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Veterinaria

Gatos enfermos.

Nuestra veterinaria es de una escuela que predica la tesis de que los gatos enfermos son imposibles de distinguir de los gatos sanos a menos que sean evaluados regularmente por un experto como, coincidencia, ella. La idea es que los gatos están adaptados evolutivamente para fingir que están bien aunque estén mal para no lucir débiles ante potenciales depredadores. En su consultorio hay volantes y afiches que promueven esta filosofía. En uno de los volantes salen una foto de dos gatos descansando cabeza contra cabeza, lucen a gusto, pero abajo dice

ONE
OF THESE CATS
IS SICK
Can you tell which one?

Vamos a visitar a esta veterinaria cada año desde que llegamos al pueblo y adoptamos a Gonta. El propósito de nuestra visita es que reciban la vacuna antirrábica. La consulta es cara (la diferencia de precios con las veterinarias europeas es abismal), pero se supone que es confiable. Además la señora tiene una especialización en acupuntura felina. Tal vez la razón principal para elegirla fue que su clínica quedaba cerca del barrio. La consulta es cuidadosa pero incómoda porque siempre concluye que los gatos no están en el grado óptimo de salud y que de hecho tienen algún problema que requiere intervención urgente. Así, además de la onerosa factura, la visita siempre incluye dos sendas cotizaciones (~$700 c/u) por los procedimientos que cada gato necesita. Por lo general los procedimientos requieren algún tipo de cirugía para, por ejemplo, sacarle un diente. En las primeras visitas Plinio tenía problemas de bajo peso y Gonta riesgo periodontal inminente. Ahora ambos tienen riesgo periodontal inminente y Gonta (que se dedica a correr como un loco por toda la casa) debe entrar en una dieta estricta que en nuestras condiciones de vida es más o menos imposible de cumplir. Nosotros sonreímos y decimos que lo tenemos que pensar. Salimos de la veterinaria angustiados, desplatados y con los gatos muy nerviosos por el viaje (es corto pero alcanza a afectarlos). Nos pasa cada vez. Decidimos que el otro año, si seguimos acá, buscaremos una nueva veterinaria menos holística donde los vacunen y nada más. A la mierda los hippies.

Amistad

Pata

El domingo fuimos al supermercado a comprar la comida de la semana y había patas de cerdo en la sección de carnes a veintitrés dólares. Sin pensar, compramos una de diez kilos. Al llegar a la casa llamo a mi abuela a preguntarle su metodología para la pata de cerdo asada. Mi abuela, que no oye mucho, cree que compramos paticas de cerdo y recomienda meterla en la olla a presión por una hora y acompañarla con fríjoles.

Después de adobarla con cebolla y ajo licuados, pongo la pata en la refractaria más grande que tenemos y reacomodo el horno para abrir espacio porque en la configuración normal no cabe. No sé qué habíamos cocinado en el horno recientemente, pero de pronto, tras apenas diez minutos adentro, la base del horno empieza a arder. Como puedo saco la pata y aplaco el fuego con un trapo mientras Mónica corre a buscar el extinguidor en el pasillo. Al tiempo que golpeo las llamas pienso en cómo salvar a los gatos en caso de que el incendio se expanda. Por fortuna, antes de que Mónica rompa el vidrio de seguridad con el puño grito que el fuego ha sido controlado. Salvo su puño, la cocina y los gatos. Sé que pudo ser peor.

Dejo enfriar, limpio el horno y vuelvo a empezar.

La pata dura cerca de cinco horas en el horno a 180 grados centígrados hasta que la temperatura interna alcanza los 65. Durante el proceso tuve que sacar un par de veces grasa acumulada porque parecía a punto de desbordarse. El cuero estaba crujiente. La carne quedó blanca y jugosa.

El lunes por la tarde mientras Laia dormía corté la pata en lonjas gruesas que luego acomodé como pude en dos contenedores de plástico verdes que compramos hace poco en el supermercado.

Me dio lástima botar el hueso a la basura por falta de perro para premiar.

Llevamos comiendo pata cuatro días y todavía no limpiamos el primer contenedor. Creo que nos excedimos. Cuando compré la pata jamás pensé que tendríamos que comérnos diez kilos de carne entre los dos. Mi ilusión era asar la pata en el horno, como mi abuela en las navidades familiares de mi infancia. Tal vez añoraba esa sensación de comunidad reunida en torno a la mesa, nada más. Ya perdí la cuenta de las decisiones de mi vida que he tomado con criterios parecidos.

Animal de poder

Core Dump

There before him, a glittering toy no Star-Child could resist, floated the planet Earth with all its peoples.” (Satélite de destrucción masiva)

Estoy sentado sin camisa en el sofá negro. Tengo treinta y cinco años y veintiún días. A partir de cierto punto de la vida se inicia la cuenta regresiva. Desde el balcón veo Marte, Júpiter y Venus. Cuando era niño quería irme de este planeta y vivir en el espacio. En el espacio había robots, tranquilidad y soledad. El sofá negro no es una nave espacial ni una máquina del tiempo. Mi cuerpo no es una nave espacial. Cuando era niño había armarios que eran máquinas del tiempo. Vivimos en una ciudad que está situada fuera del tiempo. Mi apartamento es una estación suborbital en caída permanente. No hay viento en el vacío. Me comunico con los hombres a través de transcripciones digitalizadas de mi consciencia. (Pero no hay respuesta.) El dispositivo antigravitacional facilita la vida de los gatos así como su alimentación. Mi contacto con seres humanos es limitado y estrictamente controlado para prevenir contaminación. El gato negro flota profundo en la recámara exterior. Comimos hamburguesa en el bar de la esquina. La mesera tenía pelo negro, ojos verdes y labios rojos dispuestos en una cabeza ovalada sobre un vestido con patrones azules. Se llamaba Pam. Número catorce en la nómina del bar. Es casi real. Huele al perfume de una compañera de universidad. Nunca sirven mayonesa en el bar. Siempre debo pedírsela a quien atiende, lo que es incómodo, pero en el caso de Pam no me molesta en absoluto. Quisiera decirle a Pam que se siente con nosotros y nos cuente quién es y por qué está aquí un viernes por la noche trabajando en este bar de viejos. En la calle hay perros amarrados que esperan a sus amos frente al supermercado desde hace varios días. Tienen hambre y sed. El televisor del bar es seis veces más grande que el nuestro pero proyecta la misma nada. Los jugadores de baloncesto universitario son muy jóvenes para estar muertos. Extraño conversar con entidades orgánicas. No entiendo qué tiene de malo masturbarse en público. Es lo que hacen todos. Afuera están los osos, migran en bandadas hacia el norte. Como ellos, prefiero el invierno. Se parece más a mí.

Luces

En la ventana vive el sol, que se cuela entre las gotas de agua condensada para poder respirar.

Afuera, el gato negro camina por la nieve acumulada en el balcón.

La noche invernal es color gris-naranja, como ciertos hongos que a veces crecen en el arroz.

La escritura habla de hombres milenarios investidos con el poder de las palabras de HaShem.

La ley los protege y acorrala.

Los árboles nos miran.

Viernes (Números)

Nadie durmió. Ni siquiera los gatos. Es el miedo. Vimos televisión toda la noche. Primero series policiacas con muchos cuerpos descompuestos y luego ese programa de la persona que lee números en desorden para asegurarse de que hay alguien ahí, atento. No sabemos si es una mujer o un hombre. Tenemos varias apuestas al respecto. El programa no se inicia ni se termina formalmente. Da la impresión de continuar mientras no es transmitido aunque supongo que la persona debe tener períodos de descanso para comer e ir al baño. O tal vez son varias personas exactamente iguales que toman turnos. La tecnología de la clonación humana está mucho más avanzada de lo que reconoce la ortodoxia científica. Todo el mundo sabe eso. De ahí los laboratorios en islas artificiales, el culto de Los Eternos, y esas noticias frecuentes de los muertos que regresan sin memoria. Los números se acumulan. A medida que los dice cruzan la pantalla a velocidades variables y se van acomodando en una pila cuyo tamaño de fuente se reduce a medida que la pila crece. Algunos números son negros y otros son rojos. En la sesión de anoche hubo apenas siete números rojos. Generalmente son más. Siempre hay más negros, los rojos son especiales, los acompaña con una entonación distinta, más alegre, pero la proporción nunca es tan desigual. En dos horas de transmisión, la persona, que nunca mira la cámara y parece estar sentada en una silla rígida particularmente incómoda, alcanza a leer dos mil números. Hace pausas entre cada cifra y también cuando cambia de página o toma un sorbo de agua de una botella de vidrio sin marca. Nunca la he visto superar el número cien mil, pero hay historias que se cuentan entre los seguidores más fieles de números larguísimos, todos rojos. Durante un tiempo pensé que era parte de algún código, que quería transmitirnos un mensaje, todo el mundo piensa eso ingenuamente la primera vez, pero ahora creo que es posible que sea algo más serio y profundo, algo que debería preocuparnos más allá del morbo de saber de qué se trata. ¿Un índice? ¿Un conteo? ¿Una rifa? ¿Un bingo? El viejo dice que cuando la transmisión se detiene en nuestro canal continúa en otros canales u otros lugares. Nunca se detiene de verdad. Él, por ejemplo, la encontró alguna vez a las cuatro de la madrugada en Disney Channel, pero entonces era animado. Alguien más, no recuerdo quién, pude haber sido yo mismo, me dijo que vio a la persona leyendo los números a la entrada de un centro comercial hace algunos años, antes de la guerra. No había cámaras por ningún lado.

Domingo (Nieve)

Es domingo. Necesito comprar una sandalias. Cae nieve. No mucha. La suficiente. Gonta está en el balcón. Le gusta estar afuera, especialmente si cae nieve. Tenemos que estar pendientes de él en caso de que intente un salto libre en el vacío detrás de una torcaza. Plinio lo mira jugar desde la ventana y tiembla: tiene frío porque hace poco la calefacción del edificio entró en receso. Se suponía que ya había llegado la primavera. Hace tres días salí en pantaloneta al supermercado a comprar leche y huevos. Pero hoy es domingo y cae nieve. Que no está mal. No quiero decir que la nieve esté mal. Me llevo bien con la nieve. Algunos de mis mejores amigos están hechos de nieve.

Martes

Soñé que estaba en Bogotá, en una fiesta. Hablaba con Patricia. Los gatos me levantaron muy temprano (Gonta está empeñado en declarar las cuatro de la madrugada como hora oficial de juego) pero me volví a dormir. En el tren leo Manufacturing Depression o miro episodios de Los Soprano. Por las noches leo un capítulo o dos de Bone. Todavía no me convence. Es demasiado goofy para mi gusto.

Los martes no tengo clase. Por las mañanas trabajo con Rahim y Ómar y por las tardes, cada quince días, hay seminario de lógica. Hoy no hay seminario, pero debo preparar mi charla para el coloquio del departamento, que será el próximo lunes. Es la primera vez que tengo la oportunidad de hablar de mi trabajo a matemáticos que no trabajan en mi especialidad. Ese es un reto que me gusta. En general, me gusta el reto de convertir temas complicados en temas digeribles y además interesantes para una audiencia amplia. Tal vez por eso disfruto la docencia.

El trabajo con Rahim y Ómar es entretenido. Queremos desarrollar, en el contexto más general posible, una teoría de Galois de ecuaciones de diferencias (tal vez sobre cuerpos (iterativos) diferenciales (ojalá en característica arbitraria)). Los especialistas en el tema se restringen usualmente a ecuaciones lineales, pero la teoría de modelos permite explorar versiones “no lineales” (en el sentido de que las ecuaciones ocurren sobre grupos algebraicos no lineales) sin hacer demasiada álgebra. Actualmente intentamos aislar la noción correcta de σ-grupo. Anand y Piotr tienen una propuesta en este artículo pero hoy concluímos que, para nuestros propósitos, es demasiado débil. Queremos, en particular, que un σ-grupo sea equivalente a un grupo algebraico con un automorfismo del cuerpo de funciones de la misma manera que un D-grupo es un grupo algebraico con una derivada en el cuerpo de funciones. El riesgo, claro, es que al restringir el escenario nos quedemos sin ejemplos. Calibrar una definición es una tarea sutil.

Miércoles

Los días son breves pero pasan lentamente. Me levanto y luego me acuesto. En los entretiempos hago cosas intrascendentes que milagrosamente me ocupan el tiempo que de otra manera dedicaría a rumiar tedio. A esto lo llaman sanar. Los gatos comen o pelean y yo los veo desde el sofá comer o pelear para distraerme, para no pensar. Cuando pienso, (me) pierdo. Los amigos escriben desde todas partes y yo los leo con aprecio y cuando estoy de ánimo les respondo y cuando no pues no porque qué más. Ahora tengo uno de esos dolores de cabeza que modulan su intensidad de acuerdo a si aspiro (sube) o espiro (baja), también tengo un poco de hambre pero todavía falta un rato para comer. Hay un helado de ajonjolí negro delicioso en el congelador que podría asaltar. Nadie lo notaría.

Lullaby For The Cat, por Elizabeth Bishop

Minnow, go to sleep and dream,
Close your great big eyes;
Round your bed Events prepare
The pleasantest surprise.

Darling Minnow, drop that frown,
Just cooperate,
Not a kitten shall be drowned
In the Marxist State.

Joy and Love will both be yours,
Minnow, don’t be glum.
Happy days are coming soon—
Sleep, and let them come…

Domingo

Fuimos al desayunadero que le gusta a Santiago. Es barato y bueno. Lástima que el jugo de naranja no sea de verdad. Pedí una omelette. Siempre pido omelette y luego me arrepiento porque todos los demás desayunos lucen más apetitosos que el mío. El mío es una omelette sin gracia. Sabe bien, pero no tiene el encanto de los poached eggs con jamón sobre la bagel. Creo que yo sé hacer omelettes mejores. También cometí nuevamente el error de pedir papas a la francesa en lugar de hash browns. El día empezó fresco pero hacia el medio día estaba haciendo un sol fuerte con nube blanca fluorescente (sospecho radioactividad). Los trenes llevan tanques con líquidos sin identificar. Me pregunto qué pasaría si se volcaran mientras cruzan la ciudad. ¿Infección? ¿Pandemia? ¿Intoxicación? Vivimos en un mundo peligroso. Todo se puede acabar en cualquier momento. Por la tarde estuve en casa mientras ellas estaban en el centro comercial. Me dio sueño y dormí un rato junto a los gatos. También leí. Regresaron hacia las ocho. Compraron un horno microondas grande. Comimos pastas. Ellas siguieron con lo de Andrés López y yo seguí con Plinio, que me parece más simpático. Ahora mismo hace mucho calor. Creo que me ducharé antes de dormir. Luego leeré un rato.

Martes

Me levanto temprano. Leo un cuento hiperviolento de Federico Escobar y le envío un correo largo con comentarios. Se titula, inofensivamente, Manizales. Juan me escribe: vio esto y se acordó de mí. Hago desayuno. Acompaño a Mónica a tomar el bus. Camino a la casa. Trabajo un poco por la mañana. Le recomiendo a Laura lugares en Nueva York. Escribo correos. Recaliento comida para el almuerzo (arroz congui y carne de cerdo). Leo este cuento de Daniel Espartaco Sánchez. Lo vuelvo a leer. Tomo el bus hacia el hospital. En Richmond con Dundas se sube un señor que huele a orines. Se sienta justo al frente mío. Contengo la respiración y oigo a Dan Savage reconfortar gringos con problemas de identidad sexual. Espero a Mónica en el punto acordado. No llega. Me asusto. Llega en taxi cinco minutos antes de la cita. Se le hizo tarde. Me desinfecto las manos al entrar al hospital. Miro personas en sala de espera. Hay un hombre de pantaloneta de jean a la Carlos Vives que tiene todas las piernas tatuadas con lo que a mi juicio son malos dibujos infantiles. Su hija, una niña de siete años, está vestida de cuero y tiene gafas negras. Es probable que ella sea la artista que decora las piernas de su padre. Hay una niña, más pequeña, que cuenta revistas con su papá. La mamá sale del consultorio, está embarazada, y la niña corre hacia ella y le entrega una revista que le guardó. Pienso en la perspectiva (horrenda) de enviar a Mauricio a un colegio. Odio los colegios. Había olvidado que Mauricio tendría que soportar ese martirio algún día. Mónica sale de la consulta. El cérvix se está borrando y Mauricio está en posición. Todo está preparado para su despegue vaginal hacia el temible mundo exterior. El doctor Fellows dice que faltan pocos días. Regreso a la casa a pie. Helado de yogurt con fruta (mango, frambuesa y mora; el helado tiene sabor a te verde) ante la imposibilidad de comprar bubble tea. Reviso el buzón de correo. Limpio la arena de los gatos. Escribo un twit que usa (correctamente, creo) la palabra “empero”. Escribo otro correo electrónico. Intento leer una entrevista a Pierre Bordieu que Miguel me recomendó. Fracaso. Creo que Pierre Bordieu usa un lenguaje secreto. Hablamos de gramática y Jaime Ruiz. Hablo con Mercedes varias veces durante el día. Renunció a la invisibilidad para volver a sentirse una chica popular. Pienso en un artículo de Rahim y Tom que hace meses que debería haber leído. Me da culpa. Juan me tranquiliza y me asegura que un taxi no se puede rehusar a llevarnos al hospital. Hablo con Sergio, el jueves se va a las tierras del norte. Instalamos una repisa blanca en el cuarto. Pongo un dinosaurio verde y gordo para estrenarla. Hay grillos afuera. Más que de costumbre. Encuentro a mi Asterix y mi pulpo naranja debajo del sofá nuevo junto al gato superhéroe de Gonta y su araña de jugar fetch. Juego fetch con Gonta. Me hago un sánduche, un vaso de te verde y sirvo papas fritas que compré en el Ikea. Me quejo al aire por séptima vez: las papas fritas del Ikea norteamericano no se parecen en lo más mínimo a su contraparte europea. Como. Debería comer mejor. Recuerdo una vez más que debo cargar la batería de la cámara. No hago nada al respecto. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Plinio pide comida. Los platos están vacíos. Les sirvo comida. Plinio ronronea. Transmission me anuncia que Darkon está aquí. Veo (maravillado) pelear en juego a los gatos. Admiro el estilo de Plinio. Es poco efectivo pero elegante. Ayudo a Mónica a actualizar su hoja de vida. Oigo Little Person. La canto. Me pregunto por qué todos estamos tan lejos. Creo que leeré un poco antes de dormir. Huele a mofeta afuera. Ayer, por cierto, vimos una mofeta en el parqueadero. Dicen que hay que tenerles miedo.

Sábado

Estamos en esa fase en la que cualquier molestia se hace pasar por contracción. Pero Mónica tiene trabajo por hacer así que vamos al laboratorio a enseñarle a los ratones mutantes a reconocer la guarida placentera a punta de inyecciones de cocaína. Por la mañana, como parte del programa de anidaje instintivo patrocinado por las hormonas parturientas en las que Mauricio flota, Gonta y Plinio padecieron el consabido baño anual. Esta vez lo hicimos en el lavaplatos. Fue el primero de Gonta y el cuarto de Plinio. Creo que Gonta pensaba que lo íbamos a matar. Nos rogaba. Plinio ya está acostumbrado y se resigna. Gime un poco. Luego le toma un buen tiempo secarse por su tipo de pelo. Ayer instalé en una pared dos de esas repisas, no sé cómo más llamarlas, para poner libros de tal manera que parece que los libros flotaran. No son muy prácticas pero tienen encanto. Hace rato que quería unas. Antojos pendejos, sí. Hoy por la mañana montamos el palo para la cortina de la habitación. Por mí viviría sin cortinas pero Mauricio necesita un lugar oscuro para dormir. De vuelta de la universidad se largó un aguacero. Para no mojarlas, me quité las chanclas en el bus y caminé descalzo del paradero a la casa. Me recordó cuando llovía en Lorica y salíamos felices a mojarnos en la calle. Ojalá que uno pudiera regresar a voluntad a los nueve años de vez en cuando.

Siesta

(Aquí otra siesta)