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frío

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Estuve todo el día en piyama. Es algo que pocas veces nos permitimos. Casi todos los días hay algo que hacer afuera. Pero el afuera de hoy era frío y gris y llega un punto en la primavera en el que la tolerancia al frío, así sea apenas negativo y con una nieve floja (algo que jamás nos impediría salir hace dos meses), decae por la pura fuerza de la expectativa opuesta. En ese punto estamos.

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Por la mañana hizo calor y por la tarde frío. También cayó granizo. Desde el tranvía vi las gotas blancas congeladas rebotar al golpe con el asfalto. Cientos. Parecían delfines diminutos enloquecidos con el paso del crucero. Cuando me bajé del tranvía vi varios carros con patrones de granizo grabados sobre el capó. Formas precisas, casi siempre simétricas, probablemente debidas a sutilezas en la superficie para que corten mejor el viento.

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Ahora el cielo es blanco cual oso viejo y los árboles, tal vez contagiados por la inmensidad bruta que los rodea, se ven más altos de lo usual.

Ahora el cielo es gris y no hay nadie afuera. El exterior está completamente ocupado por el frío y un bus desocupado que viaja hacia el norte por sexta vez en la última hora. El aire quema.

Nieve

Azulejo de visita en el balcón en busca de comida.

Ayer empezó a caer nieve y hoy amaneció nevando con todavía más fuerza. Los tres últimos años la nieve había llegado tarde, bien entrado enero. Este año llegó de la mano del invierno, como corresponde.

Nunca he logrado acostumbrarme a la visión de la nieve como algo normal que hace parte de un ciclo natural propio de estas latitudes. Siempre que la vuelvo a ver después de varios meses de ausencia siento la misma extrañeza. Su imponencia me abruma: el paisaje cambia, surgen nuevos ruidos, los colores se saturan, los silencios nocturnos son más intensos. Racionalmente lo entiendo pero el acceso a ese sector del disco se desactiva, como ante monumentos majestuosos.

Hoy Laia vio la nieve por primera vez. Seguro la había visto antes, este ya es su segundo invierno, pero es la primera vez que tiene suficiente consciencia como para apreciar lo que pasa. Cuando despertó de la siesta de la mañana la paré en una silla junto a la ventana a ver los copos caer. Eran grandes. El cielo había amanecido azul pero hacia el mediodía estaba gris otra vez y la nevada arreciaba. Laia sonreía y señalaba los copos. Todavía no hay suficiente nieve acumulada para salir a jugar, pero pronto la habrá. Entonces saldremos y jugaremos. Su relación con la nieve será probablemente distinta de la mía. La nieve hará parte de su vida desde siempre. No habrá estupor admirado sino, tal vez, un cariño feliz asociado a recuerdos tempranos de juegos afuera en su infancia. Mi deidad será para Laia una buena amiga más.

Mi papá nos envió hoy este poema de Nicanor Parra.

Osa Mapache

Foto de hoy, antes de salir a la piscina.

Primavera

Ayer, a menos seis grados que se sienten como menos quince, el conductor del bus nos recuerda sonriente, antes de salir a la calle a enfrentar la nevada, que este es el primer día de primavera y que hace un año estábamos a veinticuatro soleados grados. Hoy la primavera nevada continúa. Mi profeta automático del clima promete nieve por lo menos hasta el martes con tregua breve este fin de semana.

Gotas y nieve

Winter is coming (2)

El frío otoñal llegó la semana pasada acompañado de brochazos de invierno. A mí me gusta sentir frío así que por lo general sólo recurro a abrigos serios cuando la temperatura baja lo suficiente para que sea médicamente requerido. Mónica no era así. En Barcelona sufría cuando estábamos alrededor de los cinco grados, pero tras tres años acá cada vez es menos prevenida. Con Laia hemos tenido que repensar nuestra relación con el frío porque su rango de tolerancia es muy distinto del nuestro. Ayer por la noche durmió muy mal y no entendíamos por qué. Pedía comida con mucho más frecuencia de lo usual. Estaba cubierta, pero parece que no era suficiente. Por la mañana decidimos sacar uno de los mamelucos de invierno que le quedan inmensos (oso-ninja es una buena descripción) y ponérselo encima de su piyama. Casi de inmediato se quedó dormida. Por la tarde se echó una siesta larga también. Anoche durmió mucho mejor. Las cosas serán más agradables cuando empiece a funcionar la calefacción del edificio.

Una de las enseñanzas de estos primeros meses de crianza es que la única prenda de vestir que necesita un bebé son mamelucos (¿”enterizos”?). Algunos de manga corta, algunos de manga larga, con o sin pies o piernas (de pronto esos tienen otro nombre, no sé). El resto de ropa (vestidos, conjuntos de pantalón y camiseta, &c.) no es práctica, se descuadra con facilidad y es difícil que cumpla su propósito de abrigar.

Winter is coming