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leonard michaels

Jueves

Nachman (supongo) trabaja en teoría de números (o teoría de grupos) en Santa Monica y durante años le dedicó tiempo a pensar en la penúltima conjetura, un problema abierto propuesto durante la segunda guerra mundial. Nachman es reconocido por su lentitud y la solidez de sus resultados. Un día, Nachman se entera de que un colega reconocido por su trabajo en diferentes áreas ofrecerá una conferencia en San Francisco donde presentará su prueba de la penúltima conjetura. Nachman siente envidia y alivio. Envidia porque a veces sentía que ese era su gran problema pendiente, el que estaba destinado a resolver. Alivio porque ya no tendrá que pensar otra vez en él. Como sea, curioso de ver la demostración, de confrontarla con su autor presente, Nachman toma un avión de Los Angeles a San Francisco. Pero a los diez minutos de iniciarse la charla Nachman sabe en qué dirección va la demostración, y a la media hora sabe también que este colega renombradísimo ha cometido un error que Nachman mismo también cometió alguna vez, en uno de sus varios intentos de demostrar la conjetura. Esto lo llena de ansiedad, porque Nachman es tímido, le preocupa pasar por presumido y no quiere humillar en público a su colega, a quien siempre ha admirado, así que se contiene y espera que alguien más note el problema por él. Por desgracia, nadie dice nada y Lachman sufre sin saber cómo decirle al orgulloso conferencista que su demostración tiene un error fatal.

Aquí la descripción de Michaels de la penúltima conjetura:

The problem of the Penultimate Conjecture was formulated during the Second World War by brilliant English cryptographers who broke the German code Enigma. Germans, also brilliant, broke English codes. Obscure men, and some women, who had a knack for solving puzzles, analyzed the coded messages of the enemy so that nameless soldiers, sailors, and airmen could be blown to bits, drowned, burned alive. A proof of the Penultimate Conjecture would have no such practical consequences—at least none yet known—but for mathematicians, it was a glamorous problem indirectly associated with horrendous violence.
—Leonard Michaels, The Penultimate Conjecture

Musical

Metaphysics was words. Nachman had nothing against words, but as a mathematician, he kept trying to read through the words to the concepts. After a while, he believed he understood a little. Bergson raised problems about indeterminate realities. He then offered solutions that seemed determinate. Mathematicians did that, too, but they worked with mathematical objects, not messy speculations and feelings about experience. But then—My God, Nachman thought—metaphysics was something like calculus. Bergson himself didn’t have much respect for mathematics. He thought it was a limited form of intelligence, a way of asserting sovereignty over the material world, but still, to Nachman’s mind, Bergson was a kind of mathematician. He worked with words instead of equations, and arrived at an impressionistic calculus. It was inexact—the opposite of mathematics—but Bergson was a terrific writer, and his writing was musical, not right, not wrong.

—L. Michaels, Nachman from Los Angeles

Martes

Raphael Nachman es un personaje de Leonard Michaels. Nachman es un matemático. En la primera historia de la serie que Michaels le dedicó, Nachman es profesor visitante en la universidad de Cracovia. En Cracovia vivieron sus abuelos, quienes luego murieron en un campo de concentración. Nachman quiere conocer el lugar donde vivieron sus abuelos, no el lugar donde murieron. Nachman camina por Cracovia acompañado de una estudiante, quien lo guía hacia la Sinagoga y el viejo Ghetto. Hoy por la mañana fuimos a una nueva cita con el doctor Fellows. Todo en orden. Nueva cita en una semana. Ayer vimos videos en clase prenatal. En los videos las mujeres tienen hijos y los hombres dicen frases entusiastas de cajón para no sentirse tan inútiles. Sólo uno de los hombres reconoce que al final del cuento la mujer en trabajo de parto está sola con su dolor y los “You can do it” o “You’re almost there” o “You’re doing just fine” son paliativos para él, no para ella. De vuelta del hospital oí la historia de una mujer que recuerda su primer romance y la obsesión de su novio adolescente por tocarla durante una fiesta de cumpleaños. Comí mole de ayer y un durazno de postre.