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leche

Omisión

Algo que omití en la entrada anterior al respecto de la leche que se me hace exacerba la repulsión ante el repentino sabor a animal vivo es que se supone que era deslactosada, o sea que es una leche que ni siquiera pretende serlo en su esencia. La contradicción de comprar leche deslactosada que además pretende ser de granja no se me escapa. A partir de cierta edad esas paraconsistencias asumidas se vuelven las verdaderas señas de identidad, por encima de los principios, siempre tan frágiles. Las razones detrás de mi consumo de leche deslactosada están conectadas, como supondrán, con las dolencias intestinales que he mencionado de pasada en otras entradas tal vez como una forma de acostumbrarme a su carácter crónico, o de aceptarlas como parte de lo que soy ahora que solo decaigo. Diría que alguna vez abordaré a fondo su naturaleza, pero todavía conservo algún pudor de base, pese a lo que pueda parecer.

Espurios

Pasó que la leche de la caja que abrimos esta mañana sabía más a vaca de lo tolerable, y como resultado la niña no pudo tomarse ni un sorbo entero de su leche con vainilla. La marca de leche que compramos se precia de sus procesos simplificados que reducen la distancia digamos química entre el consumidor y la teta del animal. Así explican su costo, ligeramente superior al de sus pares de mostrador. Recuerdo que la primera vez que la probamos, en una cata de supermercado, hablamos elogiosamente de la diferencia no solo en textura sino en olor y sabor: es decir, consideramos ese sabor, que asociamos con la vida de granja, como un valor. Pero hoy por la razón que sea este sabor dominaba por completo y fuimos incapaces de tomarla. Era demasiado leche. Tanto así que tuvimos que botar el resto por el desagüe. La situación me recordó la escena de Matrix donde discuten el verdadero sabor del pollo. Quién sabe cuántas cosas que creemos que son ya no son. En fin, pequeños dramas del consumidor de nostalgias falsas.

Leche

El lunes parecía que la sola presencia del tetero le dolía. Gritaba horrorizada cuando intentaba que tomara y sostenía el llanto desgarrado sin probar bocado hasta que el cansancio la fundía. Entonces, en duermevela, chupaba. Según mis cálculos alegres, durante la ausencia de la mamá Laia necesita aproximadamente dos teteros de 120 mililitros (uno cada tres horas). Entre los dos teteros hay siestas (a veces cortas, a veces largas — ese es mi tiempo para escribir), conversaciones, cambios de pañal y juegos. Los primeros tres días logré con mucho esfuerzo darle unos 80 mililitros en total. Entre mi angustia natural y su llanto apenas podía moverme cuando Mónica volvía. Ayer, sin embargo, su resistencia se redujo (la necesidad tiene cara de perro) y apenas lloró protocolariamente antes de recibir la comida. Si alguien la conociera hoy, creería que el tetero y ella son viejos amigos. Da alegría verla recibir la leche ordeñada con aprecio: se tomó 280 mililitros en tres golpes.

Diluya en leche

Tenemos muy poco tiempo para vivir. Nos deshacemos en el siempre. Ninguna marca, salvo la ausencia, es suficientemente permanente. El recuerdo es simulación y ficción.