Por culpa del mapa de homicidios, ayer me crucé con varias personas que se rehusan a aceptar datos (si es que los leen) cuando estos ponen en duda (o incluso cuando no demuestran contundentemente) la mitología política asumida. Frente a una tendencia clara de reducción de homicidios en un cierto período responden con teorías de conspiración de bolsillo y se sostienen (so pena de sonar enajenados o agüevados) en sus narrativas populares de los baños de sangre apocalípticos y la violencia desatada (¡la más alta de la historia!). Una mujer proponía ayer que la reducción de la tasa de homicidios entre 2002 y 2010 se debió (en las narrativas fáciles todo siempre se explica de un escobazo con un solo factor, en lugar de reconocer que detrás hay siempre una red compleja de condiciones no siempre controlables y altamente aleatorias) a manipulaciones perversas de la “tasa demográfica” (?) en la registraduría, para poner un ejemplo. Otros no pueden aceptar los datos porque consideran que la práctica de los “falsos positivos” (un eufemismo periodístico horrible y ya extendidísimo para referirse al asesinato metódico de muchachos por parte de miembros de las Fuerzas Militares para hacerlos pasar por guerrilleros caídos en combate, acreditar éxitos operativos y ganar permisos, recompensas y condecoraciones) debería amplificar contundentemente las estadísticas de homicidios en general (aunque en la práctica correspondan a menos del 3% de los homicidios cometidos en un año). Y es verdad que estos crímenes son una atrocidad inaceptable, una vergüenza. Y son todavía peores cuando se reconfirma todavía hoy que dentro de las Fuerzas Militares son percibidos como errores casi exculpables de la guerra. Pero yo no me atrevería a decir que el resto de homicidios (en la escala de decenas de miles cada año — las tasas de homicidio, incluso ahora que están en caída, siguen siendo preocupantes) son menos serios. Los conteos son burdos e inexactos (a veces incluso tendenciosos) pero ayudan a poner las historias que nos contamos en perspectiva, a contrastarlas, a cuestionarlas. Aprender a leer números y tomarlos en cuenta no limita ni pervierte. No nos debilita. No deforma el mundo (ese está afuera, no en las tablas, y hay que volver a él siempre). Tampoco nos convierte en cínicos. Es una habilidad valiosa (una de tantas) para no perderse en las exageraciones y vaguedades comunes en discursos políticos. Las gráficas y las tablas no son generadores automáticos de conclusiones incontrovertibles sino plataformas para discutir y tomar distancia ocasional. No podemos sobrevalorarlas pero tampoco desestimarlas.