Pensaba hoy en la ducha en escribir una serie de textículos caricaturescos donde (como acá) confronto con vehemencia todo tipo de amenazas de cartón a la civilización y nuestro modo de vida siempre al borde de la extinción. Al cierre de la ducha, empero, caí en cuenta de que a eso anda dedicado Javier Marías en sus columnas desde hace como cinco años. También caí en cuenta de que se acabó el jabón.

Y bueno, después pensaba, ya con toalla al hombro y buscando las gafas, en cómo una vez desempleada Carolina Sanín ha resuelto capitalizar su personaje controversial de Facebook reencauchando en medios locales discusiones viejas de la peña feminista gringa como si fueran novedades de cosecha propia que la diferencian del progresismo robótico sin ideas. Lo que me hace gracia porque en algún punto ella intentó justificar la existencia de ese personaje como un contrapeso a su papel de profesora universitaria.

Obvio, esos personajes tienen un mercado y por eso existen. Ese mercado se distribuye por igual entre personas que los halagan por su bravura y quienes los denuncian por decir lo inaceptable. Y aunque requieren cierto ingenio son sin duda más fáciles de mantener que los que intentan proponer posiciones matizadas, con menos certezas y sin tanta dependencia en las reacciones ruidosas de la masa solemne, siempre en busca de líderes para seguir o aniquilar.

Ya para ese momento caminaba en calzoncillos por la sala.