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justicia

Por qué no confían

Las personas no confían en la policía porque cuando un agente de policía le dispara en la cabeza a un muchacho de diecinueve años desarmado en medio de una discusión durante un partido de fútbol juvenil y el muchacho muere, el proceso penal contra el agente es dilatado, surgen testigos falsos, la necropsia es alterada, la familia del muchacho recibe amenazas y el agente sale libre a los cuatro meses por vencimiento de términos.

Liberen a Paul

Paul Frampton está recluído desde el 23 de enero de este año en la cárcel de Devoto en Buenos Aires. Su trabajo consiste en estudiar y diseñar modelos teóricos de la física de partículas y aislar aspectos concretos de estos modelos (consecuencias de las ecuaciones que los describen) que permitan confirmarlos (o descartarlos) en experimentos como los que hacen en el CERN. Frampton fue capturado en el aeropuerto de Ezeiza cuando se disponía a tomar un avión hacia Bruselas con dos kilos de cocaína en el fondo falso de una de sus maletas. La historia de cómo llegaron esos dos kilos a la maleta es confusa. Frampton es profesor en la universidad de Carolina del Norte. Es un señor de 68 años dedicado compulsivamente a sus investigaciones. Como tantos físicos y matemáticos profesionales, sus habilidades sociales son reducidas. Frampton asegura que alguien que se identificó como una modelo checa con tetas descomunales (mi descripción) lo contactó a través de una página de conexiones personales en línea y le propuso un encuentro íntimo en La Paz. Una vez llegó a La Paz la modelo le escribió y le dijo que estaba en Europa y todavía quería verlo, pero necesitaba que reclamara una maleta que había dejado en Buenos Aires o algo de ese estilo. Frampton, incapaz de desconfiar, aceptó. De estudiar modelos teóricos a perseguir modelos fantasmas. Suena inverosímil, pero es plausible. Cualquiera que haya pasado algún tiempo dentro del gremio conoce a tres o cuatro ejemplares (hombres generosos y adorables pero ingenuos de corazón) que, cargados con suficiente testosterona reprimida, podrían reproducir la aventura de Frampton sin dificultad. Frampton, de hecho, ya había tenido incidentes similares con supuestas mujeres en China, pero esa vez sólo lo estafaron. Ahora los físicos que lo conocen (Glashow y Witten entre ellos) solicitan su libertad al Gobierno de Argentina mientras Frampton ruega a las directivas de su universidad que no lo dejen sin salario. Para demostrar que lo merece (y así pagar un abogado y mejor comida), continúa trabajando desde la biblioteca de la cárcel (mediante un sistema de encomiendas de artículos en discos compactos pues no tiene acceso a internet) y asesorando a dos de sus estudiantes por teléfono. Hace dos semanas subió un nuevo artículo al ArXiv. Más al respecto de su situación actual en el reportaje (pdf) de Marina Aizen para El Clarín.

La historia (caricaturesca) de Frampton ilustra a la perfección uno de los absurdos de la guerra idiota contra las drogas. Su caso, pese a lo excéntrico, no es una singularidad. Los físicos prestigiosos piden que Frampton sea liberado por ser un profesor respetable. Yo creo que los procesos penales a mulas son, sin excepción, desproporcionadas. Por las razones más disímiles (y muchas veces por pura desesperación), personas incapaces de dañar a nadie (pero usualmente con menos amigos influyentes que Frampton) terminan encarceladas tras actuar voluntaria o involuntariamente como mulas. Estas capturas no reducen el tráfico. Apenas, si acaso, lo desvían temporalmente hacia nuevas rutas o métodos. Los capturados no son fichas claves en el negocio. Son peones desechables. Detrás de cada captura (aquí un ejemplo reciente) hay una historia de una persona inocente que tomó una decisión estúpida pero no merece el trato que recibe. La mercancía debería ser incautada (si quieren castigar a los verdaderos traficantes) y el mensajero dejado en libertad.

We need to talk about Kevin

La justicia distribuye responsabilidad de acuerdo a la intencionalidad del crimen y las contribuciones individuales en su ejecución. Asumimos que este es un proceso racional y por ende confiable, supervisado por el aparato social que administra la verdad. Se espera que esta distribución no sólo aclare los vectores causales que determinaron el horror sino que, mediante una delimitación precisa de autorías, libere de culpa a quienes podrían ser condenados debido a algún tipo de proximidad circunstancial. La culpa, sin embargo, es un sentimiento que no atiende a la razón. El proceso penal puede evitar el linchamiento pero no el tormento. Quien culpa o siente culpa no admite que la desconexión causal explícita diluya los vínculos subjetivos que internamente sustentan la necesidad de castigo. A veces, no importan la voluntad, el esfuerzo o la presión, es imposible establecer la distancia liberadora. La mancha no se va. La expiación es recursiva. Nunca termina.

Tilda Swinton
La mamá siempre tiene la culpa.

Plazas

No es coincidencia que el militar con mayor visibilidad mediática dentro de la retoma del palacio de justicia, el que los periodistas convirtieron en símbolo de la respuesta estatal, haya sido procesado como responsable de lo que quiera que pasó ahí. Plazas era un blanco fácil. El condecorado y tenebroso Fracica tenía exactamente el mismo rango en la operación y está libre. El espectáculo político confuso en el que se convirtió el juicio contra Plazas contribuyó a que los que estaban de verdad al mando, los que tomaron decisiones, los que dieron las órdenes, desaparecieran del radar. Ahora el progresismo imbécil y el establecimiento militar respiran ambos aliviados. Los primeros, con el puño en alto, porque se sienten reivindicados tras la crucifixión del teniente coronel enérgico que cometió el error de dar declaraciones memorables a la prensa desde un vehículo blindado. Los segundos, más discretos, porque saben que el fallo del juicio reduce el riesgo de que se abran procesos en su contra que destapen la verdadera olla de inmundicia e ineptitud detrás de lo que pasó ese noviembre vergonzoso de 1985. Todos felices y a salvo.

Plazas Vega como todos los recuerdan.

Jueves

Es la venganza. El placer de destruir al que destruyó, de verlo sufrir de rodillas, reducido, y que entienda, de verdad entienda fuera de toda duda, lo que se siente estar del otro lado. Que le duela. Digo placer y se horrorizan. Moralismo fácil. Propensión natural a juzgar con la indignación de la incomprensión distante. Me miran y piensan cómo puedo ser capaz de creer que en mis actos, en mi furia, hay justicia. Tal vez no la hay. Nunca he dicho que hice lo justo. No soy imbécil. Hice lo correcto, lo que nadie más podía hacer pero era necesario hacer. Lo justo es llorar y, créanme, eso también lo hice. Lloré y me curé, acepté, reestablecí mi vida, mi tranquilidad, sobre lo inadmisible, tuve mis clausuras y guié con paciencia clausuras ajenas. Pero la justicia, esa abstracción idílica, esa comodidad de los tan buenos y tan puros que todavía tienen excusas para creer en los demás (y en sí mismos), estaba fuera de mi alcance. Ese es un lujo de los que no viven y los que no sienten. Yo debo resignarme a esto.

La idea detrás

The more secretive or unjust an organization is, the more leaks induce fear and paranoia in its leadership and planning coterie. This must result in minimization of efficient internal communications mechanisms (an increase in cognitive “secrecy tax”) and consequent system-wide cognitive decline resulting in decreased ability to hold onto power as the environment demands adaption.

Hence in a world where leaking is easy, secretive or unjust systems are nonlinearly hit relative to open, just systems. Since unjust systems, by their nature induce opponents, and in many places barely have the upper hand, mass leaking leaves them exquisitely vulnerable to those who seek to replace them with more open forms of governance.

Only revealed injustice can be answered; for man to do anything intelligent he has to know what’s actually going on.

J. Assange (31/12/2006)