Rango Finito

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literatura

Sublimación

Elizabeth Short antes y después.

A la teoría de la ficción no le interesa la ficción. A duras penas la entiende y pocas veces (¿nunca?) la enriquece. Le preocupan otras cosas. Su papel es, más que nada, adecuar la ficción a los requerimientos que permitan que sea impartida y departida como tema respetable dentro del medio académico establecido. Hay personas a las que esto les parece importante. Probablemente genera flujos de plata y acelera el posicionamiento político de los ungidos. Para lograrlo, se valen de la creación y desarrollo de un lenguaje y un discurso privado y solemne (que en los mejores casos es vacuo y en los peores es incomprensible) dentro del cual la ficción es sistemáticamente malinterpretada, descontextualizada, hiperreferenciada y mutilada para luego ser abandonada irreconocible en un potrero, así. A eso se le llama apreciación crítica. Algunos lo equiparan a leer de verdad.

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HermanoCerdo.com

Ayer iniciamos operaciones en la nueva versión de HermanoCerdo (ahora —¡por fin!— en dominio propio). Parece que ha sido bien recibida, pese al poco contenido todavía disponible. En esta nueva etapa, publicaremos un mínimo de dos artículos semanales y ahora contamos con una sección de reseñas que crecerá, esperamos, también semanalmente. Como parte de la inauguración de la nueva versión, ayer publicamos la entrevista que realizamos a principio de año al talentosísimo Sergio de la Pava. Es la primera entrevista que De la Pava, un autor reconocidamente reclusivo, concede a medio alguno en cualquier idioma. También para destacar, este ensayo de Jane Goodall que tradujo Jorge Salavert. Esperamos que el nuevo formato de la revista aumente la regularidad de visitas. Asímismo, queremos ampliar nuestro nucleo de colaboradores y fortalecer el contenido de la revista con ensayos y crónica que se alejen así sea sólo un poco del solipsista terreno de lo literario y tal vez interesen a un público más amplio (sueño con reflexiones sobre ciencia o la sociedad tecnológica, o con análisis de la cultura del deporte como las que Mauricio Salvador explora de vez en cuando, o con crónicas políticas o económicas) sin que eso implique abandonar a nuestra fiel y cada vez más fuerte audiencia de letraheridos base dispersos por toda latinoamérica y España.

Viernes (Personae)

Tal vez la mejor manera de describir Personae, el nuevo libro de Sergio de la Pava, es como un relato de misterio policial breve con apéndices sobredimensionados. Uno de los apéndices es otro cuento de un hombre que camina en el mar. Otro es una obra de teatro minimalista, una tragedia abstracta-moral-metafísica en dos actos titulada (ejem) Personae. Otro son fragmentos dispersos de lo que parecen reflexiones sobre, entre otras cosas, la traducción de Cien años de soledad al inglés (y en general el uso literario del inglés desde la perspectiva de un hispanohablante nativo). Otro más es la introducción (dividida en tres partes) a un ensayo sobre la percepción personal del tiempo y la edad (diría yo) basado en dos interpretaciones (¿clásicas?) de Glenn Gould de las Variaciones Goldberg de Bach. Otro son dos obituarios del New York Times. Y, a manera de epílogo totalizador, la última es una novela corta pero no tan corta (con meditaciones teológicas) sobre un hombre que busca venganza tras una toma guerrillera salvaje (con masacre y secuestro masivo) y otro hombre (que podría ser el mismo, años más tarde) que es el pionero de la venta de café colombiano bien preparado en Nueva York (este apéndice, agrego, es una de las mejores novelas que he leído sobre la guerra colombiana junto a Los Ejércitos de Evelio Rosero y esa otra novela sobre la redacción del informe de la masacre de unos indios cuyo nombre ahora no recuerdo pero que ni es colombiana ni habla de Colombia específicamente). Simplifico, claro. En realidad, Personae es la red de conexiones entre (y sobre) estos textos (que a su vez es una red (vaga) de conexiones entre personas y momentos ficticios y reales) y lo que parecería ser un capítulo más en la me atreveré a llamar la Gran-Novela-de-De-la-Pava sobre la verdad y la perfección como trampas cuya introducción extendida sería A Naked Singularity. Si esta fuera una reseña en la norma (cosa que no me interesa escribir acá) debería decir más, citar, evidenciar. Debería explicar por qué este mosaico que describo a grandes rasgos tiene sentido. Por qué su dispersión se siente compacta. Por qué la obra de De la Pava, en su oscuridad intencional de autoediciones e invisibilidades, es tan importante y relevante a la hora de entender qué significa ser hispanohablante (o incluso colombiano) hoy en este mundo (me aguanto las ganas de decir qué significa estar vivo). Por qué De la Pava necesita ser traducido y difundido con urgencia. Por qué su lectura exige paciencia y sí que la recompensa. Tal vez lo haga después en otro lugar. Hay muchas cosas que no entiendo y muchas más que no aspiro a entender. Personae me supera y, sin embargo, me siento tremendamente cómodo, a gusto, en ella. Es un libro para mí.

Sábado

Mónica me regaló de cumpleaños una suscripción anual de McSweeney’s. Es una revista que disfruto mucho desde que la descubrí, hace varios años, cuando (ya en Urbana) empecé a leer (con bastante dificultad al principio) cosas en inglés. Por nuestra parte hemos comprado varios números (y las selecciones de cuentos que editan cada tanto), pero nunca me había suscrito (soy tacaño). El primer número (37) tardó un poco (Problema adicional: los gastos de envío internacional (incluso a Canadá) son altos). Esta edición contiene, entre otras cosas, una crónica/ensayo excelente de J. Malcom García sobre un caso de violencia en Irlanda del Norte relacionado con la evolución de IRA en una banda de matones frustrados de haber perdido el control social (armado) que tenían antes de los procesos de paz (que me recuerda el estado actual del departamento de Córdoba en Colombia, dominado por bandas organizadas que antes componían el aparato de vigilantismo de derecha (aunque en el caso colombiano al caldo sangriento es necesario agregar la guerra por el control de las zonas de cultivo, procesamiento y despacho de drogas)). También hay un cuento muy agradable e ingenioso (basado en combinar narrativa y datos estadísticos) de Jess Walter sobre la vida en Spokane, Washington (un sitio deprimente, al parecer). Además, el número incluye cinco cuentos de escritores kenianos contemporáneos (que todavía no he mirado). Hay cierta tendencia high brow a despreciar (y llamar vacío) el esfuerzo de McSweeney’s por hacer que la lectura sea una etiqueta de estilo (dentro del enramado de pequeñas modas hipster), algo que denote sofisticación juvenil general, coolness, en aras de llegar a un público menos restringido (Nota: que las personas detrás de McSweeney’s sean las mismas personas detrás de esa maravilla que es 826 Valencia demuestra, para mí, cuán genuino y serio es ese propósito. Que además editen libros como este o este(s) sólo fortalece esa creencia). Los puristas exigen que el compromiso con la lectura sea estrictamente intelectual (si no (ugh) académico). Esta exigencia es, por supuesto, falaz. La verdad es que estos puristas también consideran a la lectura como un factor de sofisticación (¡y hasta una marca de clase!) y veneran los libros como objeto de exactamente la misma manera que McSweeney’s (que, por cierto, lleva el diseño y montaje de libros a una nueva dimensión estética). Lo que realmente les molesta de estas revistas que intentan hacer de la literatura algo atractivo (de moda) es que ensucia y populariza (saca del nicho tradicional) un gusto que ellos consideran exclusivo de esa sociedad (clase/casta) de personas altamente inteligentes y educadas que componen (en su opinión, las únicas acreditadas para leer correctamente). Por mi parte, estoy totalmente a favor de cualquier iniciativa que debilite esas barreras y le quite el monopolio de la lectura (y la literatura) a esa gentuza presumida.

Jueves (Ediciones Digitales)

Por arte y magia de la interneta, que todo lo cubre y todo lo puede, ahora rango finito, este proyecto unipersonal de dominio ideológico-moral a escala mundial, también es una editorial. La historia, tonta y romántica como todas, es que Mauricio Salvador, persona a quien nunca he visto pero que aprecio y admiro inmensamente, decidió que publicáramos su libro de cuentos El Hombre Elástico de la misma manera que yo lancé Inframundo el año pasado, pero, en lugar de distribuirlo gratuítamente, queremos esta vez explorar la posibilidad de venderlo a través de Amazon (para Kindle) y Lulu (para cualquier otro dispositivo). René López, ingeniero, poeta y dungeon master certificado por el mismísimo Gary Gygax, se unió al proyecto y armamos, modestia aparte, el ebook más lindo que he leído, no sólo por su contenido (los cuentos de Mauricio logran que la adolescencia noventera latinoamericana sea, por fin, esa comedia de terror que todos sabemos que fue), sino por el cuidado en la edición, la portada y diagramación en general. Al terminarlo, satisfechos, concluímos que este es un proceso sencillo y podríamos hacerlo de vez en cuando con cosas que nos interesen, por puro amor. Así surgió la idea de montar una especie de editorial cooperativa donde compilemos estas ediciones digitales y le demos visibilidad (y ojalá dinero) a sus autores aprovechando la atención que ha recibido HermanoCerdo a nivel hispano. La ventaja de estas ediciones digitales es que son de bajo costo (tanto a nivel de producción como a nivel de venta (el libro de Mauricio cuesta seis dólares)) y tienen distribución automática y amplia. La desventaja es que este es un medio que muy pocas personas del mundo cultural en español se toman en serio. Esto, claro, dificulta la labor de promoción y difusión. En eso es en lo que necesitamos más apoyo. Por lo pronto, rango finito :: ediciones digitales es un experimento, queremos ver qué tanto éxito tiene el libro de Mauricio, pero desde ya estamos considerando la posibilidad de editar en un futuro próximo otras cosas. Ayer, durante el proceso de retoques finales del sitio, redactamos un texto informativo que sirva de manifiesto de principios y reglas del juego de nuestro taller. Cada vez me gusta más:

rango finito es un proyecto cooperativo de producción y edición de libros de bajo costo en formato electrónico. Queremos que nuestro catálogo ofrezca un panorama fresco de la literatura contemporánea en español (ficción o no ficción), con algún énfasis en la narrativa breve. Descontando costos básicos de producción, las utilidades de la venta de nuestros libros llegan directamente a sus autores. Publicamos lo que nos gusta y como nos gustaría leerlo. No recibimos manuscritos para evaluación pero estamos abiertos a leer propuestas bien redactadas en 100 palabras o menos.

Domingo (Bone)

Esta mañana, después de lavar los platos, terminé de leer Bone, de Jeff Smith. Lo leí por las noches, antes de dormir, durante las últimas semanas. Leía un capítulo o dos cada noche. Nunca logró entusiasmarme lo suficiente como para volcarme en una maratón non-stop de una tarde. A partir de cierto momento, bastante temprano, perdí la esperanza de que mejorara de la manera que me gustaría que mejorara porque lo que me incomoda de Bone, lo que no me deja disfrutar la historia plenamente, está en su esencia. Tal vez haya descripciones más amables, que lo contextualicen históricamente y expliquen sus decisiones narrativas a la luz del trabajo de Walt Kelly, principalmente, pero para mí Bone es una historia épica-fantástica medianamente digna dentro de las posibilidades del género que se debate constantemente entre el humor local y la seriedad global de la trama por cuenta de tres personajes esencialmente caricaturescos a quienes Smith elige, un error serio e irreparable, como focos centrales de la historia. El resultado es lo que pasaría si las primeros tres episodios de Star Wars se centraran más (¡muchísimo más!) en Jar Jar Binks que en Anakin. Desde mi posición relativamente abierta al respecto de esa precuela trilogística, Jar Jar era un personaje prescindible cuyo propósito era simplemente cautivar al público menor de doce años, el personaje pintoresco que se tira pedos. Ese era el personaje para ellos (sí, así ven a esos niños, es triste). Desde ese sentido, acepto (a regañadientes) la decisión de incluirlo, pero sería inaceptable que la narración le diera más importancia de la que merece. Algunos comentaristas del otro lado de la fuerza aseguran que la sola presencia de Jar Jar Binks fue un atentado serio a la dignidad de la saga, pero esa me parece que es una posición dogmática que desconoce la existencia de esas películas como producto cultural comercial (al tiempo que sobrevalora la calidad y significancia general (a nivel narrativo) de las primeras tres). Lo que pasa en Bone es muchísimo más grave (exagero). Tal vez para honrar a Kelly, Smith centra su propia versión del Señor de los Anillos (porque eso es Bone) en estos tres parientes raciales de Gasparín. El resultado es una historia que no se encuenta y que, por momentos, se trata a sí misma como si fuera una idiota, como si no se creyera a sí misma. Como lector hay poco que hacer ante eso. El resultado no es tan trágico, ¡la trama nunca pierde cierto impulso!, pero cada tanto es necesario leerla pese a sí misma, desde la conciencia de que el error está en la narración (en una perspectiva y unos protagonistas mal elegidos) y no en la historia. Que la historia, con todos sus errores y cojeras, funciona, está viva.

Ahora procederé a contradecirme porque es necesario reconocer ciertas cosas: Bone, en términos de producción, no es una novela convencional. Bone, como tantas novelas gráficas, fue publicada por fascículos, pero incluso considerando eso el proceso fue inusual: el primer fascículo de Bone fue publicado en 1991 y el último en 2004. Trece (13) años, sí. En total fueron 55 fascículos, y el trabajo de edición, publicación y distribución fue asumido casi enteramente por Smith y su mujer. Para que entiendan lo que esto implica piensen que Watchmen duró doce fascículos, fue hecho por cinco personas (con una empresa inmensa (DC, los mismos de Superman) respaldándolos), y fue terminado en el transcurso de un año largo (1986-1987). Así, cuando hablamos de Bone estamos hablando de un proyecto paradigmáticamente independiente, improvisado, salvaje (medio inconcebible) y probablemente muy difícil de controlar. Smith, con toda seguridad, no sabía en qué se estaba metiendo ni tampoco sabía para dónde iba. Sus lectores, por su parte, recibían con regularidad tolerable nuevos capítulos de la novela pero lo que sostenía el interés no podía ser la trama, que avanzaba lentamente. Smith, por la razón que sea, pero tal vez principalmente porque su inspiración eran los cómics clásicos de Kelly, decidió que localmente Bone fuera por encima de todo una comedia casi que infantil, que el humor sostuviera a la audiencia mientras que el arco épico y serio transcurría al fondo (en el caso de Kelly lo que transcurría al fondo no era una novela épica sino un comentario político agudo). Desde esa perspectiva, su elección de centrarse en los primos Bone tiene todo el sentido del mundo y era hasta revolucionaria. El problema, claro, viene cuando su proyecto sin patas ni cabeza gana fuerza y audiencia, triunfa, y llega el momento de compilar todos esos fascículos en un solo volumen de mil cuatrocientas páginas donde, por la velocidad de la lectura, el arco principal gana muchísima más visibilidad y el humor local, la tontería innata de los Bone, empieza a sobrar.

Esa es mi relación con Bone. Entiendo por qué merece admiración y hasta postración como megaproyecto artístico-narrativo y si me concentro, si me imagino con dieciseis años menos y atrapado en un pueblo aburrido del midwest gringo donde recibía Bone en mi tienda comiquera de confianza un fascículo al tiempo, puedo comprender por qué Smith hizo lo que hizo y tomó las decisiones que tomó (y definitivamente puedo apreciar su habilidad para el dibujo y la narración, sencilla y efectiva, pánel a pánel, así como su cariño y dedicación por el trabajo evidentes en cada página), pero cuando pierdo la concentración y soy de nuevo yo y leo la monstruosa edición de un volumen, me gustaría poder tomar la historia y decir todo esto sobra, todo esto no es para mí, todo esto ya no es necesario, ya no, y cambiar algunas perspectivas y algunos énfasis y quitarle predominancia a Fone Bone, a Smiley Bone y sobre todo a Phoney Bone (el personaje más detestable de la historia del cómic universal) a cambio, tal vez, de profundidad en la mitología y contextualización del mundo, de apartes intercalados de la infrahistoria, de una aproximación más seria (no en el sentido de solemne) de la trama.

Algo parecido (si no peor) me pasa con El Incal, pero de eso mejor hablo otro día.

Adenda: Me acabo de dar cuenta de que The Abominable Charles Christopher, de Karl Kerschl, es, en más de una dimensión, un heredero casi directo de Smith y Bone. En mi opinión, este es uno de los mejores webcomics en desarrollo (lleva en pie cuatro años), y uno de los pocos que se toma en serio la misión de contar una historia. Es casi obligatorio leerlo. Aquí el inicio.

Sábado

Día fresco, casi frío. Cada vez estoy más convencido de que Melville tenía un propósito claramente humorístico al escribir Moby Dick. Digo esto porque en mi primera lectura de esta novela, cuando era demasiado joven para apreciarla, me pareció sobre todo seria y pesada. Esta lectura me ha reconciliado con la narración de Ishmael. Ahora me parece mucho más adolescente y divertida. Una novela de aventuras trágicas con acotaciones humorísticas. Ese humor raro de Melville, que le dedica capítulos al estudio frenológico de la cabeza del cachalote y otros a reflexionar sobre la posibilidad de que San Jorge no haya matado un dragón sino una ballena o a intentar explicar en tono enciclopédico cómo fue que Jonás pudo vivir entre una ballena, es una de las grande virtudes del libro. Me alegra haberme embarcado (verbo nunca mejor usado en este contexto) en esta relectura tranquila. Leo despacio últimamente, me cuesta muchísimo concentrarme. “You live your life as if it’s real, a thousand kisses deep.”

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(Leonard Cohen, A thousand kisses deep)

Eat me

Helen Ferris obviously took great pleasure in listening to Nachman, and yet, in the center of her rapt, almost delirious focus, Nachman saw a curious blank spot, as if she were not conversing so much as savoring. Her brown eyes devoured his, and her smile suggested a rictus in its unrelieved tension and shape. This intensity, and her alarming red lipstick, made Nachman think she wanted to eat him. A smile is a primitive expression, he supposed, carried in the genes, the reflexive anticipation of a meal—not necessarily of people, but who knows the ancestral diet? Nachman smiled in response, but felt no desire to eat her.

—Leonard Michaels, Cryptology

Gained in translation

A: Who reads classics these days?
B: I do. I’m reading Moby Dick.
A: In English?
B: Nope. I decided to try the Russian translation this time.
A: Nice, I read it once
B: People say the Russian translation is better than the original.
A: Well, that’s a universal statement. It’s much easier than the original. Russian translation is always better.
B: Russian really gives you the essence of the work.
A: It’s actually quite a common tradition among Russian translators to improve the text. Some of them were talented. For example, a canonical translation of Hamlet into Russian was done by Pasternak.
B: Oh. I didn’t know that.
A: He hardly spoke english, but was a genius poet.
B: And is it better?
A: The text is quite good. I’d say same level.
B: But is it at least more or less the same story? Does it have extra scenes?
A: Because it’s already maximally good, you can’t improve.
B: That’s what I imagined.
A: But yeah, some more erotics are included. And a bit of fanfic.
B: Russians always doing the right thing.
A: A bit of homo, too.
B: Of course.
A: Some BDSM.
B: Shakespeare was always a pussy when it came to porn.
A: Right, Victorian bastard. I think he died virgin like I will.

Jueves

Nachman (supongo) trabaja en teoría de números (o teoría de grupos) en Santa Monica y durante años le dedicó tiempo a pensar en la penúltima conjetura, un problema abierto propuesto durante la segunda guerra mundial. Nachman es reconocido por su lentitud y la solidez de sus resultados. Un día, Nachman se entera de que un colega reconocido por su trabajo en diferentes áreas ofrecerá una conferencia en San Francisco donde presentará su prueba de la penúltima conjetura. Nachman siente envidia y alivio. Envidia porque a veces sentía que ese era su gran problema pendiente, el que estaba destinado a resolver. Alivio porque ya no tendrá que pensar otra vez en él. Como sea, curioso de ver la demostración, de confrontarla con su autor presente, Nachman toma un avión de Los Angeles a San Francisco. Pero a los diez minutos de iniciarse la charla Nachman sabe en qué dirección va la demostración, y a la media hora sabe también que este colega renombradísimo ha cometido un error que Nachman mismo también cometió alguna vez, en uno de sus varios intentos de demostrar la conjetura. Esto lo llena de ansiedad, porque Nachman es tímido, le preocupa pasar por presumido y no quiere humillar en público a su colega, a quien siempre ha admirado, así que se contiene y espera que alguien más note el problema por él. Por desgracia, nadie dice nada y Lachman sufre sin saber cómo decirle al orgulloso conferencista que su demostración tiene un error fatal.

Aquí la descripción de Michaels de la penúltima conjetura:

The problem of the Penultimate Conjecture was formulated during the Second World War by brilliant English cryptographers who broke the German code Enigma. Germans, also brilliant, broke English codes. Obscure men, and some women, who had a knack for solving puzzles, analyzed the coded messages of the enemy so that nameless soldiers, sailors, and airmen could be blown to bits, drowned, burned alive. A proof of the Penultimate Conjecture would have no such practical consequences—at least none yet known—but for mathematicians, it was a glamorous problem indirectly associated with horrendous violence.
—Leonard Michaels, The Penultimate Conjecture

Musical

Metaphysics was words. Nachman had nothing against words, but as a mathematician, he kept trying to read through the words to the concepts. After a while, he believed he understood a little. Bergson raised problems about indeterminate realities. He then offered solutions that seemed determinate. Mathematicians did that, too, but they worked with mathematical objects, not messy speculations and feelings about experience. But then—My God, Nachman thought—metaphysics was something like calculus. Bergson himself didn’t have much respect for mathematics. He thought it was a limited form of intelligence, a way of asserting sovereignty over the material world, but still, to Nachman’s mind, Bergson was a kind of mathematician. He worked with words instead of equations, and arrived at an impressionistic calculus. It was inexact—the opposite of mathematics—but Bergson was a terrific writer, and his writing was musical, not right, not wrong.

—L. Michaels, Nachman from Los Angeles