Antier por accidente empecé a leer un ensayo que en su párrafo introductorio revelaba sin pudor el giro central en Gone Girl, la novela de Gillian Flynn que Fincher acaba de adaptar como película (sale en octubre). El giro que sugerían (no lo busquen, seguro que es mejor si no lo saben) me llamó la atención así que ayer la leí. Empieza lento intercalando crimen y dramedia romántica en medio de la Amérika post-apocalíptica que dejó la crisis económica pero por ahí a las cien páginas se larga a soltar jugo al ritmo justo para no liberar toda la sustancia de un golpe y al tiempo sostenerlo a uno en la cama con la lengua afuera saboreando cada gota. A partir de ahí es una fiesta de la manipulación ácida: una lucha entre dos testimonios por la confianza en las palabras y las acciones de otros, o sea una novela de amor: sobre lo que significa, implica y requiere el amor como compromiso. Aunque nunca deja de ser una novela ligera y rápida, en medio de los reveses propone dudas generales sobre la realidad del amor empacado, plástico, que las personas ansiosamente intentan imitar para parecer adaptadas, para que no se note tanto que están insatisfechas con sus vidas no importa lo que hagan y para compensar por todas las soledades que se autoimponen con el propósito triunfar y encontrar la felicidad (o al menos aparentarla). Supongo que en el fondo la trama es inverosímil (todo es demasiado perfecto, demasiado inteligente, demasiado medido, demasiado demasiado) pero el salto de fe inicial que se requiere para disfrutarla, para dejarse intrigar y llevarle la cuerda a las versiones desencontradas, no es particularmente difícil de lograr y además paga bien, sin remordimientos.