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lecturas

Sábado

Mónica me regaló de cumpleaños una suscripción anual de McSweeney’s. Es una revista que disfruto mucho desde que la descubrí, hace varios años, cuando (ya en Urbana) empecé a leer (con bastante dificultad al principio) cosas en inglés. Por nuestra parte hemos comprado varios números (y las selecciones de cuentos que editan cada tanto), pero nunca me había suscrito (soy tacaño). El primer número (37) tardó un poco (Problema adicional: los gastos de envío internacional (incluso a Canadá) son altos). Esta edición contiene, entre otras cosas, una crónica/ensayo excelente de J. Malcom García sobre un caso de violencia en Irlanda del Norte relacionado con la evolución de IRA en una banda de matones frustrados de haber perdido el control social (armado) que tenían antes de los procesos de paz (que me recuerda el estado actual del departamento de Córdoba en Colombia, dominado por bandas organizadas que antes componían el aparato de vigilantismo de derecha (aunque en el caso colombiano al caldo sangriento es necesario agregar la guerra por el control de las zonas de cultivo, procesamiento y despacho de drogas)). También hay un cuento muy agradable e ingenioso (basado en combinar narrativa y datos estadísticos) de Jess Walter sobre la vida en Spokane, Washington (un sitio deprimente, al parecer). Además, el número incluye cinco cuentos de escritores kenianos contemporáneos (que todavía no he mirado). Hay cierta tendencia high brow a despreciar (y llamar vacío) el esfuerzo de McSweeney’s por hacer que la lectura sea una etiqueta de estilo (dentro del enramado de pequeñas modas hipster), algo que denote sofisticación juvenil general, coolness, en aras de llegar a un público menos restringido (Nota: que las personas detrás de McSweeney’s sean las mismas personas detrás de esa maravilla que es 826 Valencia demuestra, para mí, cuán genuino y serio es ese propósito. Que además editen libros como este o este(s) sólo fortalece esa creencia). Los puristas exigen que el compromiso con la lectura sea estrictamente intelectual (si no (ugh) académico). Esta exigencia es, por supuesto, falaz. La verdad es que estos puristas también consideran a la lectura como un factor de sofisticación (¡y hasta una marca de clase!) y veneran los libros como objeto de exactamente la misma manera que McSweeney’s (que, por cierto, lleva el diseño y montaje de libros a una nueva dimensión estética). Lo que realmente les molesta de estas revistas que intentan hacer de la literatura algo atractivo (de moda) es que ensucia y populariza (saca del nicho tradicional) un gusto que ellos consideran exclusivo de esa sociedad (clase/casta) de personas altamente inteligentes y educadas que componen (en su opinión, las únicas acreditadas para leer correctamente). Por mi parte, estoy totalmente a favor de cualquier iniciativa que debilite esas barreras y le quite el monopolio de la lectura (y la literatura) a esa gentuza presumida.

Viernes (Lecturas)

Irene tiene problemas con su desnudez pública. Laura y Pedro escriben poemas. Joe Milutis explora el uso de esto. René lee The Pale King. Javier lee Against The Day (y no es el único, Martín Cristal también anda en ello (¡y hace diagramas ilustrativos!)). Kunkel sobre David Wallace muerto (y Jim Santel sobre lo que Franzen opina sobre el mismo tema). Gloria no sabe cómo hacer las paces son sí misma. Roger propone una lista de expresiones prohibidas. Lucía y la videotienda mítica en Kioto. Iñigo comenta los archivos de Guantánamo.
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Es difícil encontrar buenas lecturas en español. Hay poquísimos sitios bien hechos que compilen con cariño y cuidado lecturas variadas. Algunas cosas buenas pasan en blogs y pasan, por tanto, mayoritariamente desapercibidas porque ahora ya nadie enlaza nada (entre otras porque los blogs entraron en decadencia ya que de cierta manera van en contra del nuevo dogma). A los periódicos, por su parte, ya no les interesa publicar contenido perdurable, artículos bien armados que se sostengan y digan cosas. Con HermanoCerdo intentamos proponer una fuente de lecturas, pero la búsqueda de autores que escriban cosas bonitas gratuitamente es un lío (y en particular, es casi imposible encomendar artículos). Además nuestro impacto es pequeño. Me gustaría que habláramos menos de libros y más de gente y cosas de verdad pero nuestros contribuyentes son estudiantes de literatura, con todo lo malo y lo malísimo que tiene eso. Etiqueta Negra prometía y llegó lejos pero siento que perdió el filo. Algo parecido pasó con Gatopardo y de Letras Libres ni hablemos. En Colombia, El Malpensante hace el esfuerzo, pero cojea y se especializó en publicar firmas e intelectuales. Arcadia se siente provinciana y condescendiente. Casi todo, la verdad, se siente provinciano. Dicen que Orsai está bien, pero se rehusa a existir seriamente en línea (y lo que vi no me emocionó tanto (aunque sea menos provinciana que el resto)). Hacen falta publicaciones que intenten abarcar más que el círculo de amistades de sus editores. No, miento, eso es casi inevitable. Mejor: tal vez hacen falta más publicaciones que no estén bajo el control de literatos, que son una peste y casi nunca tienen algo sustancioso que decir. Eso ya sería un buen paso.

Domingo (Bone)

Esta mañana, después de lavar los platos, terminé de leer Bone, de Jeff Smith. Lo leí por las noches, antes de dormir, durante las últimas semanas. Leía un capítulo o dos cada noche. Nunca logró entusiasmarme lo suficiente como para volcarme en una maratón non-stop de una tarde. A partir de cierto momento, bastante temprano, perdí la esperanza de que mejorara de la manera que me gustaría que mejorara porque lo que me incomoda de Bone, lo que no me deja disfrutar la historia plenamente, está en su esencia. Tal vez haya descripciones más amables, que lo contextualicen históricamente y expliquen sus decisiones narrativas a la luz del trabajo de Walt Kelly, principalmente, pero para mí Bone es una historia épica-fantástica medianamente digna dentro de las posibilidades del género que se debate constantemente entre el humor local y la seriedad global de la trama por cuenta de tres personajes esencialmente caricaturescos a quienes Smith elige, un error serio e irreparable, como focos centrales de la historia. El resultado es lo que pasaría si las primeros tres episodios de Star Wars se centraran más (¡muchísimo más!) en Jar Jar Binks que en Anakin. Desde mi posición relativamente abierta al respecto de esa precuela trilogística, Jar Jar era un personaje prescindible cuyo propósito era simplemente cautivar al público menor de doce años, el personaje pintoresco que se tira pedos. Ese era el personaje para ellos (sí, así ven a esos niños, es triste). Desde ese sentido, acepto (a regañadientes) la decisión de incluirlo, pero sería inaceptable que la narración le diera más importancia de la que merece. Algunos comentaristas del otro lado de la fuerza aseguran que la sola presencia de Jar Jar Binks fue un atentado serio a la dignidad de la saga, pero esa me parece que es una posición dogmática que desconoce la existencia de esas películas como producto cultural comercial (al tiempo que sobrevalora la calidad y significancia general (a nivel narrativo) de las primeras tres). Lo que pasa en Bone es muchísimo más grave (exagero). Tal vez para honrar a Kelly, Smith centra su propia versión del Señor de los Anillos (porque eso es Bone) en estos tres parientes raciales de Gasparín. El resultado es una historia que no se encuenta y que, por momentos, se trata a sí misma como si fuera una idiota, como si no se creyera a sí misma. Como lector hay poco que hacer ante eso. El resultado no es tan trágico, ¡la trama nunca pierde cierto impulso!, pero cada tanto es necesario leerla pese a sí misma, desde la conciencia de que el error está en la narración (en una perspectiva y unos protagonistas mal elegidos) y no en la historia. Que la historia, con todos sus errores y cojeras, funciona, está viva.

Ahora procederé a contradecirme porque es necesario reconocer ciertas cosas: Bone, en términos de producción, no es una novela convencional. Bone, como tantas novelas gráficas, fue publicada por fascículos, pero incluso considerando eso el proceso fue inusual: el primer fascículo de Bone fue publicado en 1991 y el último en 2004. Trece (13) años, sí. En total fueron 55 fascículos, y el trabajo de edición, publicación y distribución fue asumido casi enteramente por Smith y su mujer. Para que entiendan lo que esto implica piensen que Watchmen duró doce fascículos, fue hecho por cinco personas (con una empresa inmensa (DC, los mismos de Superman) respaldándolos), y fue terminado en el transcurso de un año largo (1986-1987). Así, cuando hablamos de Bone estamos hablando de un proyecto paradigmáticamente independiente, improvisado, salvaje (medio inconcebible) y probablemente muy difícil de controlar. Smith, con toda seguridad, no sabía en qué se estaba metiendo ni tampoco sabía para dónde iba. Sus lectores, por su parte, recibían con regularidad tolerable nuevos capítulos de la novela pero lo que sostenía el interés no podía ser la trama, que avanzaba lentamente. Smith, por la razón que sea, pero tal vez principalmente porque su inspiración eran los cómics clásicos de Kelly, decidió que localmente Bone fuera por encima de todo una comedia casi que infantil, que el humor sostuviera a la audiencia mientras que el arco épico y serio transcurría al fondo (en el caso de Kelly lo que transcurría al fondo no era una novela épica sino un comentario político agudo). Desde esa perspectiva, su elección de centrarse en los primos Bone tiene todo el sentido del mundo y era hasta revolucionaria. El problema, claro, viene cuando su proyecto sin patas ni cabeza gana fuerza y audiencia, triunfa, y llega el momento de compilar todos esos fascículos en un solo volumen de mil cuatrocientas páginas donde, por la velocidad de la lectura, el arco principal gana muchísima más visibilidad y el humor local, la tontería innata de los Bone, empieza a sobrar.

Esa es mi relación con Bone. Entiendo por qué merece admiración y hasta postración como megaproyecto artístico-narrativo y si me concentro, si me imagino con dieciseis años menos y atrapado en un pueblo aburrido del midwest gringo donde recibía Bone en mi tienda comiquera de confianza un fascículo al tiempo, puedo comprender por qué Smith hizo lo que hizo y tomó las decisiones que tomó (y definitivamente puedo apreciar su habilidad para el dibujo y la narración, sencilla y efectiva, pánel a pánel, así como su cariño y dedicación por el trabajo evidentes en cada página), pero cuando pierdo la concentración y soy de nuevo yo y leo la monstruosa edición de un volumen, me gustaría poder tomar la historia y decir todo esto sobra, todo esto no es para mí, todo esto ya no es necesario, ya no, y cambiar algunas perspectivas y algunos énfasis y quitarle predominancia a Fone Bone, a Smiley Bone y sobre todo a Phoney Bone (el personaje más detestable de la historia del cómic universal) a cambio, tal vez, de profundidad en la mitología y contextualización del mundo, de apartes intercalados de la infrahistoria, de una aproximación más seria (no en el sentido de solemne) de la trama.

Algo parecido (si no peor) me pasa con El Incal, pero de eso mejor hablo otro día.

Adenda: Me acabo de dar cuenta de que The Abominable Charles Christopher, de Karl Kerschl, es, en más de una dimensión, un heredero casi directo de Smith y Bone. En mi opinión, este es uno de los mejores webcomics en desarrollo (lleva en pie cuatro años), y uno de los pocos que se toma en serio la misión de contar una historia. Es casi obligatorio leerlo. Aquí el inicio.

Jueves

Leo French Hats in Iran, un libro de memorias de Heydar Radjavi sobre su infancia en Tabriz que será publicado a mediados de abril. Es un compilado de historias que giran alrededor del enfrentamiento entre el tradicionalismo religioso y la occidentalización por decreto impuesta por el Shah. Las crónicas, escritas en una prosa tranquila y cuidadosa, estilizada sin ser ostentosa, están llenas de retratos de su familia y amistades cercanas y anécdotas sencillas que dejan en evidencia los contrastes de la época a través de las preocupaciones y confusiones de un niño de siete años. Mi personaje favorito es su papá: patriarca estricto y devoto dedicado a los negocios y temeroso de la electricidad cuya única fuente de sabiduría diferente al Corán era el Modicum, un viejo tratado enciclopédico que incluía datos desde datos astronómicos hasta fórmulas para preparar tinta, pasando por una guía para llevar una dieta saludable. Creo que le pediré autorización a Heydar para traducir un fragmento al español para HermanoCerdo.

Libros que cambiaron mi vida

Siempre que abro un libro espero que cambie mi vida. Tengo ese propósito. En consecuencia, todos los libros que leo cambian mi vida de alguna manera. La disposición es lo más importante. Algunos libros cambian mi vida sin siquiera leerlos. Basta que alguien los lea por mí, o que finja leerlos. Cambio mi vida por libros que luego no leo por pura pereza. La lectura es autosuperación y confrontación. La escritura, que es otra forma de lectura, es exploración y autoconocimiento. Leo y escribo para entenderme y (des)estructurarme, para dudar. Leo para que me digan lo que soy y lo que quiero. Leo, también, para sentir que estoy equivocado, que no sé, que no estoy seguro (que no debería estar tan seguro) de lo que quiero ni de lo que siento. No sé cómo me cambian los libros. No sé quién sería si no hubiera leído un libro u otro. No creo que necesite leer ningún libro. No soy capaz de discernir lo que era de lo que soy o seré. Sospecho que ningún libro me ha cambiado la vida radicalmente. Jamás he esperado que las lecturas me rediman. Nunca he esperado mayor cosa de un libro salvo, tal vez, que me cambie la vida. Pero todo me la cambia, incluso cuando no quiero.

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