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Miércoles (Razones para destruir una ciudad)

Leí anoche Razones para destruir una ciudad, de Humberto Ballesteros. Esta novela ganó el premio Ciudad de Bogotá hace algunos años pero todavía no ha sido publicada. Le pedí a Humberto, con quien me relaciono por twitter (y que hace un tiempo publicó un cuento en HermanoCerdo), que me permitiera leerla. Razones para destruir una ciudad es la historia de la no-vida de una mujer. Durante cuarenta y tantos años esta mujer, Natalia, evade la vida sistemáticamente (con cierta razón, porque lleva una vida aburridísima) al tiempo que, en el ático de su casa, inventa, escribe y construye una ciudad imaginaria, invisible. Y supongo que lo que pasa es que, pese a su esfuerzo, la vida no-vida de esta mujer no es totalmente impermeable a la vida real de la que intenta protegerse, así que a medida que el mugre de esa vida exterior se cuela contra su voluntad en la burbuja de no-vida, de vida falsa, la ciudad imaginaria deja de ser un refugio para convertirse en una jaula donde están atrapadas no sólo ella sino las mezquindades y egoísmos que no la dejaban ver el remedo de persona en el que se había convertido. Que luego desesperada, considerando su situación, decida destruir su ciudad invisible es más que natural. Pero no me queda claro que eso resuelva nada.

Martes (¡Calcio!)

Primero la base histórica: el 17 de febrero de 1530, la ciudad de Florencia, bajo el sitio imperial español impuesto en colaboración con el Papa, burla las reglas impuestas por Carlos V (que impedían, entre otras cosas, la celebración del carnaval) con la organización de un partido de calcio, ese deporte de pelota de la familia del cuju, tradicional en la región y asociado principalmente con las ferias y el entrenamiento para la guerra. El imperio, desde las afueras de la ciudad, dispara cañonazos contra la plaza de la Santa Cruz, donde discurre la partida, para amedrentar a los republicanos envalentonados, pero el juego nunca se detiene. No se sabe cómo terminó el partido, pero se sabe que la ciudad de Florencia recuperó ese día la moral perdida y resistió valiente el sitio por muchos meses más. Esa es la historia.

Pero las historias son sólo historias. El pasado es una cosa, una incomodidad perceptual propia de sociedades de individuos con suficientes conexiones neuronales, y la historia es otra. La historia, como la veo yo, es una herramienta que sirve a un propósito dentro de un contexto. Permite, por ejemplo, establecer un precedente que a su vez sirva para alcanzar un objetivo futuro, o al menos defender un honor, un símbolo, o simplemente la nostalgia (i.e., el derecho agridulce a creer que fuimos). La fortaleza de las historias que componen la historia no se mide en la constatación empírica porque el pasado no existe, no está, es opaco, etereo, disperso y basado en documentos que son, también, parte de ese juego de versiones en el que se debate el establecimiento de la historia, así que sólo queda el debate, generalmente dentro del hermetismo académico, tan solemne, que es como una justa por el derecho a decretar la verdad de manera local basada en el acuerdo puntual entre dos o más individuos en un ambiente cerrado y controlado donde, por un instante, la certeza difusa se manifiesta, a ojos de los presentes, pura y plena. El proceso es recurrente. La historia, esa herramienta para iluminar lo que somos, es el debate reiterativo e imperfecto de la misma historia.

Y entonces, claro, todo vale y todo es cierto (dentro de cierto contexto). Y puede pasar, ¿por qué no?, ¿por qué dudar?, que tras el partido histórico de calcio del 17 de febrero los españoles rabiosos, desesperados, ofendidos por la insolencia republicana, hayan retado a los florentinos a un partido de calcio (uno singular e irrepetible) que decidiera la suerte de la ciudad. Y puede pasar que esta sea una historia perdida en la historia; una anécdota relatada en sus memorias, entre otros, por un joven español que algún día viajaría a América para fundar la ciudad donde nací, sólo para que cuatrocientos y algo años más tarde resurgiera, en manos de un erudito italiano-judío refugiado en la Inglaterra de la postguerra, para dirimir de una vez por todas una de las disputas más importantes (todas lo son) de nuestra era.