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Fantasmas contra Extraterrestres

La edición de Fantasmas contra Extraterrestres corrió a cargo de Inga Pellisa, que contuvo con valentía el ya mítico espíritu indómito del autor. Yo hice las lecturas de rigor, sugerí unos cuantos cambios en pos de la legibilidad y monté el libro en formato digital. Todo lo que esté mal es mi culpa.

Fantasmas contra Extraterrestres es un relato de Javier Avilés que decidimos editar en formato digital y distribuir gratuitamente en línea imitando el esquema que propuso Radiohead para In Rainbows, i.e., descargue ahora y si le nace pague después (o nunca). Una vez más queremos explorar en plan punk formas de prescindir de intermediarios (o al menos reducir su cuota) para distribuir a bajo costo buena literatura, ojalá con alguna compensación para el que escribe. Dado que el autor es Avilés, la historia rehuye cualquier posibilidad de resumen así que no me desgastaré intentándolo. Sólo diré que habla sobre videojuegos, extraterrestres antropomorfos (o no), ectoplasmas, moralismo alemán, viajes en barco, descensos a los infiernos, ciencia ficción y, por supuesto, Beckett. En la primera edición que colgué había borrado por error todas las apariciones de la palabra “juego” del cuento. El efecto era inquietante, especialmente considerando que la narración orbita alrededor de un juego de video sobre una invasión extraterrestre a un mundo abandonado a los fantasmas. Varios de los primeros lectores pensaron que era un recurso deliberado. Este problema (¿por desgracia?) fue resuelto en la versión que ahora está disponible. Como siempre, lean y difundan.

Donde mueren los payasos (Tráiler)

La farsa política desmadrada de Luis ya salió en España. Llega a Colombia en abril. Este es el video promocional:

Literatura en duelo

A raíz de la publicación en Colombia de un libro de Piedad Bonnett sobre el suicidio de su hijo, dije en Twitter que aunque entendía las motivaciones que podían llevar a una mamá en duelo a escribir algo así, me intrigaba y perturbaba que luego lo hubiera publicado (convertido en un artículo a la venta). Para mí esa parte tiene algo de macabro. Esto obviamente no aplica sólo al caso de Bonnett. Ayer por casualidad encontré este artículo reciente de Alberto Olmos sobre lo mismo. Un fragmento:

Porque después de la muerte no se entiende nada, se acaba recurriendo a la literatura. No es necesario indagar entonces en los motivos por los cuales un escritor deja testimonio de la pérdida de su padre o de su madre, de su pareja o de su hijo; si pudiera -si le asistiera la escritura- cualquier persona lo haría. El duelo justifica muchas terapias, muchas extracciones y cirugías de urgencia, y escribir seguramente es la forma más profunda de hundir un cuchillo.

Sin embargo, sí vamos a preguntarnos aquí por qué un autor publica su panegírico, su elogio fúnebre, y por qué ese autor cree que otras personas van a leerlo o deben siquiera mostrar interés en su desgracia. ¿Qué se supone que debe hacer un lector con el dolor de un escritor?

Desde la otra perspectiva, leí hace unos meses este artículo de Francisco Goldman (sobre el libro que escribió al respecto de la pérdida de su mujer) que por desgracia no está entero en línea. Otra lectura relacionada es este ensayo de Jorge Salavert que publicamos en HermanoCerdo. (Y Mercedes me recuerda en los comentarios este ensayo de Aleksandar Hemon sobre la muerte de su hijita.)

Se me ocurre ahora que tal vez el problema es que después de la pérdida (y hasta mucho tiempo después de la pérdida) todo lo que se escribe es inevitablemente parte del duelo: la memoria del muerto siempre encontrará alguna forma de colarse en los textos y enfatizar el peso de su ausencia. De pronto los escritores profesionales no pueden darse el lujo de no publicar lo que escriben.

Sin título [1977]

En alguna parte de esta novela alguien habla un cuadro que tiene un hueco en el centro. La mención parece casual pero tal vez no lo sea. Sin título [1977] se refiere al nombre de un cuadro imposible de pintar. Su sustancia, como un fantasma, atormenta a los miembros de una familia aristocrática bogotana consecuentemente disfuncional. Capa a capa, Posada revela en tres monólogos intercalados los ingredientes que componen el cuadro. El primer monólogo es el de un viejo atrapado en su demencia nostálgica. El segundo es el de su hija, la pintora del cuadro, quien en medio de una crisis matrimonial que parece definitiva asimila las razones reprimidas que la llevaron a distanciarse de su papá. Y el tercero, probablemente el mejor de los tres, el de un niño pequeño, el hijo mayor de la familia, que desde el pasado destapa los secretos escabrosos que prefiguran el momento perdido. El niño, devenido en detective sociosexual, carga el peso emocional de la trama. Los tres monólogos conforman en conjunto un triángulo de incomunicaciones donde cada personaje está hundido en su drama personal y están incapacitados, por sus circunstancias, por el pasado que comparten, añoran o viven, para expresar lo que sienten. Esta incapacidad insalvable determina sus vidas.

Menos joven

El debut de Rubén Martín Giráldez fue Thomas Pynchon, un escritor sin orificios, un libráculo editado por los pop-vanguardistas de Alpha Decay que en su momento puse en su lugar en una reseña para HermanoCerdo. De mi lectura de ese libro aprendí que Martín Giráldez es un escritor de cuidado de prosa incontenible muy-muy afilada y violenta (si acaso un tanto saturada) y un arsenal de referencias (cultas y no) digno del posmodernismo radical que profesa (y lo digo sin ánimo peyorativo). Menos joven, editado por los artistas de Jekyll & Jill (no exagero un ápice decribiéndolos así), no debe pero puede leerse como una continuación/extensión ideológica del libro anterior, donde el esquema de la destrucción del ídolo (en el primer libro entendido como un proyecto personal del narrador, obsesionado con aniquilar a Pynchon) se enmarca ahora dentro de una especie de reality show radial post-apocalíptico para audiencia infantil donde tanto el concursante como los oyentes y hasta el narrador van a caballo (la metáfora que justifica esto, si hay alguna, se me escapa). El concursante, un joven no tan joven llamado Bogdano, tiene la misión (difusa) de “localizar a sus ídolos y darles caza”. Para Bogdano la identificación de los ídolos es en sí mismo un problema casi irresoluble pues Bogdano fue víctima de un esquema formativo coordinado por su papá (con la complicidad pasiva de su mamá) donde los títulos, contenidos y autores de sus lecturas se mezclaban sistemáticamente con el propósito de — tal vez tiene sentido dejar hablar al libro justo acá:

¿Cuál era la razón para que el padre hurtara la realidad o propusiese una nueva a sus hijos? También él, en su juventud, había contemplado durante años esfinges que lo pusieron en trance. Cuando despertó de aquella admiración, su vida ya había pasado. Buscó la explicación de este fracaso en sus bestias negras, en la enormidad de aquellos héroes que le habían dado por comparación una medida exacta de su valor, que lo habían llevado a su adolescencia de Estudiante Ligero a la irreversible asunción de lo que ya no podría ser: la ilustración que durante años él mismo se había encargado de administrarse lo había transformado en un ganso sucio y lo había incapacitado para ser un salvaje. Pensó que educando a sus dos hijos en la literatura que generalmente consideramos vulgar tal vez podría darles una oportunidad de salvación, y los mantuvo apartados cuanto pudo de cualquier tipo de excelencia.

Menos joven funciona como una alegoría compleja y abierta a interpretación, con delirios cómicos eventuales, sobre el proceso de crecer. Su formato es más ensayístico que narrativo. Los eventos de la aventura de Bogdano son casi irrelevantes pero sobre ellos avanza rauda una reflexión biográfica sobre la (in)capacidad real que tiene una persona para desprenderse de lo que siente que es (o sea, lo que la atrapa y condena) y recrearse de acuerdo a los que cree (tal vez ingenuamente) que son sus propios criterios. Esta angustia sincera de Bogdano por encontrarse pese a que su empresa sea un fracaso asegurado es lo que permite que el humor corrosivo circundante no sucumba en el cinismo.

Menos joven tiene efectos tipográficos y notas al margen escritas a mano, lo que lo hace apto sólo para cierto público con tolerancia suficiente para el experimentalismo agresivo. Hay apartes que me superan. Hay otros en los que los caballos hablan. Los símbolos son símbolos de otros símbolos más oscuros. El nivel de confusión varía. Es laberíntico, manipulador y absurdista. Los saltos temáticos y lances referenciales contribuyen a aumentar la dificultad. Por fortuna la prosa es todo menos débil y eso permite sostener la lectura durante los contados trechos fangosos. Mención aparte merece el diseño del libro, que supera lo cuidadoso para entrar en la obsesión casi enfermiza (que bajo la funda se oculte un diseño de portada y lomo estilo Gallimard me hace sonreír cada vez que lo recuerdo, por no hablar de los tatuajes temporales adjuntos de, entre otros, Pound, Weber y la hija loca de James Joyce (de quien no sabía nada antes de leer este libro)). Menos joven es raro y orgulloso de serlo. Martín Giráldez no escribe novelas sino que construye engendros ingeniosos descontrolados y el juego es adentrarse en ellos y sobrevivir. No quiero imaginarme qué viene después de esto. Que Shiva nos proteja.

Lucia, la hija loca de James Joyce

Nunca en cines

Esta no es una novela juvenil desenfadada sobre la pasión por el cine. No le crean nada a la contraportada. El cine es mejor lenguaje que tema. El título es una estrategia de distracción. Nunca en cines es una colección de notas dispersas sobre la construcción y pérdida de una amistad. Es una historia que ha sido contada muchas veces y merece ser contada muchas veces más porque siempre es distinta: dos personas se conocen y hay un vínculo semi-prodigioso que los sostiene conectados intermitentemente de ahí en adelante hasta que ya no se puede más y más allá. El vínculo crea momentos compartidos que son incomunicables. Esos momentos definen la amistad. Nunca en cines nace del drama de la pérdida pero subsiste en júbilo de lo vivido. Por eso es burlesca y, sí, desenfadada. No es una novela de trucos ni giros ni una proezas estilísticas. No tiene pretenciones de convencer ni transformar a nadie. Es una celebración sincera de los entusiasmos contagiosos de un amigo, de su legado. Hasta los mejores amigos se mueren. Pasa todo el tiempo. Se mueren sin querer incluso cuando quieren. Y siempre se mueren al final. Pero para morirse, por fortuna, primero necesitan estar vivos.

Brilliant

Compré mi ejemplar de Libra, de Don DeLillo, en una venta de libros donados a caridad en el parque. Me costó un dólar. Es la primera edición en pasta dura de 1988. En la página del título hay una dedicatoria escrita a lápiz en mayúsculas sostenidas:

Dear Father,

This book is brilliant. It makes the greater part of the rest of the “JFK” stuff look like the sensational junk it is. Hope you like it as much as I do.

Love Rob
Christmas 1992

Conspiración Iguana

Conspiración Iguana - Pilar Quintana

JAV es el rey del complejo JAV. Sus clientes son sirvientes. El complejo surte a sus habitantes con todo lo que un ejecutivo necesita para asegurar el éxito. El éxito: derecho fundamental y condena. La literatura inspiracional es la religión con mayor crecimiento mundial. Sus autores son los nuevos profetas. La literatura inspiracional es (ciencia) ficción aplicada. Sus autores son receptáculos de esa ficción y, por ende, son producto y mito. La religión del éxito, como toda religión organizada, es opresión. Física: toda opresión genera una respuesta opuesta y complementaria. Pero esta respuesta requiere la opresión. La selva en la azotea del complejo es la respuesta. Pío es Tarzán en su selva de cartón. Psicotropia en Disneylandia para recuperar el espíritu del triunfo. Su contraposición, sin embargo, es sólo aparente: Pío sirve a JAV tanto como JAV sirve a Pío. Bucle cínico. JAV siempre gana.

*

Es curioso como la narración en Conspiración Iguana se sostiene todo el tiempo entre un thriller noir casi normativo con componentes psicodélicos-sexuales (+ algo de fantasía) y la comedia costumbrista colombiana (en acento caleño) de personajes pintorescos (piensen Betty la Fea o Vuelo secreto). La combinación alcanza a perturbarme por momentos (desacostumbrado como estoy a la televisión nacional) pero la dejo ser porque no se siente forzada. No hay excesos estilísticos en ninguna dirección. La protagonista registra desde la experiencia (aunque la experiencia la supere). No hay transiciones bruscas entre ambas facetas: las dos coexisten amistosamente. El cierre de la novela es anticlimático. Entiendo esta particularidad como un refuerzo del discurso crítico que propone. Hasta ahí todo bien. Pero los dos secretos que sustentan la tensión (el proyecto de Pío y la identidad de JAV) me parecen, una vez revelados, insuficientes para justificar la trama, sus misterios y sus intrigas. Esperaba más en ese sentido.

Lecciones de Marketing Editorial

Un libro de introducción al ajedrez en la sección de juegos y pasatiempos de Chapters. Título: Beyond Sudoku.

La luna en los almendros

La luna en los almendros, de Gerardo Meneses Claros, es una novela sobre dos niños en el campo profundo colombiano (cuasi-selvático) inmersos en (el rumor de) la guerra. Los niños no son ingenuos ni (como es tradición en el género) viven engañados en una realidad paralela fantasiosa creada por sus papás para protegerlos. Ven cuadrillas de la guerrilla y patrullas militares cruzar el caserío donde queda su escuela. A veces hablan con ellos. Tal vez desconocen la naturaleza de la guerra, pero los hombres armados son parte de su vida diaria, lo que no quiere decir que sean insensibles a la violencia: entienden la amenaza o al menos el riesgo; saben que las balas matan y que hay cosas de las que es mejor no hablar. El marco de la historia, sin embargo, no es la guerra sino (para contrastar) la vida bucólica infantil idealizada que perderán cuando el rumor explote. En los intermedios que separan los encuentros in crescendo con la guerra, los niños juegan en el campo y se sorprenden tal vez con demasiada frecuencia de la belleza natural que los rodea. Esta extrañeza recurrente ante lo cotidiano (los atardeceres, la luna, los animales, la lluvia) es incómoda en parte porque el narrador (aunque de estilo normativamente literario y sobre-lírico por momentos) pretende ser uno de los protagonistas (i.e., un niño campesino de unos diez años). En suma la novela, pese a la trama agridulce, siempre va sobre seguro y, sin ser abiertamente política, tiene un propósito pedagógico de conscientización/denuncia buenista casi explícito, lo que siempre es apreciado por el establecimiento cultural nacional. La luna en los almendros ganó en 2011 el premio de literatura infantil El Barco de Vapor – Bibioteca Luis Ángel Arango. Fue uno de los libros que nos trajo mi mamá cuando vino a recibir a Laia. Ayer por la noche la leímos en la cama.

Sábado (Constatación brutal del presente)

No sé qué clase de libro es este. No sé, ni siquiera, si es un libro o algo más que un libro. En esas estoy. Lo acabo de leer, no por primera vez, no por segunda vez, no por… y no sé qué es esto ni cómo abarcarlo en tres párrafos que le hagan justicia a lo que es o lo que pretende ser (que creo que son lo mismo). Entonces me digo que yo lo vi crecer. Lo leí en intercambios de correos (con propuestas, sugerencias y batallas estilísticas casi a muerte) y en versiones preliminares, y siempre me preguntaba para dónde va Javier con todo esto, qué es lo que nos (me) quiere decir. Y no se puede decir que no conozca a Javier (que es mi amigo, como él aclararía con esa corrección que lo caracteriza) ni que no entienda sus preocupaciones. Son asuntos de los que hemos hablado antes (como en siempre). Es la idea de que la literatura permite disposiciones de información que niegan el tiempo o que lo pervierten pero todavía más: es la idea de que la literatura permite narrativas que se niegan (se refutan (se destrozan)) a sí mismas (o, peor, que todas de alguna manera lo hacen). La Constatación Brutal del Presente es la realidad pero también es la negación violenta de cualquier intento de condensarla. Es el hecho de que el tiempo es en esencia discreto y cada paso (salto cuántico) es una patada salvaje a la cara. Este es un libro muy serio. No es un libro para tomarse a la ligera. No es un libro que se pueda leer en una tarde de tedio ni sentado en un balcón con una copa de vino dulce en la mano ni desinteresadamente en un tren entre el punto A y el punto B, protegido de la tormenta. Es un libro confuso. Es difícil (de leer, de escribir, de digerir, de aceptar). Es intencionalmente desorientador. Es un acto de contorsionismo extremo: la reflexión entera (total (absoluta (definitiva))) sobre sí mismo; la teoría y la práctica de una cierta preocupación por escapar de los esquemas (¿para encontrar qué? ¿para evadir qué? ¿para llegar a dónde?). Yo, que soy católico, creo que esos esquemas existen por una razón pero Javier es entre otras cosas sindicalista (y por ende terco) y siente que son opresivos. Lo entiendo. También cree que no son efectivos (que hay cosas que se quedan por fuera; que la confusión y lo truncado no pueden ser ignorados; que su adopción general artificializa la experiencia). Eso lo entiendo todavía más. Digo Javier y siento que hablo de mí mismo pero no es así. Hablo de Javier, no de javier (que es el otro). Leo Constatación Brutal del Presente por enésima vez y todavía hoy es como si fuera la primera vez. Todavía me pierdo. Me cuesta. Pienso en las maneras como he intentado leer este libro. (1) Como un guión (o un tratamiento de un guión) de una película imposible de filmar porque los actores (no sus personajes) son asesinados en la primera escena. (2) Como un ensayo práctico sobre la narratividad que es incapaz de prosperar (¿de escapar?) por su compulsión de ser consciente de que ocurre. (3) Como una parábola de la vida atenta a la cinta transportadora vacía. (4) Como un homenaje tipo Enrique Vila Matas meets David Lynch meets Сталкер meets David Cronenberg meets Михаи́л Алекса́ндрович Баку́нин meets Raymond Roussel meets… meets 三池 崇史 meets itself (and implodes). (5) Como el primer capítulo del libro al que hace referencia esa secuencia interminable de notas al pie de página que se hace llamar El Lamento de Portnoy. (6) Como un panfleto político para desesperanzados extremistas. (7) Como la no-ficción postapocalíptica pesadillesca que por fin entiende que la idea del final del mundo y del tiempo (que es hoy, ahora mismo (¡suena pólvora afuera para celebrar!)) es precisamente que no queda nada (¡nada!) y por ende probablemente lo que haya por narrar sea tan o más indescriptible que las peores bestias que se ocultan por eones bajo el mar. Pienso, cuando lo cierro —estoy sentado en el balcón con una copa de Pedro Ximénez en la mano ya casi vacía—, en lo que tuvo que pasar para que llegáramos hasta acá (en lo que perdimos, en lo que vimos partir, en lo que dejamos, en lo poco que aprendimos, en los golpes, en el dolor, en la fuerza de vivir). Y en lo que falta por pasar. Creo que ya no tengo miedo. Hago, por precaución, un inventario de lo que llevo en mis bolsillos. Es suficiente. Es apenas lo esencial.

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Miércoles

Terminé de leer The Pale King esta mañana. Tal vez luego diga algo al respecto. Por lo pronto transcribo las notas rápidas que tomaba al cierre de cada capítulo para no perderme. Soñé que Pedro Poitevin escribía una novela y me la enviaba para leerla. Me daba mucha envidia porque tenía “peleas de verdad”. No desayuné. El plan es empatar lo que estamos haciendo con el trabajo de Anand en el contexto diferencial o algo así. Almorcé una milanesa de cerdo con ensalada. Hablé con Laura y Carolina por la tarde. Preparé una sopa de miso con honguitos largos blancos (siempre olvido el nombre) y tofu por la noche. Me gusta, siempre me ha gustado, licuar zanahora en jugo de naranja. Unas niñas secuestradas gritan y lloran en la televisión. El secuestrador (y asesino serial en desarrollo) les dice que son unas malagradecidas. También vimos Modern Family. Simpático.

Algunas lecturas: Íñigo reseña Inside Job, Shantha lee poesía, Lola reseña los libros que lee, Nanda comparte secretos matrimoniales, Vega se burla de quienes escribimos diarios, los mexicanos invaden Wondermark, Henry Sánchez “El Forrest Gump Colombiano” llega a México (aquí entrevista extensa (altamente recomendada)), y Constatación brutal del presente, la novela de Javier Avilés, se podrá comprar en Colombia.

Libros que cambiaron mi vida

Siempre que abro un libro espero que cambie mi vida. Tengo ese propósito. En consecuencia, todos los libros que leo cambian mi vida de alguna manera. La disposición es lo más importante. Algunos libros cambian mi vida sin siquiera leerlos. Basta que alguien los lea por mí, o que finja leerlos. Cambio mi vida por libros que luego no leo por pura pereza. La lectura es autosuperación y confrontación. La escritura, que es otra forma de lectura, es exploración y autoconocimiento. Leo y escribo para entenderme y (des)estructurarme, para dudar. Leo para que me digan lo que soy y lo que quiero. Leo, también, para sentir que estoy equivocado, que no sé, que no estoy seguro (que no debería estar tan seguro) de lo que quiero ni de lo que siento. No sé cómo me cambian los libros. No sé quién sería si no hubiera leído un libro u otro. No creo que necesite leer ningún libro. No soy capaz de discernir lo que era de lo que soy o seré. Sospecho que ningún libro me ha cambiado la vida radicalmente. Jamás he esperado que las lecturas me rediman. Nunca he esperado mayor cosa de un libro salvo, tal vez, que me cambie la vida. Pero todo me la cambia, incluso cuando no quiero.

Martes

Soñé que estaba en Bogotá, en una fiesta. Hablaba con Patricia. Los gatos me levantaron muy temprano (Gonta está empeñado en declarar las cuatro de la madrugada como hora oficial de juego) pero me volví a dormir. En el tren leo Manufacturing Depression o miro episodios de Los Soprano. Por las noches leo un capítulo o dos de Bone. Todavía no me convence. Es demasiado goofy para mi gusto.

Los martes no tengo clase. Por las mañanas trabajo con Rahim y Ómar y por las tardes, cada quince días, hay seminario de lógica. Hoy no hay seminario, pero debo preparar mi charla para el coloquio del departamento, que será el próximo lunes. Es la primera vez que tengo la oportunidad de hablar de mi trabajo a matemáticos que no trabajan en mi especialidad. Ese es un reto que me gusta. En general, me gusta el reto de convertir temas complicados en temas digeribles y además interesantes para una audiencia amplia. Tal vez por eso disfruto la docencia.

El trabajo con Rahim y Ómar es entretenido. Queremos desarrollar, en el contexto más general posible, una teoría de Galois de ecuaciones de diferencias (tal vez sobre cuerpos (iterativos) diferenciales (ojalá en característica arbitraria)). Los especialistas en el tema se restringen usualmente a ecuaciones lineales, pero la teoría de modelos permite explorar versiones “no lineales” (en el sentido de que las ecuaciones ocurren sobre grupos algebraicos no lineales) sin hacer demasiada álgebra. Actualmente intentamos aislar la noción correcta de σ-grupo. Anand y Piotr tienen una propuesta en este artículo pero hoy concluímos que, para nuestros propósitos, es demasiado débil. Queremos, en particular, que un σ-grupo sea equivalente a un grupo algebraico con un automorfismo del cuerpo de funciones de la misma manera que un D-grupo es un grupo algebraico con una derivada en el cuerpo de funciones. El riesgo, claro, es que al restringir el escenario nos quedemos sin ejemplos. Calibrar una definición es una tarea sutil.

When you reach me, de Rebecca Stead

A los doce años nadie sabe nada y creo que parte de las cosas que se descubren a esa edad es precisamente eso. Es frustrante al principio y después liberador. Al menos yo lo recuerdo así. Luego, como a los veinte años, se vuelve a sentir que se sabe todo y esa fase es más larga y engañosa. El golpe al final, creo, es lo que llaman adultez. Pero antes de eso todo el mundo tiene doce años y no sabe absolutamente nada de la vida. No sabe ni siquiera que se va a morir. No sabe que muchos que conoce se van a morir antes que él. No importa cuánto los quiera, se mueren. No hay nada que se pueda hacer. Es inevitable. Hay que sentarse en la casa de su papá a esperar a que llamen a decirnos que mi abuelo ya se murió para poder ir a la funeraria en Chapinero a llorar de verdad y arrepentirse por no haber querido saludarlo la última vez que lo visitó, por puro miedo de verlo así. Y no sabe ni entiende nada. Esperaba que el abuelo o la mamá o el amigo o el hermano vivieran para siempre. Esperaba que estas cosas tristes estuvieran fuera del alcance de su (mi) vida. Lo que se empieza a disolver a los doce años es la aparente perfección de esa vida idílica sobreprotegida donde nada malo nunca pasa. Pero a mí me parece que la caída de esa aparente percepción de perfección da paso a una nueva perfección un poco más equilibrada y duradera basada en el valor de lo que tenemos mientras lo tenemos. Las personas empiezan a importar más, el tiempo se siente y uno sigue sin saber nada, pero al menos ahora el mundo está ahí, afuera, por fin visible, para empezar a aprender.