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Once meses

Laia cumplió once meses el sábado. La última semana fue una de las más pesadas que ha tenido. Su sueño fue muy irregular y lloraba mucho durante las noches. Finalmente el viernes regresó a la programación habitual. Mi sospecha es que todo está conectado con su nivel altísimo de actividad. Le gusta estar despierta y en acción. El sueño se opone a su agenda actual. Este mes ha sido de muchos experimentos alimenticios pues se ha vuelto difícil que se concentre en la comida, así que lo hemos intentado todo, desde comida india hasta rollitos primavera pasando por duraznos enteros y pho, no siempre con éxito. La nueva política es que coma de lo que quiera que estemos comiendo. No sé por qué me conmueven tanto las comidas familiares en las que todos comemos lo mismo. Cada vez es más evidente que somos tres y que la tercera (que todavía no supera los setenta centímetros de altura) ya dejó de ser un apéndice y empezó a tomar decisiones que a veces nos afectan a todos. A veces asusta y a veces desconcierta. Ayer precisamente, mientras la cargaba, tuve uno de esos momentos recurrentes en los que me sorprende muchísimo la relación biológica entre los dos. No es tan fácil de asimilar. Cuando lo siento me da vértigo. Pienso en cadenas de animales descendiendo desde el inicio del tiempo y en nuestro lugar en ese proceso. Todavía no es suficientemente autónoma pero se mueve mucho y quiere entender qué es todo (con la boca como laboratorio de análisis preliminar). Exige muchísima atención. Con la muerte casi total de mi vieja cámara se han reducido las fotos. Uso el iPad pero no es lo mismo. Creo que ya se reconoce en las fotos, o al menos su cara le parece suficientemente familiar para reírse emocionada cada vez que la ve. Le encanta que nos acostemos en la cama para que ella haga monerías entre los dos. Salta, se intenta parar, se va de espaldas, se lanza con todo contra la cara (a morder), baila y se muere de la risa. Gonta le dedica una hora diaria de atención y deja que ella le haga vainas que yo jamás podría permitirme sin recibir sendo mordisco. Plinio a veces la tolera, dependiendo de su estado de ánimo. En la piscina ahora conoce a más personas. Sigue en su política de saludar a todo el que pase así no todos respondan. Los canadienses no miran ni le hablan tanto a los niños como los mexicanos. Son mucho más prevenidos. Me da rabia que no se permitan verlos, especialmente cuando los niños hacen tanto esfuerzo para que los tomen en cuenta. Ahora estamos en la lucha para que entienda que ciertos libros son de ella y otros no tanto (por lo pronto). Aunque todavía no ha deshojado ninguno valioso ya estoy preparándome para ese día. No demora.

Revoluciones

Laia encontró este papel entre los estantes de libros y me lo dio. No sé para qué lo pongo aquí. De pronto para recordarme lo distinto que soy de lo que me gustaría ser. Mucho por cambiar.

Nueve meses

Laia y Remolacha

Laia saluda su imagen en el espejo, le gusta verse y tocar el espejo mientras sigue el reflejo de su mano. Hace dos días empezó a responder a los besos al aire con protobesos huecos que encadenados hacen una buena imitación de jabalí mueco. Los dientes han permitido que sea todavía más aventurera en sus comidas. Come arepa con soltura y deja la rama de apio en hilachas. Adora el aguacate a cucharadas. Hoy le presentamos la remolacha. Mónica le da a probar casi todo lo que come. En consecuencia, ahora pide cuando comemos frente a ella. Es caprichosa, exigente y terca. Aunque no gatea, rueda con mediana precisión hasta donde quiere e incluso se arrasta por tramos cortos si es necesario. Últimamente usa mantas o el babero para esconderse y luego aparecer súbitamente para su propia sorpresa. El vocabulario avanza lento (dice papa, mama, tete y algo que significa gonta), pero el arsenal fonético crece cada día. Todavía se emociona cuando los gatos se acercan y entra en éxtasis cuando interactúan con ella. Si la transmisión de video es clara, le responde a las personas que le hablan por Skype. En la piscina la zambullimos y la hacemos moverse por debajo del agua como un torpedo por unos segundos. También se sostiene sola contra el borde de la piscina con las manos por períodos cortitos y patalea como si nadara cuando quiere ir en alguna dirección específica (por lo general hacia alguna bola). Uno de sus deportes favoritos es escalarme agarrándose de mi pelo y morderme la nariz. Hoy me imitaba cuando le sacaba la lengua. A final de mes viajaremos a conocer el mar.

Laia y Remolacha
Mi demonia adorada.

Podemos estar equivocados

Fragmento de Hace quince años estoy tratando de enseñar, un ensayo de Héctor Abad Gómez sobre las responsabilidades del educador:

¡Con qué gran respeto se debe mirar a cada persona, a cada comunidad, a cada sociedad, a cada nación!. ¡Con qué gran cuidado nos deberíamos abstener de dar consejos para cambios que creemos buenos, en sentimientos, acciones y conceptos! ¡Con qué humildad deberíamos exponer lo que consideramos nuestros valores! Poniendo siempre de presente, desde el principio, que podemos estar equivocados, y que la libertad de escoger debe quedar en manos de cada individuo y de cada sociedad. Qué tremendos errores cometidos por quienes hemos tratado de enseñar y de convencer de que hay cosas buenas en sí mismas, que deben seguirse.

Desmotivado

En estos tiempos cuando el todopoderoso dogma cínico se extiende sin barreras, la propaganda en contra del discurso motivacional ha llegado a tal nivel de agresividad que cuando me permito un pensamiento positivo me siento de inmediato entre patético e ingenuo. Por lo mismo, con frecuencia censuro (por necia) mi propia felicidad.

Janice y Laia

The most beautiful face

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Laia

Largo día. Laia nació a las 4:33 de la tarde. Pesó 2995 gramos y midió 51 centímetros. Es pequeñita. Tres horas antes estábamos en la plazoleta de comidas de un centro comercial comiendo sopa de tomate y jugo de naranja con zanahoria. Mónica había tenido contracciones pero no eran suficientemente regulares así que no estábamos seguros de que fuera el momento. Pensábamos que era falsa alarma y que Laia nacería, como su hermano mayor, el día que cumpliera cuarenta semanas, o sea el miércoles. Finalmente el dolor de las contracciones convenció a Mónica de ir al hospital. El parto fue rápido pero también salvaje. Ahora son las 11:40 de la noche y tanto Mónica como Laia duermen a suspiros. Ya la niña recibió su primer baño. Es suave y tranquila. Cuando está despierta mira a su mamá con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. Mañana inicio mi curso en la universidad. Es un curso de cálculo integral de un mes y medio (dos horas diarias) para estudiantes de matemáticas y física. Terminé de preparar la primera serie de lecciones (para mañana: el teorema de valor medio y sus consecuencias revisitados formalmente) y la primera tarea esta misma mañana. Serán seis semanas muy intensas. Estoy cansado y feliz. Más feliz que cansado.

Historia de amor número diecisiete (Bosquejo)

Ella le dice que siente que la está dejando ir. Llora. Siempre llora. Más de la cuenta. El le dice que está tranquilo, que todo va a estar bien. Todo va a estar bien, dice él, le toca la cara, y ella lo repite y lo repite en el bus de regreso a su casa, que es una especie de hotel, hasta que en su cabeza deje de sonar como un consuelo y se sienta realidad, que es lo que ella quiere que sea. Creo que nunca deja de llorar, pero cada vez se nota menos. Podríamos indagar, hacer una incisión justo en este punto, donde/cuando todo está tan expuesto, y explorar los órganos internos de esta historia. Contextualizar. Podríamos pero no lo haremos por respeto a la historia. Por respeto a sus particularidades, que son lo que al final les queda, el trofeo por haber sido lo que quisieron ser. Diré apenas que es una historia con muchas canciones antes y después. Es una historia hecha, literalmente, de palabras. Una conversación que, ella sospecha, se prolongó demasiado. Por eso es que entiende y acepta lo que pasó. Todo va a estar bien, repite todavía de vez en cuando, y luego lo ve pasar, a lo lejos, a distancia infranqueable, y siente algo que parece bueno. Es feliz, le diría él.

Baño

(clic)