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laia

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Laia y sus papás

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Laia y yo
Cuando me muera recuérdenme así.

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Laia se embolsilla un chapstick que es supuestamente mío (es adicta — se los come) y cuando le hago el reclamo da la vuelta y cándidamente me suelta un “sharing is caring, papa”. Sigue su camino como si nada.

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Yo: Tamañana, mi vida.
Laia: Tamañana, mi vido.

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A la salida de la casa la vecina le pregunta a Laia adónde vamos. Laia le dice que vamos a ir a montar en bicicleta y a buscar pájaros. La vecina le pregunta si van a buscar pájaros como la lechuza de peluche que Laia llevaba en la mano (últimamente va con ella a todas partes). Laia le responde que no porque esta es una lechuza y las lechuzas sólo se pueden ver por las noches. Luego explica algo más al respecto de las lechuzas que francamente no entendí. Creo que tenía que ver con su capacidad para volar sin hacer ruido (lo que a su vez tiene que ver con cierto tipo de plumas que llevan en las alas). Muy detallado, en todo caso. No creo que la vecina esperara semejante explicación. A mí también me sorprendió.

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Nos llamaron del colegio: Laia tenía un brote en la espalda, los brazos y la panza. Salimos corriendo de nuestros respectivos trabajos y la llevamos al médico. Una alergia, por fortuna. Con el remedio adecuado el brote desapareció en un par de horas.

Hoy antes de acostarla leímos mi capítulo favorito de La historia interminable, el noveno, donde Atreyu se encuentra con el hombre lobo atrapado en una ciudad abandonada y el hombre lobo le cuenta que la única forma de salir de Fantasía es a través de La Nada. En esta lectura el libro me ha parecido particularmente oscuro y triste. Laia igual parece interesada.

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Laia crece. Me aterra.

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Laia quiere dormir en la cama con Mónica. Se acostó en mi sitio así que probablemente duerma en la sala hoy. Anda dedicada a darme besos y consentirme. No sé qué estoy haciendo bien. Ya casi no peleamos.

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Laia está afónica. Ahora se inventaron que lo correcto es decir dizque disfónico y cuando alguien dice por costumbre que está afónico (aunque sea completamente obvio a qué condición se refiere) de inmediato saltan tres o cuatro desde detrás de los matorrales con diccionarios abiertos para señalar el agravio intolerable. Los hay que viven emocionalmente de eso. Es su forma de validarse.

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Llevo a Laia todos los días al colegio. Cuando hace buen tiempo vamos a pie. Ahora, con el frío y la nieve, tomamos el tranvía, que nos deja en minutos ahí al lado. Desde el paradero caminamos dos cuadras, entramos al edificio, subimos las escaleras cantando una canción, siempre la misma, y recorremos el corredor del segundo piso hasta su salón, el último a la izquierda. Una vez ahí la ayudo a quitarse su disfraz de hipotermonauta y organizo sus cosas en el casillero que le corresponde. Después salimos de la zona de casilleros y entramos al salón, donde me pide que la deje acompañarme hasta la puerta. Es parte del ritual. Ya en la puerta me pongo de rodillas y nos damos un abrazo firme y largo. Después ella cierra la puerta. No siempre es fácil. En ocasiones se despide al borde del llanto y la oigo llorar apenas cierra. Hoy, sin embargo, me abrazó, me dio un beso y cerró contenta, animada con el día por empezar. Pocas veces me da un beso. Estos son los mejores días.

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De camino al colegio Laia levanta la cara hacia el cielo, abre la boca, cierra los ojos y saca la lengua para sentir la nieve caer. La veo y soy feliz en su felicidad. La nieve es otra forma de luz.

Olores

Vamos en bicicleta por la ciclorruta paralela al lago en nuestro paseo del sábado y pasamos junto a uno de los tantos complejos industriales semiabandonados en esa zona de la ciudad. Huele a agua empozada si no putrefacta, químicos y plástico quemado.

Laia: ¡Papito, huele yucky!
Yo: Sí señora.
Laia: ¿A qué huele?
Yo: Debe ser el lago, mi amor. O el río.

(Pausa larga.)

Laia: ¿Papa, son sus zapatos?

Tres

Precauciones

Con frecuencia conversamos con Laia sobre las diferentes amenazas que nos esperan afuera y la reacción adecuada en cada caso. Por lo pronto, la amenaza a la que más discusiones le hemos dedicado es, de lejos, el encuentro callejero con un Tiranosaurio Rex inmenso. Estamos preparados.

Londres, Ontario

Mañana nos vamos. Llevamos una semana despidiéndonos de desconocidos que las rutinas que nos inventamos convirtieron en lo más parecido a amigos que tuvimos acá. No sé de qué estoy apegado. Supongo que de la seguridad que me daba mi encierro. O de la vida organizada en torno a Laia. Tal vez es eso. El lunes después de firmar el contrato de arriendo caminaba por Toronto y pensaba en lo grande que es todo allá. Me intimida de repente lo que creía añorar. Seguro que estaremos bien. De pronto incluso mejor que acá.