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gritos

Sexto ciclo lunar

Ahora vivimos temporalmente en el planeta helado. Las salidas a la calle son difíciles pues la limpieza de las aceras es pobre. Cada vez el carrito nos parece menos práctico pero el uso del canguro no es confiable sobre el suelo congelado. Una solución no muy óptima es conseguir un trineo de madera para arrastrar a la niña. Estamos en ello. Igual a veces salimos los tres, caminando con cuidado de la mano. Gajes de vivir en un mundo donde olvidaron que las personas caminan. Laia come y masca. Le damos pedazos grandes de patilla y pera. Le gustan mucho las frutas jugosas. Laia hace muchos ruidos pero se restringe al sistema fonético klingon. Sólo sabe comunicarse a los gritos. Por las mañanas intercala gritos y pedos por la boca (no sé cómo más describirlo) hasta que nos despertamos. Cada vez parece más cómoda sentada aunque todavía no es muy estable. Cuando le dan comida con cuchara quiere apoderarse de la cuchara. Pese a la evidencia, Mónica sigue convencida de que la niña no crece. Lo mismo decía del Gonta, que ya pesa como diez kilos. Este viernes a medio día tenemos la séptima visita al pediatra y tercera ronda de vacunas.

El lenguaje del amor

El lenguaje del amor es la respuesta urgente al grito abierto y rabioso que exige atención instintivamente, sin capacidad para precisar la naturaleza específica del reclamo. Estamos diseñados para reaccionar al llanto cercano con angustia culpable. Esto aumenta la probabilidad de supervivencia del potencial cachorro. Hoy en el paradero de bus una mujer lloraba sentada en el suelo, junto a una escalera de entrada a un edificio. La miraba como si yo no estuviera ahí. En ese paradero siempre hay gente llorando o al menos visiblemente triste. Es lo normal acá. Los centros de las ciudades están tomados por los abandonados.

Viernes

No pude dormir. Había personas afuera de la casa, cerca del portón, gritándole cosas al cielo. Hubo varios disparos. Oí mi voz. Estaba más furioso que de costumbre. No tenía sentido, no era justo. Entre la multitud vi al niño. Intenté llegar hasta él pero fue imposible. Quería protegerlo. Era mi responsabilidad. Era lo único que tenía. Pedí ayuda pero nadie entendía o nadie prestaba atención. Todo el mundo gritaba cosas rabiosas al cielo hasta que el cielo respondió. Con las alarmas vino el pánico y la huída. Pero no había refugios, no todavía, así que corrimos hacia las estaciones de tren más viejas y profundas, las que construyeron después de la primera guerra, y esperamos en silencio por años a que las alarmas dejaran de sonar.

[Flash 9 is required to listen to audio.]Javier Barría, La misma madera