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filosofía

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El secreto de la felicidad pasa por sandalia y media tobillera cuando arranca el calorcito. Es algo que todo filósofo burgués sabe. La combinación me proyecta como un hombre tranquilo y descomplicado, cómodo con su lugar en el cosmos. Súmele camisa blanca manga corta, barba desarreglada y cicla y parezco recién graduado de un ashram. Así los confundo.

Facilismo

Lo mío es el camino fácil. Nunca he sido alguien que aprecie la dificultad ni le haga elogios para pasar por resiliente o antifrágil. Si el problema se ve difícil, lo evado. Si me persigue, corro hasta que me canse. Si persiste, me hago el que no es conmigo hasta que no tenga de otra sino enfrentarlo, pero incluso en ese momento busco en Google la respuesta un rato antes de siquiera intentar resolverlo porque en realidad casi todo lo que importa en la vida ya ha sido resuelto. Hasta ahora esta estrategia me ha servido.

Pata

El domingo fuimos al supermercado a comprar la comida de la semana y había patas de cerdo en la sección de carnes a veintitrés dólares. Sin pensar, compramos una de diez kilos. Al llegar a la casa llamo a mi abuela a preguntarle su metodología para la pata de cerdo asada. Mi abuela, que no oye mucho, cree que compramos paticas de cerdo y recomienda meterla en la olla a presión por una hora y acompañarla con fríjoles.

Después de adobarla con cebolla y ajo licuados, pongo la pata en la refractaria más grande que tenemos y reacomodo el horno para abrir espacio porque en la configuración normal no cabe. No sé qué habíamos cocinado en el horno recientemente, pero de pronto, tras apenas diez minutos adentro, la base del horno empieza a arder. Como puedo saco la pata y aplaco el fuego con un trapo mientras Mónica corre a buscar el extinguidor en el pasillo. Al tiempo que golpeo las llamas pienso en cómo salvar a los gatos en caso de que el incendio se expanda. Por fortuna, antes de que Mónica rompa el vidrio de seguridad con el puño grito que el fuego ha sido controlado. Salvo su puño, la cocina y los gatos. Sé que pudo ser peor.

Dejo enfriar, limpio el horno y vuelvo a empezar.

La pata dura cerca de cinco horas en el horno a 180 grados centígrados hasta que la temperatura interna alcanza los 65. Durante el proceso tuve que sacar un par de veces grasa acumulada porque parecía a punto de desbordarse. El cuero estaba crujiente. La carne quedó blanca y jugosa.

El lunes por la tarde mientras Laia dormía corté la pata en lonjas gruesas que luego acomodé como pude en dos contenedores de plástico verdes que compramos hace poco en el supermercado.

Me dio lástima botar el hueso a la basura por falta de perro para premiar.

Llevamos comiendo pata cuatro días y todavía no limpiamos el primer contenedor. Creo que nos excedimos. Cuando compré la pata jamás pensé que tendríamos que comérnos diez kilos de carne entre los dos. Mi ilusión era asar la pata en el horno, como mi abuela en las navidades familiares de mi infancia. Tal vez añoraba esa sensación de comunidad reunida en torno a la mesa, nada más. Ya perdí la cuenta de las decisiones de mi vida que he tomado con criterios parecidos.

Prometheus y las grandes preguntas

Es evidente la pretención de Prometheus de plantear grandes preguntas. Esta pretención surge de la necesidad de desmarcarla de la ciencia ficción de baja factura. Prometheus aspira a ser una película seria, que ofrezca a su audiencia más que acción y efectos especiales (como si fuera sencillo lograr eso con dignidad). Se espera que la ciencia ficción seria sea un laboratorio de desarrollo de experimentos mentales y dilemas morales. En la ejecución, sin embargo, buena parte de los dilemas que ofrece lo más excelso de la ciencia ficción cinematográfica (descontando tres o cuatro ejemplos, cada uno tiene los suyos) son, si no vacíos, al menos huérfanos de la sustancia filosófica que es posible apreciar en su contraparte literaria. Prometheus no es la excepción a esta regla. Sus inquietudes centrales son entre ingenuas, insulsas e ignorantes, más cercanas a la pseudociencia religiosa de J.J. Benítez o Transformers 2 que a las reflexiones de Estanislavo Lem sobre la condición humana en sus parábolas espaciales. Tal vez esa pretención cosmética de profundidad sea la faceta más incómoda de una película que, aún con sus miles de agujeros en el guión (algunos de ellos torpemente excusados como intriga o misterio), resulta ser una excelente pieza (?) de entretenimiento popular que (en esa categoría) trata a su público con mediano respeto (los más exigentes discutirán con rabia este diagnóstico positivo, seguro). Mi teoría es que una trama más cuidada hubiera generado naturalmente las preguntas que sus creadores buscaban despertar con tanta ansia. El intrigante androide de Fassbender, de lejos lo mejor de la película, da pistas de hasta dónde hubieran podido llegar.

Viernes (Ideas y poder)

Por la mañana vi el segundo episodio de All Watched Over By Machines Of Loving Grace. Mientras me duchaba pensé que lo que hace Curtis una y otra vez es mostrar un proceso que funciona de acuerdo al siguiente esquema: una idea surge en cierto medio (usualmente asociado al desarrollo científico o filosófico), y este medio estudia y difunde la idea durante un tiempo, hasta que descubre que la idea es insuficiente o no captura lo que dice capturar o es simplemente falsa y por tanto, dentro de ese medio, entra en desuso. Cuando esto pasa, sin embargo, la idea a veces adquiere vida propia. Ya no depende de esos científicos o filósofos que la impulsaron. La labor propagandística previa funcionó mucho mejor de lo esperado y ahora hace parte de la cultura. En la cultura, libre de sus orígenes, la idea sobrevive descontextualizada, como una metáfora mutante potencialmente aplicable a situaciones diversas. Las ideas que le interesan a Curtis son aquellas que, en esta última etapa, sirven como base (mediante algún nivel de abuso conceptual) dentro de discursos diseñados para sostener, fortalecer o modular el ejercicio del poder. En este episodio la idea base es que los ecosistemas se autorregulan y alcanzan estados sostenidos de equilibrio natural. Esta idea dio inicio a lo que hoy se conoce como ecología pero fue refutada, dentro de las ciencias naturales, hacia los años setenta. Pese a esto, alcanzó suficiente fuerza cultural previa como para sostener la tesis utópica de que, en tanto que nosotros también somos un ecosistema (o hacemos parte de uno), existen modelos de sociedad estables (facilitadas, tal vez, tecnológicamente) donde podemos deshacernos de la política y ser todos individuos iguales que contribuyen en igual medida al funcionamiento del colectivo. En ciertos casos, perversiones de esta idea han servido para sustentar estructuras sociales clasistas o racistas bajo el argumento de que son naturalmente estables. Por otro lado, Curtis nota que esta idea está presente en el discurso que sostiene varias de las revoluciones de la última década (en Georgia, en Ucrania, en Irán, este año tenemos una manotada más) que han sido canalizadas en parte a través de internet. Para Curtis la negación de la necesidad de la política como estructuradora de la sociedad, ese sueño de que podemos ser una hiper-comuna de iguales autorregulada y estable (all watched over by machines of loving grace), no es sólo una ideología ingenua e imposible (como sugiere el fracaso rotundo de las comunas hippies experimentales que, con esta filosofía, se montaron en Estados Unidos durante los sesenta y setenta) sino que impide (en tanto que, por su carácter facilista, monopoliza sin esfuerzo el mercado del entusiasmo y la indignación) la conformación de movimientos que confronten con seriedad la opresión.

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