El amor entre Eve y Adam es intenso. Llevan siglos compartiendo la vida, atentos a las mareas de las culturas. Su relación con los hombres es ambigua: de monstruos depredadores decantaron en admiradores de la fuerza contenida en la brevedad de la vida. Su contacto con los mortales es delicado y cauto, casi cariñoso: les duele la incapacidad de la especie para imponerse sobre sus mezquindades y responsabilizarse de su destino compartido. Adam ha perdido la fe. Eve se abraza de su optimismo. Adam se oculta en los barrios abandonados de Detroit, deprimido, dedicado a su música y aislado del mundo. Por momentos considera el suicidio. Eve vive en Tánger (ahora quisiera conocer Tánger), sale a la calle, lee libros, baila, oye música, habla con su viejo amigo (y proveedor) Christopher. Cuando Eve visita Detroit, Adam le enseña las ruinas y le cuenta que todos se fueron y Eve le responde que es temporal: hay agua, regresarán cuando el sur arda. Este lugar volverá a florecer.