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Cambios

Ayer me ofrecieron un trabajo como programador en una empresa en Toronto. Llevo trabajando hacia esto un buen rato pero sólo hasta este año me metí con todo a experimentar y practicar con la intención de ganar fluidez. Aún me siento bastante inmaduro en muchos sentidos pero con el postdoc de Mónica casi al cierre no podía darle más largas a mis postulaciones a trabajos acá. Mi misión será jugar con una base de datos biométricos de un tipo muy específico, entender lo que dicen, clasificar los registros de muchas formas, escribir programas eficientes para agregarlos y procesarlos, e inventarse formas útiles y provechosas de presentarlos a sus usuarios por medio de diferentes aplicaciones. Decidimos aceptar y dejar London abruptamente. En quince días necesitamos estar instalados en la ciudad. Serán dos semanas intensas. Nos vamos con algo de pena porque aunque no teníamos muchas opciones laborales aquí estábamos encariñados con nuestra vida pequeña y tranquila de barrio, nuestro apartamento silencioso con vista al árbol y la guardería de Laia con sus amigos y sus profesoras. En Toronto hay más oportunidades para los dos y también actividades para Laia. Con suerte nos instalaremos en un sitio agradable a seguir armando estos rumbos tan raros en los que nos metimos por andar estudiando de más. Si todo sale bien nos gustaría que Toronto sea nuestro destino final. A ver adónde nos lleva este nuevo salto.

Reporte

Parece que hoy Laia amenazó con meterle un palazo a un compañero de la guardería. Por fortuna Vicky, la profesora, estaba cerca y previno el asalto. Más tarde, ya en la casa, Laia nos contó que otro niño le había pegado en la panza. Estaba apachurrada por eso. Mañana le contaré a Vicky cuando la llevemos al colegio.

Es difícil seguir el progreso del lenguaje porque todo es tan suave que se siente como si nada cambiara aunque todo cambia. Me gustaría poder ser más metódico y registrar eso de alguna forma. Aunque ya para este momento el avance ha sido inmenso. Las estructuras de las frases son cada vez más complejas. Se nota que le gusta experimentar con las herramientas que va adquiriendo, como si probara límites. Es un juego constante en el que yo participo gustoso. Cada vez las conversaciones son más largas y extrañas. Las lecturas de libros incluyen más pausas para que ella intervenga, pregunte, explique y opine. Una pregunta recurrente en todas las historias es si el personaje es bebé, mamá o papá y dónde están los demás (si está solo).

Por alguna razón del cinco salta al catorce cuando cuenta. Después vuelve al siete u ocho, dependiendo.

Las letras le importan un culo, aunque le gusta cantar una versión del ABC que deja de ser el ABC a partir de la D o F. Muy entonada eso sí.

Le gusta hacer todo sola y después de intentar un rato, cuando descubre que le cuesta, pide/exige ayuda. Es mandoncita y nos regaña ocasionalmente con un “¡NO!” firme con dedo en alto que le enseñé para amonestar a Gonta cuando le suelta mordisco. En el colegio también usa el “¡NO!” con profesoras y compañeros.

Nos dice papito y mamita (o mamacita). No sabemos de dónde lo sacó pero yo tiendo a culpar a Dora La Exploradora. Hoy empezó a decir “Laiecita” para referirse a sí misma. No es muy consentida pero a veces, muy ocasionalmente, le gusta consentir. También le gusta dar el “sana que sana”, aunque ella lo llama “sana mañana”.

Canta todo el tiempo. Le gusta aprenderse canciones y practicarlas conmigo. Necesito más canciones. Por las noches, antes de dormir, siempre hay sesión de canciones con el papá. Es el mejor momento del día.

Adios a los números

Escribo desde las pausas entre las vidas que me corresponden. En realidad es solo una vida pero fluctúa y se transforma. Laia mordía hace poco un muñeco pollo que reclamamos en una promoción de Kokoriko hace quince años. Cuando reclamamos ese pollo a cambio de una hamburguesa (probablemente la mejor promoción de comida rápida jamás ofrecida por un negocio colombiano) no pensamos que algún día una hija hecha de los dos jugaría con él. Pero aquí está: ya tiene dos años, hace algo parecido a hablar, es caprichosa y malgeniada ocasionalmente pero también genuinamente cariñosa. Le gusta ser independiente y libre. Todavía le da duro la llegada a la guardería.

Estoy a punto de terminar mi curso de seis semanas en la universidad. Como siempre, el trabajo con estudiantes es edificante. Lástima que sea tan efímero. En todo caso yo me esfuerzo y preparo las clases e intento ofrecerles algo más que una reiteración de contenidos más o menos insustanciales. Desde mi posición como instructor temporal muy ocasional no hay mucho más que pueda hacer. Los profesores oficiales de la universidad (quienes sí podrían tener una influencia positiva y sostenida en los muchachos y que son responsables del futuro que esos programas les ofrecen) tienden a evadir esos cursos básicos y los desprecian como ejercicios menores, casi castigos, que deben soportar con renuencia a cambio del tiempo y fondos que reciben para hacer esencialmente lo que les plazca bajo la promesa de que sus ombliguismos intelectuales son determinantes para el desarrollo de la sociedad. En los intermedios entre clases trabajo en varios proyectos, más que todo relacionados con exploración y organización de conjuntos de datos. Parece que habrá más trabajo en esa línea durante este otoño. Conseguir cursos para dictar es muy difícil. Tengo una prioridad bajísima debido a que no tengo vínculos profesionales con la universidad. Soy la opción cuando no tienen más opción. Igual seguiré presentándome cada año porque disfruto hacerlo aunque a veces me agobie. Mi molestia con todo lo “académico” (sus pretensiones y sus engaños) es cada vez más intensa.

Mi hermana y mis tías estuvieron de visita hace un mes. Mi hermana estuvo por tres semanas dedicada a Laia. Se hicieron amigas. Fuimos un fin de semana a Toronto y de resto estuvimos en el pueblo.

Cuando termine el curso quiero dedicarle tiempo a las correcciones del libro que escribimos con Luis. Estamos a poco de tener una versión pulida pero no hemos encontrado el tiempo para poder trabajar. Por otro lado se supone que Despegue (originalmente llamada Para poder llegar), la cortísima novela infantil que escribí en verano de 2011 (durante mi año en Waterloo), sale a la venta en librerías colombianas esta semana. Al final salió en el sello juvenil (Gran angular) de SM (los mismos de El barco de vapor). Les dio miedo venderla como un libro para niños.

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Laia cumple veintidós meses hoy. Se creció mi muchachita.

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Hoy en el parque terminé hablando con una mamá sobre Mauricio y su muerte. A veces se me sale aunque sé que incomoda.

A la gente no le gusta oír que los niños se mueren. Supongo que a mí tampoco me gusta recordarlo.

“Lo siento mucho”, me dijo. “No se preocupe, es algo que pasa, parte de la vida”, le respondí.

De regreso a la casa paramos en la cafetería y me tomé un café con leche mientras Laia se comía una galleta y un vaso de leche. Sentado en la mesa frente a ella (secuestros masivos de niñas en la portada del periódico) pensaba que por varios años lo que le pasó a Mauricio no era sólo algo que había pasado sino que era el presente, no se iba. No sé cuándo se volvió “algo que pasa”. Se siente menos pesado, eso sé. Presente pero no el presente. Casi que podría ser algo que le pasó a alguien más.

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Después de varias semanas acumulando palabras medio al azar (queso, piña, moto, mota, carro, bus, zebra, nuez, Pocoyó, pato, pulpo, aquí, mano, pelo, ceja, detrás, canta, baila, oso, Matt, bye, see ya, ayuda, sol, luna, gato, perro, etc. — eso sí sigue diciendo elefante haciendo un gesto de trompa con la mano y ruido de elefante), estos últimos días Laia (al borde de los 22 meses) empezó a armar pequeñas frases con dos palabras, un verbo y un sustantivo: pica-mano, tuta-papá, quita-esto. No me acuerdo cuándo la atenacé en la cama y ella empezó a moverse y dar patadas para que la soltara. Le dije: diga “Suelte, papá” y yo la suelto. Dijo “Suelte, suelte” y la solté. Se alejó un poco, se levantó y me miró maravillada. Esto del nacimiento del lenguaje es milagroso. Me emociona mucho.

Lo otro que pasó es que está comiendo mejor. Se siente mucho más maciza. Pocas vainas más edificantes que verla comer con gusto o cagar en la mica (ya lo ha hecho un par de veces).

No sé de dónde lo sacó pero ahora nos dice “papi” y “mami”. Le suena lindo.

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Estuvimos en Quebec visitando a Sergio y su familia. Más fotos acá.

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Empecé a hacer una dieta a principios de enero. No es muy estricta pero ha sido juiciosa. Reduje las harinas y los azúcares bastante. No soy radical: a veces, en la cafetería, le recibo a Laia bocados de una galleta. Y en el restaurante vietnamita pido sagradamente mi plato de phở. Ah: dejé de tomar gaseosa también, excepto por agua con gas con limón (o soda). Y en la hamburguesería ocasional pido sólo el pedazo de carne con los toppings y brócoli en lugar de papas. No me cuesta: no siento que me prive de nada. Nunca he sido muy apegado a cosas. A ideas y personas tal vez, pero no a cosas. Creo que he bajado algo de peso y siento que el cambio de dieta ha sido beneficioso para mi ánimo, siempre tan endeble. En realidad la reducción del azúcar venía desde hace meses. Había dejado de echarle a mis jugos licuados y después hice lo mismo con café con leche. Ahora no entiendo por qué le echaba azúcar a los jugos y he empezado a apreciar el sabor fuerte del café, que siempre me había costado. La dieta fue desencadenada tras un susto en un examen que sugirió que tal vez tenía principios de diabetes. Como soy gordo era una posibilidad, pero un examen posterior más cuidadoso concluyó que no era el caso. Aunque la noticia me alivió seguí preocupado por mi peso: no quiero reducir mi esperanza de vida pendejamente por malos hábitos. Ahora el tiempo, el que me quede, me importa más. Supongo que mi impulso reciente con los proyectos de programación está relacionado con lo mismo: es algo que había postergado muchos años y creo que ya no me puedo dar el lujo de postergarlo más. Se siente bien aprender y crecer dentro de lo aprendido.

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El primer verbo explícito de Laia es “quitar”. Lo usa imperativamente para exigir que le den algo que otra persona lleva. No dice “Deme” ni “Quiero”, dice “Quite”. Hoy por la mañana se lo decía con insistencia a la coordinadora de la sesión de piscina para niños. Quería que le diera el pito que llevaba colgando. Cuando quiere que alguien le dé algo dice “Quite” y señala. Cuando quiere que le quiten algo (ropa, por lo general) dice “Quita”. Lo escribo acá sobre todo para no olvidarlo. Parece un detalle importante.

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Así le gusta andar por las mañanas.

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A la salida del YMCA oí a una joven muy joven decirle a otra todavía más joven en tono serio “Me di cuenta de que estar con él y deprimida no era el tipo de relación que quería tener”. Ambas estaban abominablemente maquilladas.

En la piscina vi a un papá que tenía en la espalda tatuado el logo de Nike. No me alcanzo a imaginar el proceso mental que conduce a tomar la decisión de imprimirse para siempre el logotipo de una empresa de productos deportivos en la piel.

En el bus había un señor muy grande en una silla de ruedas eléctrica que leía un libro titulado “The ABC of Murder“.

A la entrada del YMCA estaba una foto de un muchacho, un miembro de la comunidad, supongo, que había muerto recientemente. Nació en 1986. Un hijo de dos personas que se acaban de quedar muy solas.

Mientras trabajo, caliento los pies poniéndolos directamente contra el radiador empotrado en la pared.

Laia duerme largo. Tuvo una sesión intensa de ejercicio en la piscina esta mañana.

Extraer información a través del API de Twitter requiere muchísima paciencia.

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La semana pasada hablé en la cafetería con un señor de unos noventa años que trabaja como archivista en una iglesia. Me preguntó de dónde vengo y le dije que Colombia. Me preguntó en qué idioma hablaba. Dijo que Colombia debía ser un lindo país. Me preguntó el nombre de la niña también. Dijo que en inglés existía “Laila” pero no “Laia”. Después habló de un viaje desde Vancouver hasta la frontera con México. Del otro lado de la frontera estaba Tijuana. No se atrevieron a cruzar. Me dijo que había viajado por todos los Estados Unidos pero nunca había estado en Nueva York (en Boston sí; prefería Boston). También me contó de un viaje que hizo alguna vez con su mujer desde Vancouver hasta Nueva Escocia, de un lado al otro del país. Sonaba orgulloso. Cuando se fue le abrí la puerta de la cafetería para que pudiera salir con su caminador.

Hoy lo volví a ver en la nueva cafetería del barrio. Me preguntó el nombre de la niña. Me preguntó de dónde venía. Me contó de su viaje truncado a México. Me habló de su aventura de un lado al otro de Canadá. Repitió cada historia y cada comentario en el mismo orden. Le costó recordar el nombre de Tijuana esta vez. Hice la mejor cara que pude. Asentí y sonreí. Repetí algunas preguntas también.

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Un paseo por el barrio. Clic para agrandar. En flickr están las fotos individuales.

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Laia cumplió diecinueve meses hoy. Está muy activa y comunicativa, al borde de empezar a decir frases. Es una escaladora de muebles bastante temeraria. Tiene alma de gato.

Hoy en la piscina arrancó a llorar de repente y no entendíamos por qué. Estaba muy afectada. Pronto descubrimos cuál era la fuente del llanto: otra de las visitantes regulares de la piscina, una niña un poco menor que ella con la que a veces jugamos, tenía una herida en la frente por una mesa mal acomodada en su casa. Ya estaba curada pero la herida era vistosa y grande y cada vez que Laia la veía, la señalaba y lloraba. No se atrevió a acercarse. Le daba miedo o algo así. Me sorprendió mucho su reacción.

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Llevo dos días de medida perfecta del momento de poner a Laia a hacer siesta por las mañanas. Le pongo un pañal fresco, la cargo, le canto un poco, bailamos y la acuesto en la cama. Pongo un par de sus muñecos favoritos al lado. Ella los abraza. No suelta ni un lamento cuando me voy de la pieza. Se queda profunda en silencio. Siempre se despierta de buen humor. Últimamente soy el que llama cuando se levanta. Sonríe cuando me ve y se cuelga con fuerza de mi cuello mientras pone su cabeza sobre mi hombro. Cuánta felicidad.