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Veterinaria

Gatos enfermos.

Nuestra veterinaria es de una escuela que predica la tesis de que los gatos enfermos son imposibles de distinguir de los gatos sanos a menos que sean evaluados regularmente por un experto como, coincidencia, ella. La idea es que los gatos están adaptados evolutivamente para fingir que están bien aunque estén mal para no lucir débiles ante potenciales depredadores. En su consultorio hay volantes y afiches que promueven esta filosofía. En uno de los volantes salen una foto de dos gatos descansando cabeza contra cabeza, lucen a gusto, pero abajo dice

ONE
OF THESE CATS
IS SICK
Can you tell which one?

Vamos a visitar a esta veterinaria cada año desde que llegamos al pueblo y adoptamos a Gonta. El propósito de nuestra visita es que reciban la vacuna antirrábica. La consulta es cara (la diferencia de precios con las veterinarias europeas es abismal), pero se supone que es confiable. Además la señora tiene una especialización en acupuntura felina. Tal vez la razón principal para elegirla fue que su clínica quedaba cerca del barrio. La consulta es cuidadosa pero incómoda porque siempre concluye que los gatos no están en el grado óptimo de salud y que de hecho tienen algún problema que requiere intervención urgente. Así, además de la onerosa factura, la visita siempre incluye dos sendas cotizaciones (~$700 c/u) por los procedimientos que cada gato necesita. Por lo general los procedimientos requieren algún tipo de cirugía para, por ejemplo, sacarle un diente. En las primeras visitas Plinio tenía problemas de bajo peso y Gonta riesgo periodontal inminente. Ahora ambos tienen riesgo periodontal inminente y Gonta (que se dedica a correr como un loco por toda la casa) debe entrar en una dieta estricta que en nuestras condiciones de vida es más o menos imposible de cumplir. Nosotros sonreímos y decimos que lo tenemos que pensar. Salimos de la veterinaria angustiados, desplatados y con los gatos muy nerviosos por el viaje (es corto pero alcanza a afectarlos). Nos pasa cada vez. Decidimos que el otro año, si seguimos acá, buscaremos una nueva veterinaria menos holística donde los vacunen y nada más. A la mierda los hippies.

Charco

Madrugada

Madrugada
Olvidé cerrar la cortina anoche.

Esquizofrenia

Esta mañana.
Esta tarde.

Rumbos

Nieve esta mañana. Buses, piscina y más buses. Art stores y conversación sobre la tinta adecuada para tomar huellas digitales. De vuelta en la casa Laia se comió un banano y luego ciento cincuenta mililitros de leche. Hablamos largo con Álex por Skype. Hacía años que no lo veía. Esta semana las perspectivas de futuro que teníamos tuvieron que ser reconsideradas bruscamente. Todavía estamos asimilando lo que pasó. Muy pocas conclusiones por lo pronto. Tres grados sobre cero a esta hora. Son las tres de la tarde. Liliana cumple treinta y cuatro años. Laia duerme la siesta. El tiempo no se rinde.

Mirza

Desde que hay francotirador permanente en la azotea del edificio vivimos más tranquilos. Es un bosnio simpático, se llama Mirza. Mirza mató a mucha gente en su juventud pero no se ufana de ello; para eso tiene sus tatuajes. Me ha contado que tiene dos hijos (una niña y un niño) pero no sabe dónde están. Mirza piensa que la civilización como la conocemos está llegando a su fin. En enero acampó dos semanas en un bosque para poner a prueba sus habilidades de supervivencia. Como vengo de Colombia, cree que tenemos un pasado oscuro similar y está convencido de que ese pasado nos une. A veces, se sienta conmigo en las mecedoras del balcón y me dice: «Let’s talk of war, friend». Cuando Mirza habla de la guerra habla sobre todo de sus amigos muertos. Eso es la guerra para él. La semana pasada me dijo que yo no sabía afeitarme y me llevó a comprar cuchillas de afeitar de verdad. Ahora quiere enseñarme a afeitarme. La guerra le enseñó que el aseo personal es muy importante. Mirza dice: «one bullet is never enough, friend». Le confesé mi miedo a morir y me respondió que la primera vez no se sentía nada. Antes de venir a Canadá, vivió unos años en el centro de África trabajando para un amigo que tenía un negocio allá. Le fue bien en África. Ya lleva casi doce años acá y todavía le queda de esa plata. Mirza dice que las putas son mejores que las novias porque con ellas todo está claro desde el principio. El sábado vi a Mirza saliendo del “Yoga Shack” del barrio con su colchoneta morada entre una bolsa de Walmart. Fun fact: Mirza colecciona yoyos.

Gotas y nieve

Cielo

Malísimo

Medio día. Ruta de la universidad a la casa. Llevo a la niña en el cargador. Una mujer se sienta a mi lado en el bus. Hiede a cigarrillo y trago. Seguro estaba en uno de esos bares de mala muerte del centro que surten a los alcohólicos seriamente comprometidos con el grupo hidróxilo. El sábado mataron a dos a una cuadra de ahí. La mujer sonríe. Intenta ser amigable. Me dice algo pero no le entiendo o tal vez no lo quiero entender. Esa mezcla de olores siempre me irrita. La ignoro. Cuando lo repite le entiendo. Dice: Así que hoy es el día del papá, ¿no?. Le digo sí y no digo más. Debí decirle: Todos los días son el día del papá. Me pregunta por el cargador. Qué útil es, ¿no es verdad? Asiento con la cabeza sin mirarla. Al final se cambia de puesto. Me pregunto si me eché desodorante esta mañana. Ahora las personas se sientan a mi lado en el bus. Creo que a eso lo llaman el Factor Bebé. De repente soy una persona confiable y hasta agradable. En mi vida pasada despertaba la reacción exactamente opuesta sin esfuerzo incluso si usaba desodorante. Cuando me quería esforzar fingía una tos seca, eso bastaba. También serviría saber eructar a voluntad, pero nunca he podido dominar ese arte sutil. Eso me pasa por no ser malo de verdad.

Tres mujeres

Laia, Gloria y Mónica
Durante el Pride Parade del pueblo. Pese al ruido, Laia lo durmió íntegro. Mi mamá, por su parte, se dedicó a recibir banderas, botones, tatuajes temporales, collares y volantes coloridos. A Mónica la conmueven mucho estas marchas. A mí también. Ahora, además, me recuerdan a Sebastián.

Lo que la vida dice

Lo que la Biblia dice

Contexto: Durante el Pride Parade del pueblo. Cuando pasaron a mi lado, les pregunté qué decía la Biblia sobre el amor. No respondieron.

Del puente para Alá

Alrededor del diez por ciento de los habitantes de London, Ontario, son colombianos. Empezaron a llegar a finales de los noventa. Son detectables (mi corrector propone detestables) en centros comerciales, buses y festivales de verano. Tienen su propio semanario en línea. Problema: no es claro por qué alguien podría elegir este lugar para asentarse como inmigrante. Que la comunidad sea tan grande me intriga todavía más. Esta no es precisamente una ciudad próspera. Todo lo contrario: los índices de desempleo son altos y la industria es escasa. El centro está tomado por los adictos zombis y los mendigos. Dicen que cerca de la mitad de los colombianos están acá como refugiados, así que reciben una pequeña suma mensual (menos de setecientos dólares) que les otorga el gobierno de Canadá. Tal vez eso ayuda. Sea como sea, aquí están.

Este fin de semana, la comunidad de colombianos celebró el día de la independencia de Colombia. Aunque nunca vamos a esas cosas (acuso alergia aguda a las banderas), es difícil no enterarse. Tradicionalmente, la fiesta se celebra en un parque que queda en la mierda, junto a una planta de control de polución. El apellido del parque es Off Leash Dog Park. Apropiado. Supongo que el gueto principal está por ahí cerca. Este año se anunció con meses de antelación en varios medios locales que la celebración volvería al parque, pero a última hora el periódico latino del pueblo organizó, en llave con el locutor (asumo popular) de un programa de radio en español, su propia fiesta de la independencia en una plaza del centro de la ciudad, junto al mercado. Descubrimos la sede alterna ayer, en un paseo para apaciguar a Laia. Había tarima y puestos de venta de comida pero poca gente. Unas niñas maquilladas bailaban salsa con muñecos de trapo. Era evidente que la sede satélite, más que una ampliación de las celebraciones, era una disidencia. El locutor popular, políticamente influyente y amigo de los de la plata, quería montar chiringuito aparte. El periódico organizador niega que haya disputa o ánimo competitivo pero en la práctica es más que claro en qué consistía el juego y quién perdió: el periódico se quedó con los patrocinadores y el parque con la gente.

El panorama era similar hoy, cuando fuimos a la caza de un plato de lechona y otra siesta prolongada para la niña. Salseros tristes en la tarima, invitando a un público inexistente a bailar. Es extraño pero también familiar. La fuerza que prima entre los colombianos en el exterior es con frecuencia repulsiva. Las confrontaciones son frecuentes. La desconfianza manda. Nadie sabe quién es quién y mejor ni saber. Cada cual va por su lado, a su suerte, contra el siempre sospechoso resto. Diría que no los entiendo pero mentiría, y eso no le gusta a Dios.

*

Escena en Antojitos, el puesto de lechona y picadas instalado en el festival disidente (¿tendrían también puesto en el parque?): pedimos tres platos. Mientras esperamos aparece un paisa gordo colorado medio borracho de sombrero, con los brazos llenos de teléfonos escritos en bolígrafo, que al hablar transita con fluidez seguro inconsciente entre el parcero y el brotha, como mi amigo Óscar. Le pregunta al dueño del puesto si tendrá carne(cita) más tarde. El dueño, que lo conoce, responde que sí. El paisa le explica que ahora mismo (son las tres) no puede comer pues el viernes inició un mes de ayuno estricto, pero le recomienda un plat(ic)o bien cargado de carne asada con papitas a eso de las nueve, cuando caiga el sol. No sé por qué tengo la impresión de que lo quiere gratis, por la amistad. El dueño dice que seguro, mi hermano. El paisa le dice que lo único es que no lo vaya a preparar junto al puerco, parce, porque eso es pecado, if you know what I mean. Le señala la lechona. Insiste: pilas ahí, güevón. Luego se va. Alá se lleva a los mejores de nosotros.

El lenguaje del amor

El lenguaje del amor es la respuesta urgente al grito abierto y rabioso que exige atención instintivamente, sin capacidad para precisar la naturaleza específica del reclamo. Estamos diseñados para reaccionar al llanto cercano con angustia culpable. Esto aumenta la probabilidad de supervivencia del potencial cachorro. Hoy en el paradero de bus una mujer lloraba sentada en el suelo, junto a una escalera de entrada a un edificio. La miraba como si yo no estuviera ahí. En ese paradero siempre hay gente llorando o al menos visiblemente triste. Es lo normal acá. Los centros de las ciudades están tomados por los abandonados.