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Oí en el tranvía la historia de una mujer que estudió un doctorado en inglés en la Universidad de Toronto, se graduó hace unos tres años y tras rebuscarse la vida como académica por un par sin mucho éxito decidió ingresar a la academia de policía y ya está a punto de graduarse. Aunque no podrá vivir en Toronto está satisfecha. De hecho dice que es la mejor decisión que ha tomado en su vida. Del doctorado, en cambio, prefiere no hablar.

One of us

Vollmann on Copernicus:

I myself can’t help but wonder how high his aspirations were. I imagine him sincerely hoping to solve all celestial problems, to save the appearances and likewise to explain them. I see him as one of us, a man who lived on Earth and will not come again, a man whose dreams were greater than could be achieved, a lost one, enchanted by something beyond him, a man who gave his best to something, died, and left his accomplishment rusting into obsolescence. He was long ago and we cannot remember more than scraps of him. And this is what it means to be one of us in this sublunary world, a person whose hopes will al sooner or later be superseded.

Perversión

En la versión cinematográfica de Serial el programa genera una presión social inmensa para que se reabra el caso de Adnan Sayed, la gente simpatiza con el muchacho, el caso se reabre y Sayed sale libre pues se demuestra, como sugiere el programa, que no hay pruebas concluyentes en su contra. El programa, por supuesto, es considerado un hito del periodismo investigativo responsable y activo y recibe todos los premios. Una vez libre, sin embargo, Sayed busca a Sarah Koenig, la creadora del programa, y la mata. Después se entrega voluntariamente a la policía.

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Andrés nos regaló Jerusalem: A Family Portrait y anoche lo leí. Es un cómic sobre el nacimiento del estado de Israel desde la perspectiva de una familia judía que vive en Jerusalén entre 1940 y 1948. La historia está pensada para que la mirada microscópica a los conflictos familiares sirva de reflejo a las situaciones políticas macro que se entretejen en Palestina por ese entonces (que a su vez sirven de reflejo a situaciones políticas actuales): la ocupación (y manipulación) británica, los movimientos pacifistas de corte comunista, los movimientos radicales sionistas o árabes, la diversidad de proveniencias, la llegada de los judíos que escapan de los nazis, los campos de concentración en Europa, etcétera.

Es una novela agresivísima no solo por las escenas muy explícitas de guerra y terrorismo como por las evidencias (sutiles pero constantes) de desequilibrio emocional de los personajes. Son personas seriamente afectadas por la vida. Tienen rabia. Son rabia. Han transmutado en resonancias de la guerra. El comentario general que propone de la situación política en Palestina en ese entonces (y de cierta forma también ahora) es descorazonador.

El dilema sobre cómo y por qué ejercer violencia contra otras personas (o recibirla) es un punto de contacto entre las diferentes tramas. Las respuestas difieren. Ninguna es fácil. Hay mucha resignación, mucha impotencia, cunde la derrota.

Tal y como anota Andrés en su reseña, aunque hay una línea de tiempo clara y las situaciones están encadenadas, algo (no soy capaz de puntualizarlo) en la forma como se cuentan las historias hace que se sientan confusas. Como si fueran los cuentos que le llegan del exterior cada día a los que se resguardan en un refugio contra artillería: intentos de comprimir lo incomprensible en narración.

La guerra destruye todo. Por dentro y por fuera.

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jerusalem

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Jordi Sánchez Navarro ahora tiene un nuevo blog de lectura de cómics. Atentos ahí.

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En varios puntos del ya viejo libro sobre Palestina de Joe Sacco un entrevistado cierra la conversación con preguntas sobre el propósito de sus preguntas. De qué sirve contar estas tragedias. Qué recibimos a cambio. Qué más da que haya personas en Alemania o Estados Unidos o Colombia que conozcan nuestra historia y se conmuevan (¿se preocupan?). Sacco evade las preguntas. No tiene respuestas. Bajo presión admite que no sabe. Ocasionalmente reconoce con algo de cinismo culposo que su producto es antes que nada entretenimiento. Pero después nos confronta con la mujer que, tras contarle (contarnos) la muerte de sus dos hijos, le (nos) reclama por su (nuestro) papel y el de los tantos otros periodistas que visitan Palestina para recopilar sus historias y divulgarlas en esos otros mundos donde nada de eso que se vive en Gaza o en el West Bank es realmente real (como este). Y es verdad: tal vez el sentido del periodismo se pierde cuando la injusticia es tan flagrante que su denuncia no es más que el reconocimiento de impotencias esenciales. El reclamo es tanto para el periodista como para quien lo lee. En mi casa leo una visita a Palestina plasmada en dibujos que tuvo lugar hace más de veinte años, durante la primera Intifada. Sacco busca historias y las dibuja: historias de palizas, secuestros, asesinatos, abusos, pedradas, balazos, sangre, miedo, odio. También dibuja a los que las cuentan. A Sacco, más que las historias, le interesa retratar el impacto de esas historias en quienes las cargan. La pregunta que pareciera que Sacco quiere responder o al menos proponer, más que qué pasa aquí, es para qué sirven las historias a quienes no tienen nada más que tristezas para contar. De nuevo no hay respuesta fácil. Son trofeos, son orgullos, son la prueba de un compromiso, son el reconocimiento de un sacrificio, son un clamor, o el vacío. Y aquí estamos nosotros atentos, cómodos, distantes y sobre todo generosos, dispuestos siempre a oír lo que nos quieran contar.

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Las historias que cuentan los datos no siempre están en la superficie y no son siempre las que sus recolectores pretendían capturar. El mapa de homicidios puede interpretarse como una historia muy confusa de violencias que transmutan, migran y renacen (aunque por momentos decaigan gradualmente) pero más al fondo, en la forma como las marcas azules decrecen al tiempo con el número y tasa de homicidios, se oculta, tal vez, una trama más simple que cuenta la consolidación (parcial) de la presencia estatal en regiones que hasta hace muy pocos años eran inaccesibles y, por lo mismo, imposibles de registrar y archivar. De cierta forma los datos cuentan su propia historia (cómo fueron adquiridos, con qué propósito, con cuánta certeza, minucia (o torpeza) y homogeneidad), antes de poder hablar de nada más.

She must be in another castle

Cuando terminé de leer Scott Pilgrim escribí la idea para no olvidarla:

Si el pasado que se consolida en el recuerdo es un territorio, todos somos peregrinos intentando encontrar nuestro lugar en memorias ajenas repletas de presencias previas (a veces maltrechas y agresivas) que tenían la misma aspiración de establecerse y perdurar.

Este fenómeno es un motor narrativo versátil. Muchas historias pueden replantearse como batallas por un lugar particular, controlado, dentro de unos recuerdos de alguien más. Las batallas se libran al tiempo en las memorias propias y las ajenas. En las memorias propias se construye, podría decirse, la versión (ya estructurada y apropiadamente linealizada) que se quiere implantar (esta versión es adaptada y deformada durante la implantación). Obvio: no siempre es un proceso consciente pero su ejecución tiene consecuencias bien concretas en las relaciones y sus desarrollos. En Braid el personaje busca a la princesa perdida para rescatarla y cuando por fin la encuentra descubre (Ojo: ¡adelanto crucial!) que la princesa desapareció para evadir su presencia: huye de él con ayuda de otro hombre, el verdadero héroe. Es un momento durísimo del juego. Cuesta digerirlo. Braid se basa en perversiones espacio-temporales porque trata sobre el arrepentimiento y la negación: una memoria idealizada motiva al personaje a perseguir lo que quisiera tener pero ya perdió. Los viajes en el tiempo (figurados o literales) se siguen de su obsesión. En Stories We Tell su directora reconstruye sus pasados recurriendo a memorias de familiares y conocidos, a quienes entrevista paralelamente. Al principio parece inocente, pero pronto se materializan ángulos y nieblas, dudas importantes, y desde la confusión se plantea una lucha (primero implícita y después explícita) entre varios de los narradores por monopolizar el control y propiedad de la historia, por decidir qué importa, qué es la verdad, cuál es el papel que le correspondía a cada cual y quién merece contarla. Y esa es sólo la primera capa que cae. Como en Braid y Scott Pilgrim, la motivación subyacente es el amor o, mejor, la imposibilidad de constatar explícita y constantemente su reciprocidad (por culpa de la ausencia (o el carácter elusivo) de lo amado).

La elocuencia del pasado

Fotos para acompañar la columna de hoy.

Película

Al principio hay doce jóvenes al borde de la edad que legaliza sus vicios. Uno a uno, los jóvenes son asesinados en circunstancias por aclarar. Algunos aparecen empalados. Otros son crucificados. Uno de ellos es troceado y sus partes aparecen entre los armarios de la cocina de su abuela. La vieja los encuentra y entra en catatonia. No hay patrón ni lógica reconocible. Son muertes vulgares, sin la sofisticación visual y mecánica característica del género sangriento moderno. Los jóvenes no se conocen, ni siquiera viven en la misma ciudad, y por fuera de su vínculo generacional evidente no hay ningún detalle por mínimo que sea que los unifique más allá del hecho de que son los jóvenes muertos en esta película. La crueldad de los asesinatos escala a medida que los jóvenes se agotan. Ninguno sabe lo suficiente como para sospechar que será la próxima víctima. Uno de los jóvenes está enamorado de una mujer mayor que se aprovecha de su inocencia. Otro tiene problemas con su cuerpo que resuelve en peleas con desconocidos en centros comerciales. Otra más, una de esas veinteañeras con actitud y porte de adolescente, se odia en pose por ser tan perfectamente única que nadie está a la altura de su excentricidad. El protagonista, que podría ser cualquiera, quiere ser músico pero no siente que tenga lo que se necesita para triunfar. En realidad es una película sobre jóvenes, no sobre sus muertes. Sus muertes son exabruptos que impiden que la película progrese y los personajes alcancen la dimensionalidad plena que prometen. La primera víctima indirecta del asesino es el guionista, que presencia impotente como sus mejores personajes (los que guardó celosamente para la película que sería suya) son torturados por una fuerza sobrenatural que les niega su verdadero destino dramático. Los actores, inmersos en su papel, lloran al descubrir que su personaje también será asesinado. Nadie les avisó que terminaría así pero no hay alternativa. No es la primera película que se deshace en una masacre sin sentido pero nadie quiere que sea la suya. A veces pasa. Es necesario. La entidad pide un sacrificio y debe ser complacida. La entidad elige. Todo es ficción pero la muerte es real. La muerte siempre es real.

Azares

La semana pasada vimos Sleepwalk With Me y este fin de semana vimos Bill Cunningham New York. Forzadas por la proximidad y nuestras circunstancias, ambas películas conversan sobre los dilemas vocacionales que aquí en la casa nos tienen tan confundidos por estos días. Sleepwalk With Me cuenta la destrucción de una relación cuyo debacle impulsa la carrera de un comediante joven en proceso de autodescubrirse. Bill Cunningham New York es un documental sobre el trabajo obsesivo del fotógrafo de moda callejera del New York Times. En Sleepwalk With Me el sacrificio del protagonista es explícito. En Bill Cunningham New York, en cambio, es latente. Ambas son películas con sombras tristes. Bill Cunningham es un monje-institución sonriente de ochenta años que recorre Manhattan en su bicicleta a cualquier hora tomando fotografías de la ropa que le gusta. Por las noches asiste a fiestas de la alta sociedad a tomar fotos de los presentes. Su trabajo es su vida. Parece satisfecho con lo que ha construído pero hacia el cierre de la película, cuando el director le pregunta por su intimidad, Cunningham tiene un momento de debilidad y quiebra la voz al hablar de la soledad que aceptó para su vida tal vez por presiones familiares. En Sleepwalk With Me la relación en crisis libera a Matt/Mike de las expectativas y pudores que lo tenían anclado a una vida que no entendía pero que aceptaba como correcta porque era cómoda y se sentía (al menos en la superficie) bien encaminada. Bill Cunningham no es un hombre en busca de la perfección en su arte sino alguien absolutamente comprometido con una pasión. Matt/Mike intenta entender lo que quiere mediante la destrucción de certezas impuestas. Obviamente ambas películas son historias de éxitos evidentes o su promesa. Tienen una sombra oscura pero son en últimas optimistas. Bill Cunningham encuentra felicidad y compañía en su dedicación (su desapego lo ampara y reconforta). Las tristezas y arrepentimientos de los protagonistas son compensadas (en alguna medida) por las satisfacciones que alcanzan o seguramente alcanzarán. La literatura motivacional insiste mucho en la confianza en las pasiones como norte vital. Se supone que basta seguir lo que nos gusta con devoción y compromiso para encontrar el lugar que nos corresponde, donde seremos lo mejor que podemos ser. Hay todo un mercado de productos construidos alrededor de las aspiraciones. En la práctica todo es muchísimo más complicado porque los gustos y pasiones cambian y se adecúan a nuevos objetivos y obstáculos que surgen arbitrariamente. Con los años, las preguntas sobre qué querer ser empiezan a sonar vacías: a la larga nuestras preferencias tienen un alcance de acción limitado incluso sobre nuestras propias vidas. Poquísimas personas tienen pasiones tan claras como Bill Cunningham (y están dispuestas a sacrificar tanto por ellas). La mayoría, sospecho, están más cerca de Matt/Mike, que da tumbos de un lado al otro intentando estabilizar temporalmente el viaje en algún nicho de tranquilidad que les permita no pensar demasiado en la incertidumbre (y la finitud) del futuro.

Demasiada felicidad

Estampilla rusa honrando a Sofia Kovalévskaya. Desgraciadamente, los rusos sólo reconocieron su valor cuando logró por sus propios medios hacerse a un lugar en la sociedad matemática europea.

La columna de hoy es una invitación a leer a la gran Alice Munro (y de paso hablar de Со́фья Васи́льевна Ковале́вская).

Alice Munro es una evangelista esencial de mi religión. Regalo sus libros como si fuera testigo de Jehová. Los compro a docenas, así estén repetidos, en la librería de usados del centro. Alice Munro es mi refugio, nada me falta.

Como complemento a la columna, recomiendo Dimension y Wenlock Edge, dos de los relatos compilados en Too Much Happiness (En el archivo de la New Yorker hay muchos más). Si los leen y luego de leerlos sienten que quieren gritar pero no saben por qué, me encantaría hablar de ellos en los comentarios. También podemos hablar de esta preocupante noticia.

Resultado de la última visita a la librería de usados del centro.

Asesinos

Dos películas de asesinos de la vida real. Primera, Snowtown. A ésta llegué por culpa de Jorge, que mencionó la historia en un comentario: en un pueblo del sur de Australia durante los años noventa, un tal John Bunting convenció a un grupo de vecinos para que lo apoyaran en una cruzada personal. Bunting decidía más o menos arbitrariamente quien era culpable, el crimen (por lo general alguna forma de pedofilia) y su pena. Usualmente elegía personas que conocía. Las víctimas eran torturadas sin misericordia (mutiladas, electrocutadas, quemadas, destripadas) antes de ser asesinadas. Luego las escondían en barriles llenos de ácido clorhídrico. Por casi diez años se salieron con la suya. Snowtown es narrada desde la perspectiva de James, el hijo de una de las mujeres de Bunting. A medida que la historia se desarrolla, Bunting le revela progresivamente a James (y de paso al espectador confundido) sus aficiones secretas y finalmente lo induce a participar (¿A James o al espectador?). Apoyado por Bunting, James mata a dos de sus hermanos. En el centro de la película, más que los crímenes, está la relación tensionante entre Bunting y James. Es una película intrigante y cruda.

Snowtown

Segunda, 復讐するは我にあり (Vengeance is mine). Ésta es basada en los crímenes de Akira Nishiguchi, un embaucador japonés que asesinó a cinco (o seis) personas durante los años sesenta y robó a otras tantas. La película contiene algunos de los asesinatos más burdos y por lo mismo realistas que he visto en cine. Nishiguchi era un sociópata normativo que abusaba de la confianza de las personas para manipularlas, robarlas y matarlas a discreción. Su desapego emocional era absoluto. Era torpe, descuidado y cínico. Sabía que esa vida implicaba ciertos riesgos pero la amenaza de morir en la horca no lo intimidaba. Podría decirse que incluso lo ilusionaba. Estaba orgulloso de las libertades que podía permitirse. La película sigue su vida y la de su familia. Está llena de episodios incómodos de presenciar. En un arco lateral, la mujer de Nishiguchi, con quien tiene dos hijos, acosa sexualmente a su suegro (un católico fervoroso lleno de culpas — me queda la duda de si el catolicismo de la familia de Nishiguchi era mal visto en ese entonces en Japón) mientras Nishiguchi huye de la ley. En otro arco, Nishiguchi conoce a una mujer anciana que asesinó a alguien en su juventud para deshonra de su familia pero especialmente de su hija (a quien Nishiguchi seguidamente conquista, preña y estrangula). Ya en la cárcel su papá lo visita y Nishiguchi le dice que debió matarlo en lugar de matar a los otros. El papá le responde que él sabe que no podría pues Nishiguchi sólo puede matar a quien nunca le ha hecho daño. En la escena final, el papá y la mujer de Nishiguchi, ahora pareja, lanzan sus huesos cremados desde la cima de una montaña. Los huesos, sin embargo, se resisten a caer y flotan congelados en el aire. El simbolismo se me escapa.

I’m gonna be the man who’s lonely without you

This was the favorite song of Liu Peiwen and his girlfriend Ling Hsueh, and she told him if he walked 1000 miles, she would try to get her mother to let her marry him. So he walked the distance of 1000 miles from his city to hers, where she subsequently married another man. (Via Wikipedia)

Nuestra historia de amor

En su blog, Arturo escribió sobre su relación de amor-odio con la matemática. Son cinco capítulos (1, 2, 3, 4 y 5). En el tercero (titulado Idilio) hay un breve cameo de mi yo más joven, socialmente inepto e idealista:

Con Javier montamos un grupo de estudio de geometría algebraica sin profesores. Pegamos avisos en el edificio de matemáticas citando a reuniones semanales. Logramos una convocatoria de tres personas: Javier, Oscar y yo. En los letreros nos escribieron cosas como “sapos reglados”. Quería tanto a las matemáticas, a mi nueva novia, que no tenía problema en compartirla con Javier y el malparido no fue capaz de darme un abrazo cuando se fue a hacer su doctorado hace ya más de diez años. No lo he visto desde entonces y no sé por qué lo quiero. No es que la gente del edificio de matemáticas de la Nacional se caracterice por sus grandes habilidades sociales tampoco.

A Arturo lo conocí dentro de ese contexto idílico, cuando estaba(mos) volcado(s) a aprender matemática con entusiasmo (aunque en la práctica yo le dedicara muchas más horas semanales a los juegos de rol). Nuestro primer curso juntos fue álgebra lineal. Acababa de regresar del ejército. Arturo era uno de los mejores del grupo junto a Javier (Solano) y Freddy (Hernández) (hoy ambos trabajan como profesores en universidades en Brasil). A partir de ahí vimos juntos al menos un curso por semestre por unos tres años (incluyendo uno inolvidable con Alonso Takahashi y también el curso de lógica donde conocimos a Andrés (Villaveces)) hasta que Arturo, de un momento para otro, desapareció. En su blog explica bien por qué. Yo lo sospechaba, pero él era muy reservado con respecto a su vida personal y creo que la consideraba de cierta manera incompatible con nuestra historia de amor amistad (asociada inevitablemente a estudiar heteronormativamente). Para el momento cuando me gradué de la universidad sabía muy poco de su paradero. Luego de que me fui retomó su trabajo final y se graduó. Varios años más tarde, ya en Estados Unidos, busqué información sobre él y encontré su dirección de correo electrónico en Los Andes, donde dictaba clase. Entonces le escribí. Hace unos trece años cortos que no lo veo en persona.

Finalmente aprendí los fundamentos de geometría algebraica en Urbana, en dos cursos muy regulares que me forzaron a las malas a hacer incontables ejercicios (estos sí muy provechosos) del libro de Hartshorne (en mi copia, el margen negro por el uso delimita claramente el cuarto escaso que avancé en ese libro) y un curso muy bueno que tomé tal vez demasiado tarde con Dror Varolin, donde miramos con mucho cuidado (y haciendo muchos cálculos iluminadores) las conexiones entre análisis complejo y curvas algebraicas (sospecho que de haberlo tomado más temprano me hubiera dedicado a la geometría compleja). En los intermedios leí capítulos del libro de curvas elípticas de Silverman y el libro de grupos algebraicos lineales de Humphreys, pero nunca le puse el suficiente empeño para avanzar más allá. Pese a todo eso, a estas alturas lo único que puedo acreditar es comprensión muy general de la terminología y maquinaria más básica. Eso sí, me sigue encantando.

Y los abrazos ya no me cuestan tanto.

Rumbos

El fin de semana pasado vimos la segunda temporada del Juego de tronos. Hace un año, cuando terminamos de ver la primera, Mónica leyó de golpe los cinco libros disponibles de la serie y quedó en las mismas. Yo sólo leí tres y me planté. No puedo con las tramas sin rumbo.

La adaptación para televisión corrige algunos defectos de la versión original. Casi todas las modificaciones que proponen son para bien. Los escritores de televisión son eficientes y organizados y tienen, en general, más respeto por su audiencia (y la historia) que el señor Martin, que hace años abandonó cualquier pretensión de control sobre sus tramas.

La única motivación de Martin es expandir la serie en tantos libros como pueda, abusando de cliffhangers falsos y giros dramáticos por lo general basados en la aniquilación súbita de personajes aparentemente centrales. Su prosa es apenas funcional. Su técnica narrativa, primitiva.

Mi teoría es que La canción de hielo y fuego siempre fue pensada para ser una serie de televisión o una película. O al menos siempre aspiró a convertirse en eso. Que haya sido inicialmente publicada como un libro es un accidente debido a las dificultades obvias para entrar en contacto con productores y convencerlos de que una historia a medias tiene potencial. El éxito del libro era necesario para que tomaran a Martin en serio.

El acierto principal de la adaptación consiste en ignorar las arbitrariedades de Martin y tomar su nudo de pseudo-arcos como un mapa de ruta factible de ser modificado, o (usando mi metáfora narrativa favorita) como un campo vectorial lleno de sifones (piensen en Arya, Sam, Bran, Brienne, ¿sigo?) en busca de una curva-solución suficientemente amplia (y razonablemente continua) que aproveche al máximo la riqueza del mundo que describe (sin duda su mayor virtud). De esto ya había hablado. Los guionistas saben que es riesgoso seguir a Martin a ciegas: probablemente su serie de libros se desmorone en la última o penúltima entrega (si es que Martin no sufre un infarto antes).