Rango Finito

Un blog para Mauricio Arturo

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Támesis

Ayer vi a un señor comiendo pizza en el río. Cruzaba el puente de camino al centro y lo vi parado en una piedra en la mitad del río: un hombre con tatuajes, barba y gorra, con un pedazo de pizza en la mano. No sé cómo hizo para llegar ahí. Miraba la corriente desolada y comía. Hace unas semanas, cuando Santiago estuvo de visita, paramos en ese mismo puente a ver los bancos de peces. Había cientos de todos los tamaños en pausa bajo el puente dentro de su travesía primaveral contra la corriente. A unos quinientos metros del puente hay un dique que impide que continúen su viaje (que cierren su ciclo), pero eso los peces no lo saben, así que nadan hasta el dique e intentan escalar la caída de agua, usualmente sin éxito, con el propósito instintivo de volver al paraíso oxigenado donde nacieron sus antepasados.

Intersección

Anoche, a la 1 am, desde la ventana del cuarto.
(30 segundos de exposición.)

Gradiente

Miércoles (Ruidos Blancos)

El olor a pasto húmedo. El cuervo inmenso en el árbol que hace la venia y dice taca-taca-ta. El sueño del gato. La invasión imparable de las hormigas. El rumor de las obras que se acercan. La intranquilidad. Las lluvias esporádicas que sostienen el color del cielo. El corte suave del tomate que es sólo jugo y semillas. Un vaso que se revienta al contacto con el agua. El frío en los pies. La serenidad del árbol verde que nos mira desde afuera. La percepción cambiante del tiempo con sus horas disparejas y sus eternidades acotadas entre los oficios. La espinaca fresca. El chorro de agua caliente en la espalda. El recorrido de la luz sobre la sala. Las lecturas anidadas que vuelven la cotidianidad un texto. Los códigos frágiles que sostienen la estructura. El frío del gato en la ventana. La menta en el enjuague bucal. El ruido de agua que no se ve. Los bichos misteriosos en la tina del baño. Las almohadas frescas contra la cara. Las noticias vacías que exigen que todos las miren y admiren. La canela en el agua humeante. Las instrucciones para las máquinas. Los conteos. Los pájaros. Las recurrencias. Lo que no fue.

Viernes (Lorelei)

Sábado

Vimos Sucker Punch y la pasamos bien. Las películas hay que juzgarlas de acuerdo a sus aspiraciones, a lo que pretenden ser, y Sucker Punch es perfecta en su género. Lo consolida. Le da sentido. El género de Sucker Punch es el thriller psicosexual de explotación gótico-sf-fantástico adolescente con intermedios musicales (Población: un (1) habitante). La fortaleza de Sucker Punch es la habilidad sobrenatural de Zack Snyder para montar escenas, musicalizarlas y colorearlas, para abusar de la gramática cinematográfica y poner el estilismo más desbordado a su servicio, de rodillas (en esta ocasión, además, libre de compromisos con historias ajenas por adaptar). Snyder monta secuencias donde, sin razón alguna, la cámara atraviesa espejos y continúa viajando por el espacio reflejado limpiamente, sin alardeos. Eso es Snyder en modo sutil. Aunque se podría pensar en razones, tal vez no sea del todo gratuito. Se podría pensar que en tanto que Sucker Punch transcurre dentro de la fantasía evasora/negadora de su protagonista, el mundo y su reflejo son indistinguibles en homenaje velado a mi colega Charles Dodgson. De ahí que los espejos no sean barreras. Tal vez la mayor debilidad de Sucker Punch sea su sentido de la historia, su desprecio por lograr un cierto nivel de coherencia global que nos convenza. Es una historia escrita por un niño. Si tuviera plata y talento me dedicaría a hacer películas así. Debe ser divertidísimo.

Luego del cine fuimos al mercado y compramos sobrebarriga. Al llegar a la casa llamé a mi abuela en Bogotá para que me recordara su receta. La acompañamos, como ordena la tradición, con papas chorreadas. Quedó rica. Hacía once años que no me comía una sobrebarriga.

(El 80% de la zona central de Londres, Ontario, luce así.)

Ciclos anidados (27): Tren

Rojo y blanco

Muro

Tacos