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A los treinta y tres años tuvimos un hijo que se murió. A veces Laia nos pregunta por él. Otras veces lo menciona en conversaciones. Lo ha visto en algunas fotos, por eso sabe de él. Algunos de los adultos a los que Laia les ha hablado de su hermano piensan que es una fantasía infantil, de pronto un muñeco, pero ella les insiste que es un niño de verdad y después me pregunta dónde está. Algún día tendremos que explicarle con claridad lo que pasó.

Cinco

Hace cinco años a esta hora nos íbamos para la casa a pasar la noche. Al otro día operarían al niño. Creo que fue la última vez que lo toqué. Estaba en una incubadora con muchos tubos encima. Verlo así me rompía el corazón. Al salir de su habitación tomé una foto de la incubadora desde lejos. La tomé pensando que algún día se la mostraría cuando tuviera que explicarle esos primeros días tan complicados de su vida. Eso no se pudo.

Estábamos cansados y muy angustiados. El día había empezado temprano, como a las tres de la madrugada, cuando una enfermera notó que había algo mal con él. La pediatra a su cargo lo había pasado por alto. A partir de ahí fueron carreras, conversaciones confusas, asimilación de nuevas palabras y finalmente una remisión al hospital donde sería operado.

Fue un día horrible. Pero el siguiente fue peor.

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Hoy en el parque terminé hablando con una mamá sobre Mauricio y su muerte. A veces se me sale aunque sé que incomoda.

A la gente no le gusta oír que los niños se mueren. Supongo que a mí tampoco me gusta recordarlo.

“Lo siento mucho”, me dijo. “No se preocupe, es algo que pasa, parte de la vida”, le respondí.

De regreso a la casa paramos en la cafetería y me tomé un café con leche mientras Laia se comía una galleta y un vaso de leche. Sentado en la mesa frente a ella (secuestros masivos de niñas en la portada del periódico) pensaba que por varios años lo que le pasó a Mauricio no era sólo algo que había pasado sino que era el presente, no se iba. No sé cuándo se volvió “algo que pasa”. Se siente menos pesado, eso sé. Presente pero no el presente. Casi que podría ser algo que le pasó a alguien más.

Señoras

Fui a almorzar a la cafetería con Laia. Nos sentamos en la mesa junto a la puerta. Laia oficiaba espontáneamente como comité unipersonal de bienvenida del negocio. Como siempre, varias señoras mayores se acercaron a saludarla.

Una se acercó y me preguntó cómo se llamaba y de dónde era el nombre. Después me preguntó su edad y halagó su disposición para hablar y sonreír. Le dije que era extraño porque ni Mónica ni yo éramos muy sociables, así que habíamos tenido que aprender a socializar a través de ella. Finalmente me preguntó si yo era cristiano. Le dije que no. Ella dijo que iba a rezar para que la niña conociera a Jesucristo y fuera salvada. Le di las gracias aunque no estoy seguro de que fuera un buen deseo. Se alejó pero inmediatamente regresó y me dijo: “su hija es una bendición. ¿Sabe por qué es tan sociable e inteligente? Es un regalo del cielo.” Pidió un café para llevar y se fue.

Otra, una señora canosa con ojos azules entrecerrados y un abrigo morado muy vistoso, se acercó más tarde y me dijo: “Esa niña tiene sus ojos. ¿Sabe en qué pienso cuando veo a una niña tan linda como su hija? Pienso en los miserables que abusan de los niños pequeños como ella y les destruyen sus vidas. Pienso que si mi papá estuviera vivo, él era un oficial de inteligencia del ejército, seguro tomaría su fusil y bum“. Hizo un gesto con los brazos para ilustrar su frase. Creo que se notó la sorpresa en mi cara porque preguntó: “¿Lo incomodo?” Le dije que no. Siguió, muy seria: “Pero sí, veo a su hija y pienso en esa niña que mataron en Woodstock hace dos años. Cuánta inocencia. Un hombre llega y la viola y después la mata a golpes con un martillo. Esos hombres no merecen vivir. La cárcel no es suficiente castigo para personas así. A mí me gustaría… Mire a su hija. Mírela. Imagine que le pasara algo como eso. Ojalá que nunca le pase. Por fortuna ella lo tiene a usted. Seguro que usted es un buen padre.”

“Lo intento”, le respondí.

“No, yo sé que usted es un buen padre. ¿Sabe por qué lo sé? Porque su hija se ve feliz. Se nota que lo quiere y que usted la quiere. Eso es suficiente evidencia de que usted es un buen padre.”

Después se fue. Laia le gritó “Bye-bye!”.

Catorce meses y tres años

El sábado Laia cumplió catorce meses y el lunes Mauricio cumpliría tres años. No sé muy bien qué contar. Ella está caminando y hablando mucho más. Todavía no se le entiende mayor cosa. La comida sigue siendo una guerra constante. Ahora sabe subirse al sofá, lo que aumenta el riesgo de caídas peligrosas. Al final de la semana me siento muy cansado. Hoy estaba en el bar y de pronto me di cuenta de que envidiaba a los cinco tipos de la mesa del lado que tomaban cerveza y conversaban sobre camiones. No envidiaba ni la cerveza (que no tolero muy bien) ni la conversación específica (no sé nada de camiones) sino esa compañía que dan los amigos. Tal vez por la cercanía a los días de la vida y muerte de Mauricio se me intensifican mis pensamientos angustiantes sobre la soledad y la falta de rumbo/propósito. De cierta forma sigo atrapado en el cráter de esa muerte. No he encontrado cómo salir (y a ratos ni siquiera sé para qué salir). El jueves estuve muy triste durante una de las siestas de Laia (tontamente me puse a revisar fotos y algunas de las cosas que escribí sobre el niño) y me dio gusto cuando se despertó y me llamó desde la cuna para que fuera a rescatarla. Mauricio me mandó a Laia. Aunque es por lo general distante a veces se acerca y me abraza. Esos gestos de cariño espontáneos son lindos, me hacen sentir protegido. No sé qué día de la semana pasada se tropezó y se fue de espaldas. Alcancé a agarrarla antes de que se diera de nuca contra el suelo. Como parecía asustada la alcé un rato. Creo que lo hago más por mí que por ella. Me tranquiliza mucho abrazarla y hablarle. Es reconfortante. Me rescata tanto como yo a ella.

Niño o niña

Un bebé es tomado por niño a menos que lleve una prenda o un accesorio que explícitamente demuestre que es niña. Los colores para niña son dos a lo más. Una niña debe cubrir su torso en la piscina. Las niñas deben ser decoradas. Llamar niña a un niño puede ser tomado como una ofensa pues implica dudar de su (incipiente) virilidad. Llamar niño a una niña es usualmente tolerable pues la femineidad no es un valor en sí mismo. El protocolo sugiere pedir disculpas en caso de confusión. El sexo de un bebé debe ser, en lo posible, detectable a simple vista.

Un día en la vida de una niña de 1952. (Aquí está la versión para niños.)

Literatura en duelo

A raíz de la publicación en Colombia de un libro de Piedad Bonnett sobre el suicidio de su hijo, dije en Twitter que aunque entendía las motivaciones que podían llevar a una mamá en duelo a escribir algo así, me intrigaba y perturbaba que luego lo hubiera publicado (convertido en un artículo a la venta). Para mí esa parte tiene algo de macabro. Esto obviamente no aplica sólo al caso de Bonnett. Ayer por casualidad encontré este artículo reciente de Alberto Olmos sobre lo mismo. Un fragmento:

Porque después de la muerte no se entiende nada, se acaba recurriendo a la literatura. No es necesario indagar entonces en los motivos por los cuales un escritor deja testimonio de la pérdida de su padre o de su madre, de su pareja o de su hijo; si pudiera -si le asistiera la escritura- cualquier persona lo haría. El duelo justifica muchas terapias, muchas extracciones y cirugías de urgencia, y escribir seguramente es la forma más profunda de hundir un cuchillo.

Sin embargo, sí vamos a preguntarnos aquí por qué un autor publica su panegírico, su elogio fúnebre, y por qué ese autor cree que otras personas van a leerlo o deben siquiera mostrar interés en su desgracia. ¿Qué se supone que debe hacer un lector con el dolor de un escritor?

Desde la otra perspectiva, leí hace unos meses este artículo de Francisco Goldman (sobre el libro que escribió al respecto de la pérdida de su mujer) que por desgracia no está entero en línea. Otra lectura relacionada es este ensayo de Jorge Salavert que publicamos en HermanoCerdo. (Y Mercedes me recuerda en los comentarios este ensayo de Aleksandar Hemon sobre la muerte de su hijita.)

Se me ocurre ahora que tal vez el problema es que después de la pérdida (y hasta mucho tiempo después de la pérdida) todo lo que se escribe es inevitablemente parte del duelo: la memoria del muerto siempre encontrará alguna forma de colarse en los textos y enfatizar el peso de su ausencia. De pronto los escritores profesionales no pueden darse el lujo de no publicar lo que escriben.

Danny, The Champion of the World

El centro argumental de Danny, The Champion of the World es la relación de un papá (William) y su hijo (Danny). Ambos viven a las afueras de un pueblo inglés en una carreta gitana instalada junto a un taller mecánico con servicio de gasolinería. La mamá de Danny murió cuando él tenía sólo cuatro meses. No tienen mucha plata pero viven bien. Tienen lo que necesitan, que es poco. Danny admira a William y William adora a Danny. Son buenos amigos.

Un día, Danny descubre que William tiene un pasatiempo secreto: a veces, por las noches, roba faisanes de un vecino rico que los cría para organizar cada año festines de caza con la aristocracia local. Es un pasatiempo, además, compartido por buena parte de los hombres y mujeres de clase media del pueblo (incluyendo al doctor, el policía y la esposa del vicario), una especie de deporte extremo con ínfulas reivindicativas. Tras caer en una trampa para ladrones montada por los guardianes de los faisanes, William se rompe una pierna. Danny lo encuentra en el fondo de un pozo y lo rescata antes de que lo descubran. Lo que sigue a continuación es una venganza en clave humorística que convertirá a Danny en el indiscutible campeón del mundo.

Supongo que la idea de este libro es que sea leído desde la posición del niño protagonista, pero yo no pude evitar leerlo desde la paternidad. Al final hay una nota que parece sugerir que Dahl también tiene al papá lector en mente. Lo mismo me pasó hace poco viendo Finding Nemo en un avión. Marvin siempre me ha parecido un personaje cercano a lo que soy y ahora todavía más. Una de mis nuevas angustias es que sea incapaz de conectarme con Laia. (Nota al margen: en realidad los papás no tienen que hacer ningún esfuerzo para que sus hijos no cometan sus mismos errores, porque los hijos naturalmente aspiran a eso (especialmente si esos errores los afectaron personalmente).) Ayer al medio día tuvo dos horas de llanto intenso durante las que se negó a recibir leche. Nada la apaciguaba, ni siquiera el usualmente milagroso cambio de pañal. Al final, como a veces pasa, cayó profunda de golpe, desgastada por sus propios gritos. Esos episodios me hacen sentir derrotado. Por fortuna no son la norma. La mayoría del tiempo ella parece satisfecha con mis cuidados. Cada vez con más frecuencia sonríe cuando me mira y le hablo. Lo hace con chillidos y sacando un poco la lengua entre los labios. Ahí están mis triunfos. En esas sonrisas está sembrada la complicidad que espero poder ofrecerle toda mi vida.

Peces

Cuando te vi nacer. O un poco después, digo. Vos conocés la historia donde yo soy tu salvavidas. Pero en realidad cumplí con lo que me dijo el obstetra. Tenías una apnea, por eso estabas azul y lánguido. Yo sostuve la manguerita del oxígeno a la altura de tu nariz, de tu boca. Pero insisto, solo cumplí con lo que me habían dicho y no fui un héroe, comenzaba simplemente a ser tu padre.

Javier G. Cozzolino está publicando los cuentos de su segundo libro, titulado El cuaderno enfermo, en este blog. Aquí está Peces, uno de mis favoritos.

He Got Game

Lo que importa no es el juego sino lo que está detrás del juego. Lo que el juego resuelve. Todos quieren un pedazo de la carne de Jesus, de su salvación. Jesus es un artículo que se compra y se vende. Nadie pone en discusión que ese es su destino. El dilema de Jesus no es si venderse sino a quién. Aún así, en su indecisión hay carácter. Jesus quiere que el juego signifique algo más que el juego detrás del juego: fuck the game if it ain’t sayin nuttin. El juego debe ser una herramienta para ascender y escapar de la vida predefinida de los negros, de sus futuros muertos. Jake quería eso para Jesus. Esa era su herencia. Algún día Jesus lo entendería. Jake tiene siete días para ganar su libertad, pero no quiere ser libre. Su condena es justa. No merece el perdón. Jake quisiera regresar en el tiempo y reestablecer lo perdido, pero sabe que eso es imposible. Sólo quedan las enseñanzas del juego y lo que está detrás del juego: la tristeza, el arrepentimiento, los errores, las heridas y el rencor. El hijo perdido en una cancha que crece y se aleja.

There’s something happening here. What it is ain’t exactly clear.