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Martes

Soñé que estaba en Bogotá, en una fiesta. Hablaba con Patricia. Los gatos me levantaron muy temprano (Gonta está empeñado en declarar las cuatro de la madrugada como hora oficial de juego) pero me volví a dormir. En el tren leo Manufacturing Depression o miro episodios de Los Soprano. Por las noches leo un capítulo o dos de Bone. Todavía no me convence. Es demasiado goofy para mi gusto.

Los martes no tengo clase. Por las mañanas trabajo con Rahim y Ómar y por las tardes, cada quince días, hay seminario de lógica. Hoy no hay seminario, pero debo preparar mi charla para el coloquio del departamento, que será el próximo lunes. Es la primera vez que tengo la oportunidad de hablar de mi trabajo a matemáticos que no trabajan en mi especialidad. Ese es un reto que me gusta. En general, me gusta el reto de convertir temas complicados en temas digeribles y además interesantes para una audiencia amplia. Tal vez por eso disfruto la docencia.

El trabajo con Rahim y Ómar es entretenido. Queremos desarrollar, en el contexto más general posible, una teoría de Galois de ecuaciones de diferencias (tal vez sobre cuerpos (iterativos) diferenciales (ojalá en característica arbitraria)). Los especialistas en el tema se restringen usualmente a ecuaciones lineales, pero la teoría de modelos permite explorar versiones “no lineales” (en el sentido de que las ecuaciones ocurren sobre grupos algebraicos no lineales) sin hacer demasiada álgebra. Actualmente intentamos aislar la noción correcta de σ-grupo. Anand y Piotr tienen una propuesta en este artículo pero hoy concluímos que, para nuestros propósitos, es demasiado débil. Queremos, en particular, que un σ-grupo sea equivalente a un grupo algebraico con un automorfismo del cuerpo de funciones de la misma manera que un D-grupo es un grupo algebraico con una derivada en el cuerpo de funciones. El riesgo, claro, es que al restringir el escenario nos quedemos sin ejemplos. Calibrar una definición es una tarea sutil.

When you reach me, de Rebecca Stead

A los doce años nadie sabe nada y creo que parte de las cosas que se descubren a esa edad es precisamente eso. Es frustrante al principio y después liberador. Al menos yo lo recuerdo así. Luego, como a los veinte años, se vuelve a sentir que se sabe todo y esa fase es más larga y engañosa. El golpe al final, creo, es lo que llaman adultez. Pero antes de eso todo el mundo tiene doce años y no sabe absolutamente nada de la vida. No sabe ni siquiera que se va a morir. No sabe que muchos que conoce se van a morir antes que él. No importa cuánto los quiera, se mueren. No hay nada que se pueda hacer. Es inevitable. Hay que sentarse en la casa de su papá a esperar a que llamen a decirnos que mi abuelo ya se murió para poder ir a la funeraria en Chapinero a llorar de verdad y arrepentirse por no haber querido saludarlo la última vez que lo visitó, por puro miedo de verlo así. Y no sabe ni entiende nada. Esperaba que el abuelo o la mamá o el amigo o el hermano vivieran para siempre. Esperaba que estas cosas tristes estuvieran fuera del alcance de su (mi) vida. Lo que se empieza a disolver a los doce años es la aparente perfección de esa vida idílica sobreprotegida donde nada malo nunca pasa. Pero a mí me parece que la caída de esa aparente percepción de perfección da paso a una nueva perfección un poco más equilibrada y duradera basada en el valor de lo que tenemos mientras lo tenemos. Las personas empiezan a importar más, el tiempo se siente y uno sigue sin saber nada, pero al menos ahora el mundo está ahí, afuera, por fin visible, para empezar a aprender.

Kindle

Aquí todos flotan

Bonito

Jueves

Tengo puesta la camiseta de MeetUp que me regaló Mercedes. Por la mañana me sentí un poco mal así que al medio día Mónica vino a acompañarme. Comimos hígado del que hice ayer. Por la tarde necesitaba un poco de entretenimiento ligero (y aire), así que a las tres fuimos a ver The Sorcerer’s Apprentice. Resultó mejor de lo que esperaba, pero debo advertir que yo no esperaba nada. Luego de cine fuimos a la librería de usados en Richmond y compré algunos libros de Roald Dahl para Mauricio (The Twits, The Witches, The BFG y Going Solo, que es más para mí). También compramos The Wind in the Willows y una engendro llamado The Bad Child’s Book of Beasts/More Beasts for Worse Children/A Moral Alphabet. Mónica, por su parte, compró una guía de aves de norteamérica para identificación en campo. Ah, sí: por la mañana, temprano, encargué un Kindle Wi-Fi en Amazon. Llegará al tiempo con el parto.