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Nieve

Azulejo de visita en el balcón en busca de comida.

Ayer empezó a caer nieve y hoy amaneció nevando con todavía más fuerza. Los tres últimos años la nieve había llegado tarde, bien entrado enero. Este año llegó de la mano del invierno, como corresponde.

Nunca he logrado acostumbrarme a la visión de la nieve como algo normal que hace parte de un ciclo natural propio de estas latitudes. Siempre que la vuelvo a ver después de varios meses de ausencia siento la misma extrañeza. Su imponencia me abruma: el paisaje cambia, surgen nuevos ruidos, los colores se saturan, los silencios nocturnos son más intensos. Racionalmente lo entiendo pero el acceso a ese sector del disco se desactiva, como ante monumentos majestuosos.

Hoy Laia vio la nieve por primera vez. Seguro la había visto antes, este ya es su segundo invierno, pero es la primera vez que tiene suficiente consciencia como para apreciar lo que pasa. Cuando despertó de la siesta de la mañana la paré en una silla junto a la ventana a ver los copos caer. Eran grandes. El cielo había amanecido azul pero hacia el mediodía estaba gris otra vez y la nevada arreciaba. Laia sonreía y señalaba los copos. Todavía no hay suficiente nieve acumulada para salir a jugar, pero pronto la habrá. Entonces saldremos y jugaremos. Su relación con la nieve será probablemente distinta de la mía. La nieve hará parte de su vida desde siempre. No habrá estupor admirado sino, tal vez, un cariño feliz asociado a recuerdos tempranos de juegos afuera en su infancia. Mi deidad será para Laia una buena amiga más.

Mi papá nos envió hoy este poema de Nicanor Parra.

Sombras








Mercado

Canadá

Un año

Invocación

monstruo

La elocuencia del pasado

Fotos para acompañar la columna de hoy.

Visiones espaciales

La columna de hoy está dedicada a las fotos que Chris Hadfield toma desde la estación espacial internacional. Todavía no sé por qué me conmueven tanto. Exacerban mi humanismo más primitivo. Me hacen sentir afortunado e inspirado.

London, Ontario, desde arriba-afuera.

Quería mencionar en la columna, pero no encontré cómo, el proyecto Astronomía periférica, una colaboración entre Jaime Forero, Luis Bustamante y Alejandro Tamayo para promover la astronomía mediante actividades artísticas en barrios de Bogotá. Es bien bonito lo que hacen. Colombia necesita más científicos así y menos como este ejemplar.

Pie

Tomo fotos a los niños del vagón que sirve de enfermería. Por el sufrimiento de los niños pagan más. Hay un niño pequeño con las piernas quemadas por la explosión de una hornilla de propano. Tiene las heridas abiertas. No es una imagen agradable. Se venderá mejor. Eso es lo que quieren. Al pie de foto explico: Su papá murió en el accidente. Su mamá lo atiende. No habla con nadie en el vagón salvo con el niño. Hablan en uno de esos idiomas viejos. Entiendo muy poco. Me recuerda el acento de mi abuela. El niño llora, dice que le duele. La mamá lo calma y le canta canciones que tal vez alguna vez fueron reconfortantes y apropiadas pero en su voz se ahogan. Por las noches, mientras el niño duerme, la mamá también llora. Nadie le canta.

Magnolia y bicho

Charco

Esquizofrenia

Esta mañana.
Esta tarde.

Azares

La semana pasada vimos Sleepwalk With Me y este fin de semana vimos Bill Cunningham New York. Forzadas por la proximidad y nuestras circunstancias, ambas películas conversan sobre los dilemas vocacionales que aquí en la casa nos tienen tan confundidos por estos días. Sleepwalk With Me cuenta la destrucción de una relación cuyo debacle impulsa la carrera de un comediante joven en proceso de autodescubrirse. Bill Cunningham New York es un documental sobre el trabajo obsesivo del fotógrafo de moda callejera del New York Times. En Sleepwalk With Me el sacrificio del protagonista es explícito. En Bill Cunningham New York, en cambio, es latente. Ambas son películas con sombras tristes. Bill Cunningham es un monje-institución sonriente de ochenta años que recorre Manhattan en su bicicleta a cualquier hora tomando fotografías de la ropa que le gusta. Por las noches asiste a fiestas de la alta sociedad a tomar fotos de los presentes. Su trabajo es su vida. Parece satisfecho con lo que ha construído pero hacia el cierre de la película, cuando el director le pregunta por su intimidad, Cunningham tiene un momento de debilidad y quiebra la voz al hablar de la soledad que aceptó para su vida tal vez por presiones familiares. En Sleepwalk With Me la relación en crisis libera a Matt/Mike de las expectativas y pudores que lo tenían anclado a una vida que no entendía pero que aceptaba como correcta porque era cómoda y se sentía (al menos en la superficie) bien encaminada. Bill Cunningham no es un hombre en busca de la perfección en su arte sino alguien absolutamente comprometido con una pasión. Matt/Mike intenta entender lo que quiere mediante la destrucción de certezas impuestas. Obviamente ambas películas son historias de éxitos evidentes o su promesa. Tienen una sombra oscura pero son en últimas optimistas. Bill Cunningham encuentra felicidad y compañía en su dedicación (su desapego lo ampara y reconforta). Las tristezas y arrepentimientos de los protagonistas son compensadas (en alguna medida) por las satisfacciones que alcanzan o seguramente alcanzarán. La literatura motivacional insiste mucho en la confianza en las pasiones como norte vital. Se supone que basta seguir lo que nos gusta con devoción y compromiso para encontrar el lugar que nos corresponde, donde seremos lo mejor que podemos ser. Hay todo un mercado de productos construidos alrededor de las aspiraciones. En la práctica todo es muchísimo más complicado porque los gustos y pasiones cambian y se adecúan a nuevos objetivos y obstáculos que surgen arbitrariamente. Con los años, las preguntas sobre qué querer ser empiezan a sonar vacías: a la larga nuestras preferencias tienen un alcance de acción limitado incluso sobre nuestras propias vidas. Poquísimas personas tienen pasiones tan claras como Bill Cunningham (y están dispuestas a sacrificar tanto por ellas). La mayoría, sospecho, están más cerca de Matt/Mike, que da tumbos de un lado al otro intentando estabilizar temporalmente el viaje en algún nicho de tranquilidad que les permita no pensar demasiado en la incertidumbre (y la finitud) del futuro.

Osa Mapache

Foto de hoy, antes de salir a la piscina.

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