Rango Finito

Un blog para Mauricio Arturo

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Sábado (Constatación brutal del presente)

No sé qué clase de libro es este. No sé, ni siquiera, si es un libro o algo más que un libro. En esas estoy. Lo acabo de leer, no por primera vez, no por segunda vez, no por… y no sé qué es esto ni cómo abarcarlo en tres párrafos que le hagan justicia a lo que es o lo que pretende ser (que creo que son lo mismo). Entonces me digo que yo lo vi crecer. Lo leí en intercambios de correos (con propuestas, sugerencias y batallas estilísticas casi a muerte) y en versiones preliminares, y siempre me preguntaba para dónde va Javier con todo esto, qué es lo que nos (me) quiere decir. Y no se puede decir que no conozca a Javier (que es mi amigo, como él aclararía con esa corrección que lo caracteriza) ni que no entienda sus preocupaciones. Son asuntos de los que hemos hablado antes (como en siempre). Es la idea de que la literatura permite disposiciones de información que niegan el tiempo o que lo pervierten pero todavía más: es la idea de que la literatura permite narrativas que se niegan (se refutan (se destrozan)) a sí mismas (o, peor, que todas de alguna manera lo hacen). La Constatación Brutal del Presente es la realidad pero también es la negación violenta de cualquier intento de condensarla. Es el hecho de que el tiempo es en esencia discreto y cada paso (salto cuántico) es una patada salvaje a la cara. Este es un libro muy serio. No es un libro para tomarse a la ligera. No es un libro que se pueda leer en una tarde de tedio ni sentado en un balcón con una copa de vino dulce en la mano ni desinteresadamente en un tren entre el punto A y el punto B, protegido de la tormenta. Es un libro confuso. Es difícil (de leer, de escribir, de digerir, de aceptar). Es intencionalmente desorientador. Es un acto de contorsionismo extremo: la reflexión entera (total (absoluta (definitiva))) sobre sí mismo; la teoría y la práctica de una cierta preocupación por escapar de los esquemas (¿para encontrar qué? ¿para evadir qué? ¿para llegar a dónde?). Yo, que soy católico, creo que esos esquemas existen por una razón pero Javier es entre otras cosas sindicalista (y por ende terco) y siente que son opresivos. Lo entiendo. También cree que no son efectivos (que hay cosas que se quedan por fuera; que la confusión y lo truncado no pueden ser ignorados; que su adopción general artificializa la experiencia). Eso lo entiendo todavía más. Digo Javier y siento que hablo de mí mismo pero no es así. Hablo de Javier, no de javier (que es el otro). Leo Constatación Brutal del Presente por enésima vez y todavía hoy es como si fuera la primera vez. Todavía me pierdo. Me cuesta. Pienso en las maneras como he intentado leer este libro. (1) Como un guión (o un tratamiento de un guión) de una película imposible de filmar porque los actores (no sus personajes) son asesinados en la primera escena. (2) Como un ensayo práctico sobre la narratividad que es incapaz de prosperar (¿de escapar?) por su compulsión de ser consciente de que ocurre. (3) Como una parábola de la vida atenta a la cinta transportadora vacía. (4) Como un homenaje tipo Enrique Vila Matas meets David Lynch meets Сталкер meets David Cronenberg meets Михаи́л Алекса́ндрович Баку́нин meets Raymond Roussel meets… meets 三池 崇史 meets itself (and implodes). (5) Como el primer capítulo del libro al que hace referencia esa secuencia interminable de notas al pie de página que se hace llamar El Lamento de Portnoy. (6) Como un panfleto político para desesperanzados extremistas. (7) Como la no-ficción postapocalíptica pesadillesca que por fin entiende que la idea del final del mundo y del tiempo (que es hoy, ahora mismo (¡suena pólvora afuera para celebrar!)) es precisamente que no queda nada (¡nada!) y por ende probablemente lo que haya por narrar sea tan o más indescriptible que las peores bestias que se ocultan por eones bajo el mar. Pienso, cuando lo cierro —estoy sentado en el balcón con una copa de Pedro Ximénez en la mano ya casi vacía—, en lo que tuvo que pasar para que llegáramos hasta acá (en lo que perdimos, en lo que vimos partir, en lo que dejamos, en lo poco que aprendimos, en los golpes, en el dolor, en la fuerza de vivir). Y en lo que falta por pasar. Creo que ya no tengo miedo. Hago, por precaución, un inventario de lo que llevo en mis bolsillos. Es suficiente. Es apenas lo esencial.

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Miércoles

Terminé de leer The Pale King esta mañana. Tal vez luego diga algo al respecto. Por lo pronto transcribo las notas rápidas que tomaba al cierre de cada capítulo para no perderme. Soñé que Pedro Poitevin escribía una novela y me la enviaba para leerla. Me daba mucha envidia porque tenía “peleas de verdad”. No desayuné. El plan es empatar lo que estamos haciendo con el trabajo de Anand en el contexto diferencial o algo así. Almorcé una milanesa de cerdo con ensalada. Hablé con Laura y Carolina por la tarde. Preparé una sopa de miso con honguitos largos blancos (siempre olvido el nombre) y tofu por la noche. Me gusta, siempre me ha gustado, licuar zanahora en jugo de naranja. Unas niñas secuestradas gritan y lloran en la televisión. El secuestrador (y asesino serial en desarrollo) les dice que son unas malagradecidas. También vimos Modern Family. Simpático.

Algunas lecturas: Íñigo reseña Inside Job, Shantha lee poesía, Lola reseña los libros que lee, Nanda comparte secretos matrimoniales, Vega se burla de quienes escribimos diarios, los mexicanos invaden Wondermark, Henry Sánchez “El Forrest Gump Colombiano” llega a México (aquí entrevista extensa (altamente recomendada)), y Constatación brutal del presente, la novela de Javier Avilés, se podrá comprar en Colombia.

Libros que cambiaron mi vida

Siempre que abro un libro espero que cambie mi vida. Tengo ese propósito. En consecuencia, todos los libros que leo cambian mi vida de alguna manera. La disposición es lo más importante. Algunos libros cambian mi vida sin siquiera leerlos. Basta que alguien los lea por mí, o que finja leerlos. Cambio mi vida por libros que luego no leo por pura pereza. La lectura es autosuperación y confrontación. La escritura, que es otra forma de lectura, es exploración y autoconocimiento. Leo y escribo para entenderme y (des)estructurarme, para dudar. Leo para que me digan lo que soy y lo que quiero. Leo, también, para sentir que estoy equivocado, que no sé, que no estoy seguro (que no debería estar tan seguro) de lo que quiero ni de lo que siento. No sé cómo me cambian los libros. No sé quién sería si no hubiera leído un libro u otro. No creo que necesite leer ningún libro. No soy capaz de discernir lo que era de lo que soy o seré. Sospecho que ningún libro me ha cambiado la vida radicalmente. Jamás he esperado que las lecturas me rediman. Nunca he esperado mayor cosa de un libro salvo, tal vez, que me cambie la vida. Pero todo me la cambia, incluso cuando no quiero.

Martes

Soñé que estaba en Bogotá, en una fiesta. Hablaba con Patricia. Los gatos me levantaron muy temprano (Gonta está empeñado en declarar las cuatro de la madrugada como hora oficial de juego) pero me volví a dormir. En el tren leo Manufacturing Depression o miro episodios de Los Soprano. Por las noches leo un capítulo o dos de Bone. Todavía no me convence. Es demasiado goofy para mi gusto.

Los martes no tengo clase. Por las mañanas trabajo con Rahim y Ómar y por las tardes, cada quince días, hay seminario de lógica. Hoy no hay seminario, pero debo preparar mi charla para el coloquio del departamento, que será el próximo lunes. Es la primera vez que tengo la oportunidad de hablar de mi trabajo a matemáticos que no trabajan en mi especialidad. Ese es un reto que me gusta. En general, me gusta el reto de convertir temas complicados en temas digeribles y además interesantes para una audiencia amplia. Tal vez por eso disfruto la docencia.

El trabajo con Rahim y Ómar es entretenido. Queremos desarrollar, en el contexto más general posible, una teoría de Galois de ecuaciones de diferencias (tal vez sobre cuerpos (iterativos) diferenciales (ojalá en característica arbitraria)). Los especialistas en el tema se restringen usualmente a ecuaciones lineales, pero la teoría de modelos permite explorar versiones “no lineales” (en el sentido de que las ecuaciones ocurren sobre grupos algebraicos no lineales) sin hacer demasiada álgebra. Actualmente intentamos aislar la noción correcta de σ-grupo. Anand y Piotr tienen una propuesta en este artículo pero hoy concluímos que, para nuestros propósitos, es demasiado débil. Queremos, en particular, que un σ-grupo sea equivalente a un grupo algebraico con un automorfismo del cuerpo de funciones de la misma manera que un D-grupo es un grupo algebraico con una derivada en el cuerpo de funciones. El riesgo, claro, es que al restringir el escenario nos quedemos sin ejemplos. Calibrar una definición es una tarea sutil.

When you reach me, de Rebecca Stead

A los doce años nadie sabe nada y creo que parte de las cosas que se descubren a esa edad es precisamente eso. Es frustrante al principio y después liberador. Al menos yo lo recuerdo así. Luego, como a los veinte años, se vuelve a sentir que se sabe todo y esa fase es más larga y engañosa. El golpe al final, creo, es lo que llaman adultez. Pero antes de eso todo el mundo tiene doce años y no sabe absolutamente nada de la vida. No sabe ni siquiera que se va a morir. No sabe que muchos que conoce se van a morir antes que él. No importa cuánto los quiera, se mueren. No hay nada que se pueda hacer. Es inevitable. Hay que sentarse en la casa de su papá a esperar a que llamen a decirnos que mi abuelo ya se murió para poder ir a la funeraria en Chapinero a llorar de verdad y arrepentirse por no haber querido saludarlo la última vez que lo visitó, por puro miedo de verlo así. Y no sabe ni entiende nada. Esperaba que el abuelo o la mamá o el amigo o el hermano vivieran para siempre. Esperaba que estas cosas tristes estuvieran fuera del alcance de su (mi) vida. Lo que se empieza a disolver a los doce años es la aparente perfección de esa vida idílica sobreprotegida donde nada malo nunca pasa. Pero a mí me parece que la caída de esa aparente percepción de perfección da paso a una nueva perfección un poco más equilibrada y duradera basada en el valor de lo que tenemos mientras lo tenemos. Las personas empiezan a importar más, el tiempo se siente y uno sigue sin saber nada, pero al menos ahora el mundo está ahí, afuera, por fin visible, para empezar a aprender.

Kindle

Aquí todos flotan

Bonito

Jueves

Tengo puesta la camiseta de MeetUp que me regaló Mercedes. Por la mañana me sentí un poco mal así que al medio día Mónica vino a acompañarme. Comimos hígado del que hice ayer. Por la tarde necesitaba un poco de entretenimiento ligero (y aire), así que a las tres fuimos a ver The Sorcerer’s Apprentice. Resultó mejor de lo que esperaba, pero debo advertir que yo no esperaba nada. Luego de cine fuimos a la librería de usados en Richmond y compré algunos libros de Roald Dahl para Mauricio (The Twits, The Witches, The BFG y Going Solo, que es más para mí). También compramos The Wind in the Willows y una engendro llamado The Bad Child’s Book of Beasts/More Beasts for Worse Children/A Moral Alphabet. Mónica, por su parte, compró una guía de aves de norteamérica para identificación en campo. Ah, sí: por la mañana, temprano, encargué un Kindle Wi-Fi en Amazon. Llegará al tiempo con el parto.