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Psíquicos

Salió la niña con que cuando Netflix se congela y aparece el contador de porcentaje del buffer descargado la forma de hacerlo avanzar a buen ritmo y que el programa regrese es leer los números en voz alta a medida que cambian. Todo aquel que no cuente debe hacer mientras tanto silencio absoluto. Llevo dos semanas explicándole que mi contar o no contar no hace diferencia en el progreso pero ella insiste, y como nuestra conexión no es la mejor la escena angustiosa de reclamo de conteo en voz alta y pelea si cualquiera dice algo más se ha vuelto ritual familiar. A falta de religión tiene eso.

Recuerdo mis propias versiones de esa superstición cuando niño. La más recurrente, tal vez, era la creencia en que con el poder de mi mente podía hacer que volviera la luz cuando se iba. Requería un esfuerzo inmenso y casi siempre horas de concentración (no sé por qué ahora siento que también involucraba algún tipo de conteo) pero adjunto al alivio que llegaba con el final del apagón venía el orgullo secreto de haber contribuido psíquicamente a resolver lo que quiera que hubiera cortado el fluido eléctrico del pueblo. No sobra decir que durante algunos años de mi infancia la luz de iba por término indefinido con regularidad semi-diaria, así que las oportunidades para fortalecer mis habilidades psíquicas abundaban. A ese entrenamiento severo debo mi fama de vidente y sanador.

Sin título [1977]

En alguna parte de esta novela alguien habla un cuadro que tiene un hueco en el centro. La mención parece casual pero tal vez no lo sea. Sin título [1977] se refiere al nombre de un cuadro imposible de pintar. Su sustancia, como un fantasma, atormenta a los miembros de una familia aristocrática bogotana consecuentemente disfuncional. Capa a capa, Posada revela en tres monólogos intercalados los ingredientes que componen el cuadro. El primer monólogo es el de un viejo atrapado en su demencia nostálgica. El segundo es el de su hija, la pintora del cuadro, quien en medio de una crisis matrimonial que parece definitiva asimila las razones reprimidas que la llevaron a distanciarse de su papá. Y el tercero, probablemente el mejor de los tres, el de un niño pequeño, el hijo mayor de la familia, que desde el pasado destapa los secretos escabrosos que prefiguran el momento perdido. El niño, devenido en detective sociosexual, carga el peso emocional de la trama. Los tres monólogos conforman en conjunto un triángulo de incomunicaciones donde cada personaje está hundido en su drama personal y están incapacitados, por sus circunstancias, por el pasado que comparten, añoran o viven, para expresar lo que sienten. Esta incapacidad insalvable determina sus vidas.

Neverland

Una crónica de Camilo Jiménez sobre sus viajes frustrados al país de la libertad:

Mamá murió el 18 de enero de 1980, en su casa, mientras dormía, como dicen que mueren los justos. Yo nunca intenté escribir algo al respecto, ni siquiera escribí antes algo tan íntimo como estas líneas. El pasaporte lo rompí, y conservé la foto por un tiempo. Antes de botarla la pasé por un escáner y la puse en mi Facebook, que es como decir que ya no es mía. No soy yo ese niño que no iría en noviembre de ese año con su padre a Estados Unidos. No soy yo ese niño que estaba a punto de quedarse huérfano.

La luna en los almendros

La luna en los almendros, de Gerardo Meneses Claros, es una novela sobre dos niños en el campo profundo colombiano (cuasi-selvático) inmersos en (el rumor de) la guerra. Los niños no son ingenuos ni (como es tradición en el género) viven engañados en una realidad paralela fantasiosa creada por sus papás para protegerlos. Ven cuadrillas de la guerrilla y patrullas militares cruzar el caserío donde queda su escuela. A veces hablan con ellos. Tal vez desconocen la naturaleza de la guerra, pero los hombres armados son parte de su vida diaria, lo que no quiere decir que sean insensibles a la violencia: entienden la amenaza o al menos el riesgo; saben que las balas matan y que hay cosas de las que es mejor no hablar. El marco de la historia, sin embargo, no es la guerra sino (para contrastar) la vida bucólica infantil idealizada que perderán cuando el rumor explote. En los intermedios que separan los encuentros in crescendo con la guerra, los niños juegan en el campo y se sorprenden tal vez con demasiada frecuencia de la belleza natural que los rodea. Esta extrañeza recurrente ante lo cotidiano (los atardeceres, la luna, los animales, la lluvia) es incómoda en parte porque el narrador (aunque de estilo normativamente literario y sobre-lírico por momentos) pretende ser uno de los protagonistas (i.e., un niño campesino de unos diez años). En suma la novela, pese a la trama agridulce, siempre va sobre seguro y, sin ser abiertamente política, tiene un propósito pedagógico de conscientización/denuncia buenista casi explícito, lo que siempre es apreciado por el establecimiento cultural nacional. La luna en los almendros ganó en 2011 el premio de literatura infantil El Barco de Vapor – Bibioteca Luis Ángel Arango. Fue uno de los libros que nos trajo mi mamá cuando vino a recibir a Laia. Ayer por la noche la leímos en la cama.

Moonrise Kingdom

La infancia es un estado de consciencia transdimensional hermético, inaccesible desde la adultez. Progresivamente, las realidades paralelas (en ocasiones mutuamente contradictorias) que constituyen la niñez convergen a las malas en la que será la interpretación estable del mundo. La angustia adolescente es una consecuencia de la pérdida irrecuperable de esa multiexistencia, una suerte de mutilación psico-sensorial. (La eventual esquizofrenia es un mecanismo desesperado de defensa.)

Los protagonistas de Moonrise Kingdom están al borde del colapso, lo presienten. Aunque no lo admitan, saben que su fuga no prosperará. La aventura y la batalla son la vida y su fracaso. Viajan al final del mundo concebible para verlo sucumbir desde una posición aventajada ante la fuerza del sitio del tiempo. Su propósito es crear juntos, con todo lo poco que tienen, una memoria genuinamente propia que los conecte para siempre: un reino junto al mar que guarde su momento de verdad.

We loved with a love that was more than love.

Más sobre niños narrativos

Hace dos días pensaba esto y hoy leo esto en el blog de Helen DeWitt:

Piaget makes a very good case for the fact that the language, and even the concepts and the thoughts we have as adults, really don’t fit with childhood experience. There is a radical discontinuity between childhood experience and adult experience. We complain of a kind of amnesia, that we don’t recall much of our early childhood, and Freud of course said that this was because we were repressing painful or guilty desires. But Piaget argues this couldn’t be true, because otherwise we would forget only those things that were painful but remember everything else—which is clearly not the case. We have an almost blanket amnesia, and Piaget argues that the terms in which we experienced our childhood are incommensurable with the terms in which we now think as adults. It’s as though it’s an entirely different language we knew and lost. Therefore I feel that any writer who is writing about childhood, as an adult, is bound to falsify experience, but one of the things you try to do is to find poetic approximation; an elusive and impossible task. It is like trying to pick up blobs of mercury with tweezers—you can’t do it. You nevertheless attempt to find various metaphorical ways of surprising that experience. I think you oftentimes feel it’s there, but you can’t get at it, and that’s the archaeology of writing about childhood.

Edmund White

Nápoles

Pensé en escribir un cuento largo sobre el viaje con mis papás y mi hermana al Zoológico-Hacienda Nápoles, de propiedad de Pablo Escobar, por allá en mil novecientos ochenta y algo (¿dos?). Creo que fue el último viaje que hicimos juntos. Probablemente hubo más encuentros pero en mi memoria fue la última vez que fuimos dos papás con dos hijos que hacen cosas, como en las familias de las películas. Mi siguiente recuerdo de un encuentro cordial fue en dos mil uno, cuando mi hermana se graduó de la universidad y fuimos a almorzar. Ahora todos vivimos en dimensiones distintas. Dudo que volvamos a reunirnos otra vez.

*

Toda narración de memorias infantiles es tendenciosa. El niño narrativo de seis años es impostura e idealización porque su sistema interpretativo está apenas en desarrollo. Todo tiene sentido, pero la noción de sentido es todavía vaporosa. Las conexiones semánticas son mucho más laxas. En la memoria subsisten apenas las interpretaciones fragmentadas de la vivencia. No hay narración ni moralejas. De cierta manera no hay realidad. Su reinterpretación a treinta años altera (pervierte) el registro original hasta convertir al niño narrativo en médium voluntarioso de su adulto ulterior, ya entrenado para entender de acuerdo a sentidos y significados establecidos, atrapado para siempre en el paso normatizado del tiempo.

*

En lugar de un cuento largo, colección breve de recuerdos y anotaciones dispersas (lo único que me puedo permitir últimamente): en Puerto Triunfo, el día que compramos (¿se compraban?) las boletas para entrar al zoológico, cae nieve sobre el carro mientras esperamos nuestro turno. Parece un pueblo de juguete, de casa blancas, desértico, y cae nieve (aunque también hace sol). Hay un murciélago agonizante sobre la cama de mis papás. El ventilador lo desmembró. Sangre por todos lados. Las ventanas del Fiat no se abren. Un elefante mete la trompa por una hendidura en la ventana y toca a mi hermana. Mis papás no existen, no realmente. Están ahí pero apenas como apoyo decorativo y logístico. Su viaje era distinto al mío. Es un viaje que imagino triste y final. Tenían treinta años. Llevaban cuatro separados. Mi viaje era feliz. El murciélago en la sábana ensangrentada amarrada como una bolsa. Los avestruces asaltan el Fiat. Mi hermana llora. Un león a lo lejos, al final del recorrido. Aviones viejos emplazados a la orilla de la carretera. El hostal donde dormimos se llama Los Colores. Casas de techo colorido encajadas en una colina. Hay algunas fotos. A veces sueño que vuelvo a ese hostal y sigue ahí pero está abandonado.

告白

Confesiones, de Tetsuya Nakashima, se entiende mejor con un esquema de puntos y flechas. Los puntos son personajes y las flechas verdes son transferencias de culpa. Las flechas rojas, por su parte, son venganzas ejecutadas. Hay un punto especial que es la masa. Así me lo imagino. Recomiendo hacer el esquema mientas la ven. Ayuda a apreciar el juego de justificaciones de violencias interconectadas sobre la imposibilidad del perdón. Me recuerda al Señor de las Moscas y a Rashomon. Suicide Circle es un predecesor obvio. La dinámica de venganzas e intercambios de culpas en Confesiones permite que todos los personajes tengan su momento de redención y su momento de castigo desproporcionado. También promueve la confusión moral, lo que siempre es apreciado. Liberar temporalmente al psicópata interior en un ambiente controlado es un ejercicio sano.

Confessions
Los niños japoneses dan miedo.

Épicas

Lo que queda de la niñez son imprecisiones perfeccionadas: escenarios recurrentes o momentos concretos difuminados y remezclados en pequeñas épicas de la incomprensión. Al lado de la muerte de mi pequeña prima Rocío encuentro un viaje interminable en un camión lleno de plátano en medio del fango y más al fondo, detrás de una caja de cartón repleta de ropa que nunca podía dejar de ponerme, están una araña peluda, una quema de libros y esa semana rara por allá a los siete años cuando en la práctica no existimos. Entre todo eso hay una pelea de mis papás que probablemente nunca pasó, que era simplemente el acumulado de muchos gritos y altercados minúsculos producto de todas esas incompatibilidades de carácter que descubrieron demasiado tarde, el olor del Toyota de camino a Pacho, las postales y promesas de mi papá ausente, y los domingos familiares felices en la casa de mis abuelos que desde aquí siento sucesivos, como si no hubiera semanas de por medio.

Jueves

Leo French Hats in Iran, un libro de memorias de Heydar Radjavi sobre su infancia en Tabriz que será publicado a mediados de abril. Es un compilado de historias que giran alrededor del enfrentamiento entre el tradicionalismo religioso y la occidentalización por decreto impuesta por el Shah. Las crónicas, escritas en una prosa tranquila y cuidadosa, estilizada sin ser ostentosa, están llenas de retratos de su familia y amistades cercanas y anécdotas sencillas que dejan en evidencia los contrastes de la época a través de las preocupaciones y confusiones de un niño de siete años. Mi personaje favorito es su papá: patriarca estricto y devoto dedicado a los negocios y temeroso de la electricidad cuya única fuente de sabiduría diferente al Corán era el Modicum, un viejo tratado enciclopédico que incluía datos desde datos astronómicos hasta fórmulas para preparar tinta, pasando por una guía para llevar una dieta saludable. Creo que le pediré autorización a Heydar para traducir un fragmento al español para HermanoCerdo.

Strange Children

(clic)