Rango Finito

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libertad

Contenidos ágiles y conocimiento libre

La columna de hoy es una respuesta a esta columna tendenciosa y/o desinformadísima de Carlos Granés publicada ayer. El asunto es extenso así que decidí restringirme a dos puntos específicos: el primero es que la piratería no es consecuencia de los activistas sino, más que nada, de la ineptitud de los comerciantes que se niegan a ofrecer alternativas digitales de sus productos (o se adaptan a una lentitud pasmosa). Lo segundo es que Granés mete en el mismo costal de la libertad de la información a varios grupos disímiles (piratas, activistas de diferentes líneas, vándalos enmascarados) y los describe como utopistas moralistas e ingenuos anticapitalistas con propensión al crimen (muy en la línea de Fernando Savater y Vargas Llosa, por cierto). Las imprecisiones evidentes en su párrafo dedicado a Aaron Swartz (a quien designa como símbolo más visible de ese conglomerado que imagina) dejan clarísimo que no sabe de qué habla (omite, por ejemplo, que la red de MIT es abierta y por ende es perfectamente legítimo entrar a la universidad, conectarse y bajar un par de artículos de JSTOR — Swartz abusó de la infraestructura descargando volúmenes muy grandes de golpe, no por bajar nada en particular. Por algo JSTOR finalmente se desligó del proceso contra Swartz). Este perfil en Slate es un buen punto de partida para hablar educadamente de los méritos y fallas de Swartz. Aquí su manifiesto de acceso abierto a documentos gubernamentales y académicos y aquí una columna de Jorge Orlando Melo sobre el acceso abierto a publicaciones académicas en Colombia.

Revolver

Ayer Arturo, que anda con mucho tiempo para pensar, me decía algo sobre los problemas de la libertad. Tenía que ver con los dilemas modernos de encontrar un lugar que se adapte a lo que uno siente que es (o tal vez a lo que uno siente que merece ser). Ese rango de opciones es por supuesto falso, o por lo menos no tan real como la filosofía voluntariosa inspiracional promete. A la larga estamos sometidos a circunstancias que están fuera de nuestro control y esas circunstancias deciden más o menos arbitrariamente qué será de nosotros. Por fortuna el cerebro reactualiza con frecuencia las aspiraciones para que cada tanto tengamos momentos de satisfacción que compensen por toda la mierda adicional. De pronto el valor de la vida consciente está en sostener la ilusión útil de que las decisiones que tomamos nos determinan. Quién sabe cuánto progreso cultural le debamos a esa creencia.

En Revolver, de Matt Kindt, el protagonista habita intermitentemente dos realidades. En una de las dos la civilización está al borde del colapso: cuerpos llueven sobre las calles de Chicago. En la otra, la vida del protagonista se deshace a diario en su rutina estereotípica del trabajo de oficina sin sentido que sirve para satisfacer hábitos de consumo que se confunden ocasionalmente con necesidades (es inevitable). En la realidad apocalíptica los límites morales son atenuados por la urgencia de sobrevivir y esto le permite acceder a aspectos de su personalidad que en la realidad más real (?) deben ser reprimidos para garantizar colectivamente la estabilidad del orden social. Ambas realidades son versiones extremas (?) a una vida dada por perdida. Pero su simultaneidad progresiva es una trampa cómoda ya que anula la necesidad de compromisos con la identidad y los principios. En la relatividad explícita del multiverso nada importa. Los sacrificios no tienen valor. La responsabilidad es un sinsentido. Estar vivo es lo mismo que estar muerto.

He Got Game

Lo que importa no es el juego sino lo que está detrás del juego. Lo que el juego resuelve. Todos quieren un pedazo de la carne de Jesus, de su salvación. Jesus es un artículo que se compra y se vende. Nadie pone en discusión que ese es su destino. El dilema de Jesus no es si venderse sino a quién. Aún así, en su indecisión hay carácter. Jesus quiere que el juego signifique algo más que el juego detrás del juego: fuck the game if it ain’t sayin nuttin. El juego debe ser una herramienta para ascender y escapar de la vida predefinida de los negros, de sus futuros muertos. Jake quería eso para Jesus. Esa era su herencia. Algún día Jesus lo entendería. Jake tiene siete días para ganar su libertad, pero no quiere ser libre. Su condena es justa. No merece el perdón. Jake quisiera regresar en el tiempo y reestablecer lo perdido, pero sabe que eso es imposible. Sólo quedan las enseñanzas del juego y lo que está detrás del juego: la tristeza, el arrepentimiento, los errores, las heridas y el rencor. El hijo perdido en una cancha que crece y se aleja.

There’s something happening here. What it is ain’t exactly clear.

Everyone suddenly burst out singing


And laughing, and crying, and shouting and praying, kneeling on the road and kissing the filthy tarmac right in front of me, and dancing and praising God for ridding them of Hosni Mubarak – a generous moment, for it was their courage rather than divine intervention which rid Egypt of its dictator – and weeping tears which splashed down their clothes. It was as if every man and woman had just got married, as if joy could smother the decades of dictatorship and pain and repression and humiliation and blood. Forever, it will be known as the Egyptian Revolution of 25 January – the day the rising began – and it will be forever the story of a risen people.
Robert Fisk

Lapsus

Disfruto el silencio de este lugar: la tranquilidad que se siente por la mañana cuando abro la puerta, camino por el corredor, paso junto a la sala de lectura y bajo las escaleras para salir al patio. Afuera están los perros, despiertos desde temprano, persiguiéndose mutuamente por turnos, y también el frío sabanero que se mete entre la ropa y me despierta de golpe. Abro los ojos. Estoy aquí. Usualmente camino hacia los naranjos, que a esa hora todavía huelen dulce, y los perros me siguen entre correrías y saltos. La sensación del prado húmedo contra los dedos de mis pies me hace bien. Es temprano y pienso en el resto del día y me agrada saber que no necesito pensar en nada. No necesito nada. No tengo nada que hacer. Mi propósito, me han reiterado ya tantas veces, es recuperarme, sanar, aprender que lo que soy no me condena. Pienso en el hombre que duerme en mi cuarto. Es un hombre viejo, está calvo, fuma más de lo que debería, ronca por las noches. A veces viene su hija a visitarlo y le cuenta cosas sobre un nieto que él nunca ha visto. Cuando habla, no habla mucho, le promete a la mujer que pronto estará de vuelta afuera y podrá conocer a su nieto. A veces, cuando ella se va, lo oigo llorar en el baño. Cuando tarda más de la cuenta llamo a los encargados. Ellos lo llaman por su nombre, luego abren la puerta con la llave y lo encuentran sentado en la taza, perdido. Quiénes son ustedes, les pregunta. Dónde estoy. Qué quieren de mí. No sé cuántos años lleva ese hombre en este lugar. No sé por qué está acá y creo que él tampoco. Prefiero no hablar con él para no contagiarme de lo que quiera que tenga. Junto a los naranjos hay una piedra para sentarse. Desde la piedra miro la casa, la entrada al instituto, los cerros en la distancia. Yo pensaba que el tiempo servía para acercarse a lo que uno quería ser. Pensaba, y todavía pienso, que todo es cuestión de paciencia y disciplina. Pero entonces está esto, este lapsus, el viejo que ronca, esta espera tan distinta de todas las otras esperas. Se supone que un día, eso me han dicho, un hombre vendrá a mi escritorio en la sala de lectura, donde me siento a trabajar por las tardes, a matar el tiempo que ya no pasa, y me dirá que todo está bien, que puedo regresar, que soy libre, que puedo recuperar la vida que perdí. A veces, sentado en la piedra, pienso en lo que se sentiría levantarme una mañana, jugar con los perros, venir a los naranjos, despedirme de Manuel, y caminar con decisión hacia la entrada.