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Buena parte de los artículos de prensa que he leído al respecto de ese horror que fue la muerte de Clayton Lockett se inician con una descripción minuciosa de sus crímenes. Toda la discusión sobre la ejecución atroz de Lockett parte de la naturaleza de sus actos: es el filtro establecido. En el fondo, lo que se sugiere es que tal vez merecía lo que quiera que recibió (su muerte, después de todo, es justa). Cuentan con la reacción visceral ante la narración de lo inaceptable (o lo monstruoso). Me espanta la forma como se difumina la responsabilidad de ese asesinato entre las excusas de medicamentos agotados, malas venas, la brutalidad del condenado, burocracias inexpugnables y concepciones primitivas de justicia. Sin excusas, al desnudo, lo que hay es una institución que a nombre de “la gente” monta homicidios (ineptos o no) de personas expulsadas del mundo compasivo (algunos desde su infancia) como espectáculo público de auto expiación. Tanto cinismo socialmente tolerado y promovido es desolador.

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Las historias que cuentan los datos no siempre están en la superficie y no son siempre las que sus recolectores pretendían capturar. El mapa de homicidios puede interpretarse como una historia muy confusa de violencias que transmutan, migran y renacen (aunque por momentos decaigan gradualmente) pero más al fondo, en la forma como las marcas azules decrecen al tiempo con el número y tasa de homicidios, se oculta, tal vez, una trama más simple que cuenta la consolidación (parcial) de la presencia estatal en regiones que hasta hace muy pocos años eran inaccesibles y, por lo mismo, imposibles de registrar y archivar. De cierta forma los datos cuentan su propia historia (cómo fueron adquiridos, con qué propósito, con cuánta certeza, minucia (o torpeza) y homogeneidad), antes de poder hablar de nada más.

Obediencia ciega

La columna de hoy es sobre Compliance, una película que mencioné acá en el blog hace unos días. En esa entrada hablé de las dificultades inherentes a ver algo así. Realmente es muy difícil. Aquí estuvimos dos veces a punto de desistir. Nos sentimos insultados. Finalmente perseveramos por el puro morbo masoquista de entender en qué consistía el complot así todo pareciera traído de los cabellos. Generalmente mencionan el experimento Milgram como referente del fenómeno que ilustra la película. Todavía no estoy seguro de que sea exactamente lo mismo. De pronto es un factor. Para mí lo crucial es la cesión de poder (¿voluntaria? ¿sutilmente impuesta? ¿flagrantemente impuesta?) a instituciones diseñadas para potencialmente oprimirnos, así como la confusión relacionada entre obediencia y respeto (a esas mismas instituciones).

Por si las moscas, aquí de nuevo el enlace a la página en wikipedia sobre esa serie de crímenes.

Page One

Aunque también podría ser Page One, un documental de 2011 dirigido por Andrew Rossi.

Sinopsis: Clan samurai en peligro de extinción se adentra en un ejercicio de análisis de su lugar, futuro y opciones coordinado por un viejo samurai honorable pero (otrora) alcoholizado. Central a la discusión es el papel del Clan como institución dentro de la sociedad. ¿Es necesario? ¿Por qué debe existir? ¿A quién sirve? ¿Cuál es su valor? El Clan pretende ofrecer seguridad, información, confianza y autoridad, pero debe competir con el advenimiento de nuevos clanes administrados bajo nuevos modelos que ponen en duda su propósito manifiesto. La pregunta clave es cómo sostener un clan tradicional dentro del nuevo mercado de clanes etéreos y/o parasitarios de bajo costo y gran impacto sin renunciar al bushido. El sepuku es siempre una opción.