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Encuentro

Hoy mientras limpiaba la paila con una esponja jabonosa y agua caliente para remover la grasa acumulada se formó momentaneamente al fondo de la paila un gran ojo humano y manso compuesto de capas de jabón elípticas. Me miró y se desvaneció. No supe qué decirle.

Limpieza

Desde hace años recibo por error correos del administrador de un centro comercial en Caracas, Venezuela, donde informa a los locatarios de las novedades y eventualmente publica listas de morosos de las cuotas que, supongo, pagan su salario. Nunca he tenido el coraje para informarle que mi dirección no es la correcta. Creo que lo echaría mucho de menos. Llevamos demasiado tiempos juntos. El correo de hoy dice así:

Buenas tardes, le escribo para informarles que mañana realizaremos la limpieza del tanque y las bombas de aguas negras por lo que cortaremos el agua de 7:00 am a 9:00 am para dar chance a los señores que se sumergen en los mismos.

Mi solidaridad está con esos valientes que se sumergen en tanques de aguas negras para limpiarlos. Es probable que sean colombianos.

Comunión

Estamos ahí para sentir que compartimos algo. Una mujer se sienta junto a mí en el mirador. Me pregunta cuántas semanas tiene la niña. La vida de Laia todavía se mide así. Yo también la mido así. A veces cuento los días.

Una familia serbia (tienen que ser serbios) cruza la avenida y sube como puede al parque para tomarse una foto sobre la estatua en honor a Tesla, que mira el agua desde lo alto de un motor gigante de corriente alterna. En la cima de la ladera de museos oportunistas, comidas rápidas y paseos “en 4D” sobre cualquier cosa vacía concebible hay un mini-golf de dinosaurios con un volcán de plástico que estalla en llamas cada veinte minutos. Una mujer en el Starbucks con una camiseta de súper héroes no sabe qué comprar y finalmente, desesperada, agarra una taza souvenir que dice Niagara Falls y paga doce dólares por ella. Los recuerdos tienen precio. Un foto-montaje con las cataratas congeladas atrás en modo idílico sobre-saturado de atardecer otoñal cuesta quince dólares. Las mujeres sonríen fácil cuando ven a la bebé. Estiman su edad de acuerdo al tamaño. Nos felicitan. Parecen felices por nosotros. Las calles están atestadas de turistas y probablemente todos quieren (queremos), en el fondo, huir de ahí. Pero todos resisten. Los sostiene el ruido del agua, o su visión, o ambos. En un panfleto leí que en 50.000 años las cataratas del Niágara dejarán de existir. Queda poco tiempo.

Cuando fuimos por primera vez Mauricio acababa de nacer y morir. Conocer las cataratas era el sueño de niñez de mi mamá así que sacamos fuerzas y fuimos en tren, con escala de una tarde y una noche en Toronto. Recuerdo muy poco de esa visita. Estábamos muy tristes. Llovía. Hacía frío y el malecón junto a las cataratas estaba casi vacío. Tomamos el barco que se hunde en la herradura de caídas y gritamos, creo que de rabia o de resistencia a la resignación, cuando el barco se detuvo al borde del abismo inverso y todo era agua y rugido alrededor. Se sintió bien, tranquilo. Era como si no fuéramos nada. Una vez María Lucía me contó que en Japón dicen que los Jizo ayudan a los niños muertos a cruzar el río Sanzu cuando sus papás no pueden acompañarlos. Seguro que ese río más que correr cae. A la salida, mi mamá compró llaveros para todos en el pueblo y luego almorzamos en un local de Wendy’s lleno de pájaros hambrientos.

El río Niágara tiene una vida breve: nace en el lago Erie, bifurca, se reunifica en las caídas y corre revitalizado hacia el norte hasta fundirse en el lago Ontario. Mide 58 kilómetros (no sé si cuentan las alas de la bifurcación). Luego de visitar las cataratas y hastiarnos de la oferta de trampas turísticas fuimos hasta su desembocadura, en el pueblo de Niagara on the Lake. Ahí, junto a la playa Mississauga, al lado de un viejo fuerte, cinco adolescentes se bañaban junto a un muro de piedras cúbicas que sostiene la costa en su lugar. Salieron del agua cuando el sol empezó a caer. Les tomé una foto mientras se secaban. Laia parecía maravillada con el sol.

Martha Marcy May Marlene

Martha Marcy Mae Marlene

Martha despierta llena de nombres de un mal sueño de dos años. Los nombres son marcas o máscaras. Cada uno cumple un propósito. Martha es soledad y desconfianza. Marcy May es maestra y líder (también testigo). Marlene (Lewis) la pluraliza y ofusca. Marcy May es acogida y sólo debe encontrar su labor. Puede tomar tiempo. Tal vez no es suficientemente fuerte. Cada nombre es el fantasma del anterior. Se intercalan en muertes cíclicas. Se confunden y la confunden. La obediencia es liberadora, me dijo una amiga alguna vez. Con paciencia, con sacrificio, todas serán elegidas otra vez.

Viernes

La casa limpia. Oda a la casa limpia. Limpio la casa para sentirme limpio por dentro. Cuando me siento limpio las cosas funcionan y me cuesta menos ser. En la limpieza de los platos, del piso, del sofá, de las repisas, de los mesones de la cocina, encuentro un propósito preciso y realizable, algo que me ocupe sin perturbarme ni frustrarme. Limpiar me exige esfuerzo y concentración y en compensación recibo, al terminar, esto: la sala en silencio, el gato negro de espaldas sobre el suelo mirando lo que pasa afuera, la mirada fija del gato amarillo sobre el tapete, el ruido de la tormenta que se aleja, la silla ligeramente reclinada, olor a calma.

Jueves

Poderoso cielo azul luego de varios días nublados. Monto uno de los estantes de libros junto a mi escritorio. Lavo la ropa y las mantas para recibir a las visitas. Lavo los platos. Limpio la arenera. La rutina le da propósito a la vida. El propósito es la rutina. Trabajo buena parte del día en algo que le debo a Alejandro. Almuerzo pastas. Tengo antojo de helado de amazake. Hablo un rato con mi mamá. Le cuento una película. Me pide que deje de ver películas de esas. Empiezo, una vez más, a leer el artículo de Rahim y Tom. David Bowie y Freddy Mercury cantan Under pressure: “Can’t we give ourselves one more chance? Why can’t we give love that one more chance? Why can’t we give love? Because love’s such an old fashioned word and love dares you to care for the people on the edge of the night. And love dares you to change our way of caring about ourselves. This is our last dance. This is ourselves.” Mónica llega temprano. Hace cheesecake de chocolate blanco y frambuesa. Sergio se reporta sano y salvo desde las tierras del norte. Pocos e-mails hoy. No sé qué cenaremos esta noche. Un sánduche, tal vez. Algo ligero.