Rango Finito

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Laia

Largo día. Laia nació a las 4:33 de la tarde. Pesó 2995 gramos y midió 51 centímetros. Es pequeñita. Tres horas antes estábamos en la plazoleta de comidas de un centro comercial comiendo sopa de tomate y jugo de naranja con zanahoria. Mónica había tenido contracciones pero no eran suficientemente regulares así que no estábamos seguros de que fuera el momento. Pensábamos que era falsa alarma y que Laia nacería, como su hermano mayor, el día que cumpliera cuarenta semanas, o sea el miércoles. Finalmente el dolor de las contracciones convenció a Mónica de ir al hospital. El parto fue rápido pero también salvaje. Ahora son las 11:40 de la noche y tanto Mónica como Laia duermen a suspiros. Ya la niña recibió su primer baño. Es suave y tranquila. Cuando está despierta mira a su mamá con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. Mañana inicio mi curso en la universidad. Es un curso de cálculo integral de un mes y medio (dos horas diarias) para estudiantes de matemáticas y física. Terminé de preparar la primera serie de lecciones (para mañana: el teorema de valor medio y sus consecuencias revisitados formalmente) y la primera tarea esta misma mañana. Serán seis semanas muy intensas. Estoy cansado y feliz. Más feliz que cansado.

Juan Fernández



De Los Gaiteros de San Jacinto

Bailarina

Bailarinas

Que entre la noche

Amiga (3)

Llovió toda la mañana. Bajamos a las 14:30 a visitar las ardillas. La última vez que las habíamos visto había sido ayer por la mañana. Lucían bien. Nos aseguramos durante el día de que tuvieran siempre nueces y agua pero al parecer no fue suficiente. Encontramos el cuerpo muerto de una de ellas entre los matorrales alrededor del árbol, cerca del bebedero de agua. Probablemente las otras dos corrieron igual suerte. Impotencia y tristeza.

Amiga (2)

Son tres, no dos. Las visitamos a las siete y media. La pequeña juguetona estaba tomando agua del bebedero que dejó la vecina. Lo rellenamos. Las nueces que dejamos habían desaparecido. Sospechamos que otras ardillas aprovecharon para aprovisionarse. Reabastecimos la despensa y se lanzaron contra las nueces de inmediato. A las ocho, cuando abrieron el supermercado, fuimos a comprar más nueces de estilos diversos (y también ciruelas pasas) para, en palabras de Mónica, “asegurarnos de que en la dieta no les falte ningún aminoácido”. De vuelta del supermercado me pareció ver a una de las tres saltando de rama en rama con torpeza en el arbusto cercano (que colinda con su árbol de nacimiento). Próxima visita: 11:00 am.

Amiga

Está al otro lado de la calle Elmwood. Camina por el prado con curiosidad. Lo olfatea todo. Intentamos alejarla del andén para reducir la probabilidad de que se lance a la calle. Es amigable. Luce sana y fuerte. Se acerca y juega. No nos tiene miedo. Se estira bajo el sol. Busca el calor. Hace ruiditos. Rehuye mi sombra pero salta hacia mí cuando me acerco. Cabría de sobra en mi mano. Su hermana está oculta entre unas matas de hojas grandes alrededor del árbol donde probablemente nacieron. Tienen hambre. Le ofrecimos nueces y comió gustosa. Una vecina trajo un recipiente con agua. Lo pusimos en la base del árbol junto con una buena provisión de nueces. Al rato regresamos y se había aventurado mucho más lejos del árbol. Nos siguió cuando la llamamos. Intentó subirse en Mónica. La volvimos a dejar en la base del árbol. Mañana por la mañana volveremos con más nueces y agua.

Flores

El año pasado sembramos rosales en el balcón. Cuando los compramos estaban pesados, cargados de flores. Daba gusto verlos afuera, iluminando la ventana a dos colores. Son rosas pequeñas blancas y rojas. Las últimas todavía estaban vivas cuando cayó la primera nevada de la temporada, mucho más temprano de lo esperado. Recuerdo las flores atrapadas entre la nieve, tan confundidas como nosotros por el cambio súbito de clima.

Ayer el rosal rojo empezó a florecer. Es una flor por ahora, en una rama corta. Una ardilla joven, no la visitante habitual, intentó comérsela pero le grité y saltó asustada al árbol. En cuestión de un día la flor pasó de un capullo verde cerrado a un pequeño puño rojo brillante. Pronto abrirá sus pétalos. Desde el escritorio veo dos rosas más en camino. Considerando lo descuidados que somos es realmente milagroso que estén vivos y floreciendo.

Támesis

Ayer vi a un señor comiendo pizza en el río. Cruzaba el puente de camino al centro y lo vi parado en una piedra en la mitad del río: un hombre con tatuajes, barba y gorra, con un pedazo de pizza en la mano. No sé cómo hizo para llegar ahí. Miraba la corriente desolada y comía. Hace unas semanas, cuando Santiago estuvo de visita, paramos en ese mismo puente a ver los bancos de peces. Había cientos de todos los tamaños en pausa bajo el puente dentro de su travesía primaveral contra la corriente. A unos quinientos metros del puente hay un dique que impide que continúen su viaje (que cierren su ciclo), pero eso los peces no lo saben, así que nadan hasta el dique e intentan escalar la caída de agua, usualmente sin éxito, con el propósito instintivo de volver al paraíso oxigenado donde nacieron sus antepasados.

Intersección

Anoche, a la 1 am, desde la ventana del cuarto.
(30 segundos de exposición.)

Gradiente

Miércoles (Ruidos Blancos)

El olor a pasto húmedo. El cuervo inmenso en el árbol que hace la venia y dice taca-taca-ta. El sueño del gato. La invasión imparable de las hormigas. El rumor de las obras que se acercan. La intranquilidad. Las lluvias esporádicas que sostienen el color del cielo. El corte suave del tomate que es sólo jugo y semillas. Un vaso que se revienta al contacto con el agua. El frío en los pies. La serenidad del árbol verde que nos mira desde afuera. La percepción cambiante del tiempo con sus horas disparejas y sus eternidades acotadas entre los oficios. La espinaca fresca. El chorro de agua caliente en la espalda. El recorrido de la luz sobre la sala. Las lecturas anidadas que vuelven la cotidianidad un texto. Los códigos frágiles que sostienen la estructura. El frío del gato en la ventana. La menta en el enjuague bucal. El ruido de agua que no se ve. Los bichos misteriosos en la tina del baño. Las almohadas frescas contra la cara. Las noticias vacías que exigen que todos las miren y admiren. La canela en el agua humeante. Las instrucciones para las máquinas. Los conteos. Los pájaros. Las recurrencias. Lo que no fue.

Viernes (Lorelei)

Sábado

Vimos Sucker Punch y la pasamos bien. Las películas hay que juzgarlas de acuerdo a sus aspiraciones, a lo que pretenden ser, y Sucker Punch es perfecta en su género. Lo consolida. Le da sentido. El género de Sucker Punch es el thriller psicosexual de explotación gótico-sf-fantástico adolescente con intermedios musicales (Población: un (1) habitante). La fortaleza de Sucker Punch es la habilidad sobrenatural de Zack Snyder para montar escenas, musicalizarlas y colorearlas, para abusar de la gramática cinematográfica y poner el estilismo más desbordado a su servicio, de rodillas (en esta ocasión, además, libre de compromisos con historias ajenas por adaptar). Snyder monta secuencias donde, sin razón alguna, la cámara atraviesa espejos y continúa viajando por el espacio reflejado limpiamente, sin alardeos. Eso es Snyder en modo sutil. Aunque se podría pensar en razones, tal vez no sea del todo gratuito. Se podría pensar que en tanto que Sucker Punch transcurre dentro de la fantasía evasora/negadora de su protagonista, el mundo y su reflejo son indistinguibles en homenaje velado a mi colega Charles Dodgson. De ahí que los espejos no sean barreras. Tal vez la mayor debilidad de Sucker Punch sea su sentido de la historia, su desprecio por lograr un cierto nivel de coherencia global que nos convenza. Es una historia escrita por un niño. Si tuviera plata y talento me dedicaría a hacer películas así. Debe ser divertidísimo.

Luego del cine fuimos al mercado y compramos sobrebarriga. Al llegar a la casa llamé a mi abuela en Bogotá para que me recordara su receta. La acompañamos, como ordena la tradición, con papas chorreadas. Quedó rica. Hacía once años que no me comía una sobrebarriga.

(El 80% de la zona central de Londres, Ontario, luce así.)