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Neverland

Una crónica de Camilo Jiménez sobre sus viajes frustrados al país de la libertad:

Mamá murió el 18 de enero de 1980, en su casa, mientras dormía, como dicen que mueren los justos. Yo nunca intenté escribir algo al respecto, ni siquiera escribí antes algo tan íntimo como estas líneas. El pasaporte lo rompí, y conservé la foto por un tiempo. Antes de botarla la pasé por un escáner y la puse en mi Facebook, que es como decir que ya no es mía. No soy yo ese niño que no iría en noviembre de ese año con su padre a Estados Unidos. No soy yo ese niño que estaba a punto de quedarse huérfano.

Nuestra historia de amor

En su blog, Arturo escribió sobre su relación de amor-odio con la matemática. Son cinco capítulos (1, 2, 3, 4 y 5). En el tercero (titulado Idilio) hay un breve cameo de mi yo más joven, socialmente inepto e idealista:

Con Javier montamos un grupo de estudio de geometría algebraica sin profesores. Pegamos avisos en el edificio de matemáticas citando a reuniones semanales. Logramos una convocatoria de tres personas: Javier, Oscar y yo. En los letreros nos escribieron cosas como “sapos reglados”. Quería tanto a las matemáticas, a mi nueva novia, que no tenía problema en compartirla con Javier y el malparido no fue capaz de darme un abrazo cuando se fue a hacer su doctorado hace ya más de diez años. No lo he visto desde entonces y no sé por qué lo quiero. No es que la gente del edificio de matemáticas de la Nacional se caracterice por sus grandes habilidades sociales tampoco.

A Arturo lo conocí dentro de ese contexto idílico, cuando estaba(mos) volcado(s) a aprender matemática con entusiasmo (aunque en la práctica yo le dedicara muchas más horas semanales a los juegos de rol). Nuestro primer curso juntos fue álgebra lineal. Acababa de regresar del ejército. Arturo era uno de los mejores del grupo junto a Javier (Solano) y Freddy (Hernández) (hoy ambos trabajan como profesores en universidades en Brasil). A partir de ahí vimos juntos al menos un curso por semestre por unos tres años (incluyendo uno inolvidable con Alonso Takahashi y también el curso de lógica donde conocimos a Andrés (Villaveces)) hasta que Arturo, de un momento para otro, desapareció. En su blog explica bien por qué. Yo lo sospechaba, pero él era muy reservado con respecto a su vida personal y creo que la consideraba de cierta manera incompatible con nuestra historia de amor amistad (asociada inevitablemente a estudiar heteronormativamente). Para el momento cuando me gradué de la universidad sabía muy poco de su paradero. Luego de que me fui retomó su trabajo final y se graduó. Varios años más tarde, ya en Estados Unidos, busqué información sobre él y encontré su dirección de correo electrónico en Los Andes, donde dictaba clase. Entonces le escribí. Hace unos trece años cortos que no lo veo en persona.

Finalmente aprendí los fundamentos de geometría algebraica en Urbana, en dos cursos muy regulares que me forzaron a las malas a hacer incontables ejercicios (estos sí muy provechosos) del libro de Hartshorne (en mi copia, el margen negro por el uso delimita claramente el cuarto escaso que avancé en ese libro) y un curso muy bueno que tomé tal vez demasiado tarde con Dror Varolin, donde miramos con mucho cuidado (y haciendo muchos cálculos iluminadores) las conexiones entre análisis complejo y curvas algebraicas (sospecho que de haberlo tomado más temprano me hubiera dedicado a la geometría compleja). En los intermedios leí capítulos del libro de curvas elípticas de Silverman y el libro de grupos algebraicos lineales de Humphreys, pero nunca le puse el suficiente empeño para avanzar más allá. Pese a todo eso, a estas alturas lo único que puedo acreditar es comprensión muy general de la terminología y maquinaria más básica. Eso sí, me sigue encantando.

Y los abrazos ya no me cuestan tanto.

Anthem for Doomed Youth, by Wilfred Owen

What passing-bells for these who die as cattle?
Only the monstrous anger of the guns.
Only the stuttering rifles’ rapid rattle
Can patter out their hasty orisons.
No mockeries for them; no prayers nor bells,
Nor any voice of mourning save the choirs,
The shrill, demented choirs of wailing shells;
And bugles calling for them from sad shires.

What candles may be held to speed them all?
Not in the hands of boys, but in their eyes
Shall shine the holy glimmers of goodbyes.
The pallor of girls’ brows shall be their pall;
Their flowers the tenderness of patient minds,
And each slow dusk a drawing-down of blinds.