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Rumbos

El fin de semana pasado vimos la segunda temporada del Juego de tronos. Hace un año, cuando terminamos de ver la primera, Mónica leyó de golpe los cinco libros disponibles de la serie y quedó en las mismas. Yo sólo leí tres y me planté. No puedo con las tramas sin rumbo.

La adaptación para televisión corrige algunos defectos de la versión original. Casi todas las modificaciones que proponen son para bien. Los escritores de televisión son eficientes y organizados y tienen, en general, más respeto por su audiencia (y la historia) que el señor Martin, que hace años abandonó cualquier pretensión de control sobre sus tramas.

La única motivación de Martin es expandir la serie en tantos libros como pueda, abusando de cliffhangers falsos y giros dramáticos por lo general basados en la aniquilación súbita de personajes aparentemente centrales. Su prosa es apenas funcional. Su técnica narrativa, primitiva.

Mi teoría es que La canción de hielo y fuego siempre fue pensada para ser una serie de televisión o una película. O al menos siempre aspiró a convertirse en eso. Que haya sido inicialmente publicada como un libro es un accidente debido a las dificultades obvias para entrar en contacto con productores y convencerlos de que una historia a medias tiene potencial. El éxito del libro era necesario para que tomaran a Martin en serio.

El acierto principal de la adaptación consiste en ignorar las arbitrariedades de Martin y tomar su nudo de pseudo-arcos como un mapa de ruta factible de ser modificado, o (usando mi metáfora narrativa favorita) como un campo vectorial lleno de sifones (piensen en Arya, Sam, Bran, Brienne, ¿sigo?) en busca de una curva-solución suficientemente amplia (y razonablemente continua) que aproveche al máximo la riqueza del mundo que describe (sin duda su mayor virtud). De esto ya había hablado. Los guionistas saben que es riesgoso seguir a Martin a ciegas: probablemente su serie de libros se desmorone en la última o penúltima entrega (si es que Martin no sufre un infarto antes).

David versus David

Hablaba con Mauricio alguna vez de David Mitchell en contraposición a David Wallace. No recuerdo bien los términos de la conversación pero creo que lo que decía era que de alguna manera aunque los talentos de Mitchell y Wallace son complementarios (la de Mitchell es una literatura de historias mientras que la de Wallace es una literatura de _________________ (¿derrumbes e introspecciones? ¿filosofías? ¿psicologías?)) lo que hace Mitchell es mucho más atractivo para mí. Su atractivo radica, creo, en la capacidad de Mitchell para tejer la ficción en estructuras cuidadosas y su habilidad sobrehumana para adaptar su prosa a las exigencias de las historias que cuenta. [Polos en el espectro visible-invisible.] Mientras Wallace es un esclavo de su prosa neurótica-aforística (enmarcada dentro de su compulsión gramática), Mitchell es un camaleón verbal en constante control del flujo de palabras (un creador de voces). Tal vez Wallace puede escribir sobre lo que quiera, pero Mitchell puede escribir lo que quiera con una naturalidad pasmosa. En Mitchell, además, las tramas no son una excusa (para teorizar/pontificar) sino el objetivo primordial de la escritura. Como en los bestsellers, pero mejor hecho y con más respeto.

(En español esta diferencia la ejemplificarían bien Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Aunque Marías es más controlado que Wallace y Mitchell rotundamente más versátil (e imaginativo) que Pérez-Reverte. Paradójicamente, entre esos dos prefiero de lejos a Marías.)

Más sobre The Amazing Spider-Man

En un guiño más, al cierre de la película, la profesora de literatura del adolescente Peter Parker dice que alguien (supongo Borges) alguna vez dijo que sólo hay seis o siete historias posibles, pero que ella cree que en realidad sólo hay una: aquella que responde a la pregunta sobre quién somos (ya sea como individuos o como sociedades, agregaría yo.) Siempre me ha parecido atractiva la manera inocente como las personas (por lo general jóvenes) se sienten definidas por un sólo momento específico de sus vidas (o una suma corta, abarcable en unidades narrativas sencillas (?)), al que retornan regularmente en busca de sentido o propósito (mea culpa). Tal vez por eso adoro proyectos como The Moth.

Tengo la impresión de que el modelo social predominante incentiva la concepción de la vida como la consecuencia de una historia fundacional personal temprana (con descubrimientos, conflictos y moralejas determinantes) que paralelamente los impulsa (hacia su destino) y ancla (a su identidad). Buena parte de los dilemas existenciales de las personas acomodadas de mi generación, entre quienes me incluyo, con frecuencia están relacionados con la incapacidad (inevitable) para saciar satisfactoriamente la necesidad (impuesta) de ser (narrativamente) extraordinarios.

Adenda: Óscar habla de algo similar acá.

Dungeon Quest

Dungeon Quest - Joe Daly
…and at the end of the day, isn’t the force behind the creation of this universe responsible for all the shit that goes down… all the actions and re-actions? Isn’t that thing we awkwardly describe as “God” really to blame for all this?” — Joe Daly, Dungeon Quest

Nadie entiende mi ansia de aventura ni mi disposición para el peligro, la poesía y el erotismo. Soy un héroe. Mejor aún: soy el arquetipo del héroe. Mi misión: la aventura. Mi pasión: la aventura. Mi motivación: la experiencia y la gloria, cuidadosamente cuantificadas e itemizadas para distribución adecuada en cada uno de mis siete atributos excepcionales. No tengo miedo: el azar me prefiere. No siento dolor. Mi aseo es impecable. Me alimento del terror de mis enemigos. Vivo por la batalla y la destrucción absoluta de aquellos que obstaculizan mi destino. Mi cerebro sobrehumano es un arma mortal. No necesito dormir. Con ayuda de plantas sagradas accedo en meditación al plano astral y trasciendo los estadios primarios del ser, viajo al averno y recobro, tras diezmar a un ejército de arpías, el báculo del Poligrifo. No siento odio. Soy compasión. Mi naturaleza me hace inmune a la maldad. Encuentro calma en la práctica del arte hermética consignada en grimorios y tratados arcanos protegidos por creaturas abominables. Los siete artefactos ígneos marcan mi viaje por tierras lejanas hacia la conjuración de la armadura florida del gólem. No soy ambicioso, sólo quiero el oro y la verdad, los cuales comparto con generosidad y sabiduría. Quienes aceptan mi superioridad reciben mi misericordia, que es infinita. Quienes me cuestionan sufren muertes dolorosas bajo el filo de mis uñas. Bebo su sangre. Sacrifico a sus hijos y violo a sus mujeres con mi miembro descomunal. Profano las tumbas de sus antepasados. Los hago pagar su atrevimiento. Quiero que entiendan que el respeto es el único camino posible en este mundo lleno de sufrimiento y mierda. Mi brutalidad es legendaria. Conozco mi propósito: es el poder que yace en la virtud. He leído el libro. Sé lo que me espera. Soy paciente y humilde. Me avergüenzan los himnos fastuosos que celebran mis victorias. No son mías, les digo, sirvo a la voluntad infalible de La Divinidad. Acepto sus designios como si fueran propios. Permito que actúe a través de mi cuerpo privilegiado y agradecido por sus dones. No soy alguien extraordinario, sólo he sido iluminado.

Un ejemplo: el asesinato de Tori Stafford

El ocho de abril de 2009, Michael Rafferty (28 años) y Terri-Lynne McClintic (18 años) secuestraron, violaron y asesinaron a Victoria Stafford. Victoria Stafford tenía ocho años. Vivía en Woodstock, Ontario. Un video de una cámara de seguridad inculpa a McClintic: aparece acompañando de la mano a Stafford en la última imagen disponible de la niña con vida. McClintic se declaró culpable de todos los cargos e indicó a la policía dónde se encontraba el cuerpo. Tras confesar, fue condenada a cadena perpetua. Rafferty asegura que es inocente.

Cuando lo encontraron, el cuerpo de la niña estaba desnudo de la cintura para abajo. Hay señales de violación. Los golpes que recibió antes de ser ultimada a martillazos en la cabeza dejaron lasceraciones en el hígado y varias costillas rotas.

Ayer McClintic testificó en el juicio contra Rafferty. Su versión es la siguiente: Rafferty ordenó a McClintic secuestrar a una niña. Esperaron por la oportunidad a la salida del colegio. Stafford fue elegida porque estaba sola. La llevaron en el carro a una zona deshabitada cerca de Mount Forrest, Ontario, donde Rafferty procedió a violar a Stafford en la silla trasera. Cuando terminó, dejó el carro. McClintic buscó a la niña, la sacó del carro y le pidió perdón. La niña le rogó que no permitiera que él lo hiciera de nuevo. McClintic le dijo que era una niña muy fuerte. Rafferty regresó y le arrebató a la niña. La niña no quería soltar la mano a McClintic, pero McClintic sabía lo que iba a pasar y no quería presenciarlo, así que se alejó. Los gritos de la niña aparentemente revivieron memorias de su infancia (no entró en detalles) y estos recuerdos la motivaron a regresar al carro, empuñar un martillo y acabar con la vida de Victoria Stafford.

Los periódicos describen lo anterior como rabia reprimida debida a traumas de infancia. También se refieren con regularidad a McClintic y Rafferty como la pareja de drogadictos.

La culpa es siempre de sus historias. La narrativa diluye la responsabilidad.

Las Brisas

La pregunta sobre la naturaleza (o la fuente) del mal es una banalidad. Cualquiera con suficientes años en este mundo debería tener claro que no se necesita gran cosa para convertir a una persona (no me excluyo) en monstruo. Las justificaciones sobran. Es sencillo de verdad. No hay que estar dañado. Un resentimiento bien establecido (mediante entrenamiento, instigación o vivencia) engendra odio y del odio a la violencia sólo hay un pequeño tabú moral que es fácil de ignorar bajo suficiente presión. Pero es peor todavía: no se necesita nada. Ninguna excusa. Las limitaciones que impone la sociedad nunca son suficientes para contener todas las variantes de daño intencionado concebibles. Una centena de hombres llega a la vereda Las Brisas y fusila a doce campesinos (papás, hermanos, hijos). Luego los decapitan a machete ante sus familias. Son órdenes de arriba. Casi rutina. Cuando le reclaman a los asesinos ellos dicen de diferentes formas que no saben por qué lo hicieron pero están arrepentidos y sienten culpa (o sea merecen perdón). Con algo de esfuerzo histriónico lloran. Parece casi natural. Está bien hecho. Las revistas y los jueces intentan explicar por qué pasó. Hablan de venganzas, territorio y estrategias. No es satisfactorio pero es funcional. Cuelgan de eso un Nunca Más. La narrativa como consuelo. El horror dispuesto en una cadena causal bien alineada, apodada de cariño La Verdad, que convierte lo inaceptable en comprensible. Nos inventamos el cuento de que la maldad es ajena a lo que somos (es inhumana) y necesita historias que nos perviertan para poder existir.

Metanotas

Un blog es un lugar para publicar contenido en línea a través de una infraestructura técnica sencilla que facilita parte del proceso de adecuación del diseño y demás. Es un tipo de cuaderno digital formateado y navegable. En ese sentido el blog no es un género ni admite delimitaciones temáticas, de estilo o de uso demasiado específicas.

Pregunta: ¿Se puede hacer literatura en un blog? Respuesta: ¿Se puede hacer literatura en un papel?

Pero es que el blog es instantáneo, claman los puristas. Esta urgencia temporal debilita inherentemente lo que quiera que se escriba en él. No puede ser valorado con los mismos estándares de la literatura sólida y lenta, procesada, que se construía en papel y era cuidadosamente revisada y moldeada por esos míticos editores que ahora todo el mundo extraña. No sé. No me lo creo.

(¿Dónde están esos todos esos editores superpoderosos en español, por cierto?)

Que un blog no permite sostener narrativa, dicen, pero no es difícil (aunque antes era más fácil) encontrar blogs que con o sin intención cuenten historias (muchas, complejas y anidadas) en entregas regulares. Adonai sabe cuánto control hay en esas historias, y no dudo que algunas sean ingenuas y otras (muchas) merezcan más trabajo en el texto, pero es evidente que están ahí.

¿Qué los blogs están anclados en el presente? Qué tontería.

¿Qué por qué escriben todos los días? ¿Por qué no son más pudorosos? ¿Y quién dice que no hay pudor ni control ni intencionalidad? ¿Quién dice que sólo hay una manera correcta de llegar a textos valiosos y perdurables y esta no puede pasar por un medio de publicación instantánea?

Tal y como yo lo veo, el blog es un espacio y una herramienta para jugar con textos (enriquecidos o no) y cada quien lo usa para lo que le plazca. A mí me permite explorar formatos y pequeñas estructuras. Es mi laboratorio público y también mi pequeña emisora contracultural. Escribo sobre lo que quiero y como quiero. A veces me corrijo compulsivamente. A veces escribo todo en diez minutos. Miento y me contradigo. Sostengo con pasión posiciones en las que no creo. También a veces digo lo que pienso y lo que siento. Me impongo ritmos de producción por temporadas. Mido mi propia capacidad para armar y condensar ideas. Recopilo esbozos de cosas que quisiera hacer más tarde con más cuidado. Propongo conversaciones sobre asuntos que me intrigan o me preocupan. Intento detectar mis vicios de escritura y corregirlos. Experimento con voces y tipos de prosa. Me interesa el impacto que estos textos producen en sus lectores (así sean pocos). Valoro la retroalimentación y las interpretaciones. A todo esto lo llamo notas. No tiene más aspiraciones. No sé si sea literatura ni me importa.

¿Y qué putas es literatura, ya que estamos?

Asesinos

Lo que Sergio no cuenta es que una vez mató a un animal para comérselo. Un animal que, además, le sirvió fielmente durante varios meses. Era 1993. Teníamos codornices en el patio. Las teníamos por los huevos. Tal vez haya fotos por ahí. Las compramos pequeñas. Recolectábamos los huevos todos los días, los guardábamos en la nevera, y cada tanto, al ritmo de los suplex de Monday Night Raw, nos comíamos cuarenta de golpe con salsa rosada. Era uno de nuestros planes favoritos cada semana.

Pero un día las codornices dejaron de poner huevos.

Pensamos mucho en qué hacer. Les dimos tiempo. Buscamos asesoría en las tiendas veterinarias de la avenida Caracas. Compramos comida especial. Nada dio resultado. Decidimos asarlas al horno, pero primero teníamos que matarlas. Mi abuela dijo que las codornices debían ahogarse para proteger la carne. Creo que haber visto recientemente Como agua para chocolate influyó en la decisión.

Instrucciones: cada uno agarra una codorniz, sostiene la cabeza y la hunde en un balde con agua. Sólo la cabeza (esto también por recomendación de mi abuela). Lo hicimos en el patio, junto a la que había sido su casa por cerca de un año. La codorniz se retuerce, patalea, se relaja, tiembla y muere en ese orden. Dos minutos por animal. Sergio sólo lo hizo una vez. Yo maté a las otras cinco. No recuerdo haber sentido mayor culpa. La compasión no era mi fuerte. Todas estas debilidades morales que ahora padezco son más recientes. Encontrar el amor me jodió.

De resto procuramos que tuvieran una vida feliz, eso sí.

Sábado (El problema de Randy y otras historias)

Infrahistoria: La versión que tengo de El problema de Randy y otras historias de Luis Noriega está compuesta por diez relatos relativamente extensos que en un libro físico ocuparían unas doscientas páginas. Como en el caso de Razones para destruir una ciudad, este es un libro parcialmente inédito que le pedí a su autor a través de Twitter. Digo parcialmente inédito porque cuatro de los diez cuentos aparecieron publicados ya sea en revistas (El Malpensante) o en antologías (Calibre 39 y Relatos Caníbales). Yo conocía a Luis pero no sabía que lo conocía. Cuando leí Soluciones ad hoc, publicado dentro de la antología Calibre 39, no caí en cuenta de que era el amigo de mi amiga con quien nos encontramos varias veces en fiestas y comidas en Barcelona. No recuerdo cómo fue que me di cuenta, tal vez hablando con ella. Rencor: Estos cuentos de Luis encajan dentro del género de la Literatura del Rencor. Encajan y lo inauguran. En la Literatura del Rencor el personaje principal, que es usualmente el mismo narrador, resiente (por razones diversas) su situación actual y en respuesta (tras algún tiempo de pasividad que sólo exacerba la molestia) actúa con violencia (ya sea verbal o física). El rencor del personaje está relacionado con la pérdida del orgullo o de los ideales, con la constatación de que no es lo que esperaba ser, o con la frustración que le produce su dificultad para interactuar con el mundo. El personaje, por lo general, es incapaz de entablar relaciones significativas y duraderas con otras personas y, cuando lo hace, su rencor (que muchas veces no es otra cosa sino una suma de inseguridades enquistadas) lo hace dudar del valor de estas relaciones o de su propia sinceridad con respecto a ellas. Los relatos de la Literatura del Rencor son antiparábolas donde no hay redención: al final los personajes se dejan llevar por (o se resignan a) sus motivaciones mezquinas (muchas veces delirantes) y salen relativamente bien librados. Suena serio y duro pero Luis hace esto sin solemnidad alguna. No hay siquiera una pretención burlesca de solemnidad. La Literatura del Rencor es, en contra de la intuición, desparpajada y humorística (la prosa de Luis es casi costumbrista) porque los personajes rencorosos son también hombres más bien buenos (aunque en evidente crisis moral) que se esfuerzan demasiado por encarnar la maldad, no siempre con los resultados deseados. Ingredientes: En estos cuentos aparecen y reaparecen elementos. Recolecté unos cuantos: un profesor/escritor, un arma, un taxista con una varilla, la evolución de Darwin como religión de incitación a la reproducción, Sherlock Holmes y la literatura criminal como modelos antimodélicos, la teoría literaria como falso transfondo, la escritura (frustrada) de literatura y el fracaso en general, una puntilla clavada (para colgarse y/o para acumular rechazos), La Guerra de las Galaxias, los conflictos familiares, la sociedad del un güisquicito, atracos, una pieza de construcción que cae del cielo por accidente, Bogotá, España, inmigración como huída, el autodesprecio, muertos con violencia, asesinos improvisados, y, naturalmente, la venganza.

Martes (¡Calcio!)

Primero la base histórica: el 17 de febrero de 1530, la ciudad de Florencia, bajo el sitio imperial español impuesto en colaboración con el Papa, burla las reglas impuestas por Carlos V (que impedían, entre otras cosas, la celebración del carnaval) con la organización de un partido de calcio, ese deporte de pelota de la familia del cuju, tradicional en la región y asociado principalmente con las ferias y el entrenamiento para la guerra. El imperio, desde las afueras de la ciudad, dispara cañonazos contra la plaza de la Santa Cruz, donde discurre la partida, para amedrentar a los republicanos envalentonados, pero el juego nunca se detiene. No se sabe cómo terminó el partido, pero se sabe que la ciudad de Florencia recuperó ese día la moral perdida y resistió valiente el sitio por muchos meses más. Esa es la historia.

Pero las historias son sólo historias. El pasado es una cosa, una incomodidad perceptual propia de sociedades de individuos con suficientes conexiones neuronales, y la historia es otra. La historia, como la veo yo, es una herramienta que sirve a un propósito dentro de un contexto. Permite, por ejemplo, establecer un precedente que a su vez sirva para alcanzar un objetivo futuro, o al menos defender un honor, un símbolo, o simplemente la nostalgia (i.e., el derecho agridulce a creer que fuimos). La fortaleza de las historias que componen la historia no se mide en la constatación empírica porque el pasado no existe, no está, es opaco, etereo, disperso y basado en documentos que son, también, parte de ese juego de versiones en el que se debate el establecimiento de la historia, así que sólo queda el debate, generalmente dentro del hermetismo académico, tan solemne, que es como una justa por el derecho a decretar la verdad de manera local basada en el acuerdo puntual entre dos o más individuos en un ambiente cerrado y controlado donde, por un instante, la certeza difusa se manifiesta, a ojos de los presentes, pura y plena. El proceso es recurrente. La historia, esa herramienta para iluminar lo que somos, es el debate reiterativo e imperfecto de la misma historia.

Y entonces, claro, todo vale y todo es cierto (dentro de cierto contexto). Y puede pasar, ¿por qué no?, ¿por qué dudar?, que tras el partido histórico de calcio del 17 de febrero los españoles rabiosos, desesperados, ofendidos por la insolencia republicana, hayan retado a los florentinos a un partido de calcio (uno singular e irrepetible) que decidiera la suerte de la ciudad. Y puede pasar que esta sea una historia perdida en la historia; una anécdota relatada en sus memorias, entre otros, por un joven español que algún día viajaría a América para fundar la ciudad donde nací, sólo para que cuatrocientos y algo años más tarde resurgiera, en manos de un erudito italiano-judío refugiado en la Inglaterra de la postguerra, para dirimir de una vez por todas una de las disputas más importantes (todas lo son) de nuestra era.

Lunes (Correo de mi mamá)

I. se mató hace dos dias en un accidente de moto.

Se sumará a los innumerables muertos e incapacitados que el motociclismo produce en estos pueblos de la costa. Pero I. no solo se mató en una moto, a ella la vida la atropelló desde pequeña.

A los 10 años quedó embarazada y tuvo una niña que se crió junto a ella como si fueran dos hermanitas. El papá de la niña tenía 13 años y nunca salió de sus asombro de pensar que había sido capaz de procrear una hija en su primer intento de explorar el sexo con la vecinita y amiga de toda la vida.

Posteriormente, I. trató de terminar sus estudios de primaria. Dejó el bachillerato por la mitad. Se enganchó con varios hombres en su vida. De uno de ellos obtuvo otro hijito. Trató de beberse la vida. Había acelerado tanto que no le dió tiempo de nada. Terminó bajo las ruedas de un carro conducido por un ex juez borracho y drogadicto.

Llego viva al hospital con una pierna destrozada. Los medicos lucharon por salvarle la pierna. Hicieron hasta lo imposible pero no lo consiguieron.

Amputaron la pierna y eso fue un golpe mortal para ella. Se encerró dentro de si misma, no pronunciaba palabra y finalmente se murió de pena moral a los tres dias de la cirugía.

Tenia 27 años, dos hijos y un nieto.

Cuando quedó embarazada a los 10 años, no habia tenido su primera menstruación. Jugaba en la mesita de mi consultorio y la mamá me dijo: “¿No le parece que la niña esta como barrigona?”. Yo, por llevarle la idea, la acosté para examinarla e inmediatamente pense que la niña tenia un tumor de ovario o algo peor.

La ecografia nos mostró un embarazo de mas de 6 meses. Ella estaba tan asombrada y asustada como nosotras.

Gráfico

El tiempo hace lo que puede, pero eso nunca es suficiente para usted. Claro que tengo derecho a sentirme así y usted no es quién para concederme ese derecho. Me sentiría igual con o sin su permiso. Mi consuelo es que ahora al menos sé con cierta precisión cuál es el valor que usted otorga a lo que siento, a lo (poco) que le doy. También tengo claro lo que debo esperar de usted. En una realidad paralela seguro que seguimos siendo felices. En otra realidad paralela todos estamos muertos. ¿Quiere posibilidades? Un día me levanto y siento que esto ya no es para mí así que me esfumo de mi vida y de la suya. Por amor, desaparezco. ¿Otra? Un día me levanto y recuerdo que olvidé algo en la oficina. Es sábado, decido caminar, eso es lo último que recuerdo. Cuando abro los ojos de nuevo estoy en un lugar donde pasé muchos años siendo niño: el hospital donde internaban a mi abuelo luego de cada crisis. Cuando le pregunto al médico por usted el médico me responde que usted ya no está. El médico me pregunta datos básicos sobre mi vida y se sorprende cuando le respondo correctamente, pero hay algo que está mal. El médico no me lo dice, no al principio, pero yo lo sé. Me veo las manos y lo sé. Cuántos años, le pregunto al doctor. Poco a poco recupero la memoria. Me muestran videos de lo que fui, de lo que quedó de mí después del accidente. Accidente. Nadie sabe qué pasó. Usted se cansó de esperar mi regreso. Me dejó una carta para cuando despertara, para cuando volviera a responder correctamente a las preguntas fáciles. En la carta me decía que no sabía si alguna vez leería esa carta pero que de todas maneras la escribía porque sentía que me debía eso. Luego me hablaba del dolor de verme y lo que veía en mis ojos cuando la llamaba por otros nombres. Me listaba los nombres. Me listaba las historias que le había contado de mi vida. Me preguntaba cuántas personas de esas era yo y cuántas me había inventado para complacerla. Me pedía que fuera feliz. Eran cosas que yo debía entender si no es que ya las entendía desde antes. Esa es la duda siempre: tal vez el accidente sólo facilitó lo inevitable. En la carta había una foto de los dos el día que nos conocimos en esa fiesta hace cinco años. Nuestra primera foto juntos. Atrás estaba la fecha. Tengo un juego en el que grafico la distancia entre los dos. Esa fecha marca el tiempo cero. Hablo de distancia en un sentido emocional. Pienso en las veces cuando nos miramos y sabíamos que no había nada que nos separara. Eso pasó. Usted tal vez no lo recuerda pero eso pasó. Y se sentía bien. La línea ondula y cae y vuelve a escalar en pendientes que miden odios y tristezas. Ahí vamos nosotros, pienso, sobre y contra este tiempo que nunca fue suficiente para usted. Calculo puntos de inflexion y máximos. Así me entretengo. Refino la asíntota sostenida en el ahora. Esa línea somos los dos. Es lo que queda de los dos.

Martes

Raphael Nachman es un personaje de Leonard Michaels. Nachman es un matemático. En la primera historia de la serie que Michaels le dedicó, Nachman es profesor visitante en la universidad de Cracovia. En Cracovia vivieron sus abuelos, quienes luego murieron en un campo de concentración. Nachman quiere conocer el lugar donde vivieron sus abuelos, no el lugar donde murieron. Nachman camina por Cracovia acompañado de una estudiante, quien lo guía hacia la Sinagoga y el viejo Ghetto. Hoy por la mañana fuimos a una nueva cita con el doctor Fellows. Todo en orden. Nueva cita en una semana. Ayer vimos videos en clase prenatal. En los videos las mujeres tienen hijos y los hombres dicen frases entusiastas de cajón para no sentirse tan inútiles. Sólo uno de los hombres reconoce que al final del cuento la mujer en trabajo de parto está sola con su dolor y los “You can do it” o “You’re almost there” o “You’re doing just fine” son paliativos para él, no para ella. De vuelta del hospital oí la historia de una mujer que recuerda su primer romance y la obsesión de su novio adolescente por tocarla durante una fiesta de cumpleaños. Comí mole de ayer y un durazno de postre.