la casa de un amigo que le había dado refugio. Eso, al menos, es lo que cuenta la historia.

Camargo Castro

Hoy se murió Rafael, el último hermano de mi abuelo que quedaba vivo. Es el tercero de derecha a izquierda atrás. Mi abuelo, Arturo, es el tercero de izquierda a derecha atrás. Él se murió hace ya más de veinte años.

Domingo

Fuimos al desayunadero que le gusta a Santiago. Es barato y bueno. Lástima que el jugo de naranja no sea de verdad. Pedí una omelette. Siempre pido omelette y luego me arrepiento porque todos los demás desayunos lucen más apetitosos que el mío. El mío es una omelette sin gracia. Sabe bien, pero no tiene el encanto de los poached eggs con jamón sobre la bagel. Creo que yo sé hacer omelettes mejores. También cometí nuevamente el error de pedir papas a la francesa en lugar de hash browns. El día empezó fresco pero hacia el medio día estaba haciendo un sol fuerte con nube blanca fluorescente (sospecho radioactividad). Los trenes llevan tanques con líquidos sin identificar. Me pregunto qué pasaría si se volcaran mientras cruzan la ciudad. ¿Infección? ¿Pandemia? ¿Intoxicación? Vivimos en un mundo peligroso. Todo se puede acabar en cualquier momento. Por la tarde estuve en casa mientras ellas estaban en el centro comercial. Me dio sueño y dormí un rato junto a los gatos. También leí. Regresaron hacia las ocho. Compraron un horno microondas grande. Comimos pastas. Ellas siguieron con lo de Andrés López y yo seguí con Plinio, que me parece más simpático. Ahora mismo hace mucho calor. Creo que me ducharé antes de dormir. Luego leeré un rato.

Sábado

Despierto a las dos y media. La mamá de Mónica y sus hermanas llegaron a las tres y media. Traían varias maletas y muchos regalos para Mauricio. También algunos antojos que incluyen abasto de achiras para dos años. A las cuatro me fui a dormir. Ellas se quedaron hablando hasta las cinco. Me desperté a las ocho. Lavamos ropa de Mauricio por la mañana. La tropa tardó en despertarse. Hablan y hablan. Hace muchos años que no estaban las cuatro juntas. Fuimos a comer vietnamita, luego al parque y finalmente a un café. Plinio está un poco angustiado con tanta gente. Gonta disfruta montones toda la atención que recibe. Es una diva. Yo soy más como Plinio que como Gonta, así que aquí estamos los dos en el cuarto mientras ellas ven en la sala un DVD de Andrés López que trajeron. Plinio se esconde debajo de mis piernas y duerme intermitentemente con la cabeza recostada en mi pie. Yo leo, trabajo y procrastino. Somos un buen equipo. Quiero mucho a mi gato.