Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

londres

Este no es el Londres que buscan

La editora en jefe de la (deprimente) revista gratuita mensual de actividades culturales de la ciudad usa cada editorial para reiterar que (1) ella vivió por un número impreciso de años en Londres, Inglaterra, (2) en términos de oferta cultural Londres, Ontario, no es comparable a su homónima inglesa, pero, y esto es lo importante, (3) siempre podría ser mucho peor.

Dublinesca

Manuel Riba viaja a Dublín a celebrar los funerales de la era de Gutenberg, algo así. No es en serio, es una excusa, la primera que se le ocurre. Riba acumula excusas para justificar su inacción desde que decidió vender su empresa, una editorial independiente, y retirarse. El viaje a Dublín sirve para evitar que sus papás, con quienes tiene una relación casi adolescente, descubran que fue a Lyon por un fin de semana y se encerró en el cuarto del hotel a escribir una teoría fallida de la novela. Sepulta Lyon bajo Dublín y así posterga la conversación en la que sus papás descubrirán que ya no es nadie ni hace nada. Riba se evade a sí mismo porque se siente derrotado por su oficio y creo que también por su vida. Es como si el éxito que acumuló durante su carrera como editor se hubiera agotado. El viaje a Dublín es una oportunidad que se ofrece para poder reinventarse y crear nuevos referentes que le permitan confiar de nuevo en sí mismo. Hace dos años Riba tuvo una operación muy seria y ahora tiene una enfermedad crónica que mal lleva desde la abstinencia al alcohol y demás vicios. Borracho era alguien mejor, pero su mujer no opina lo mismo. A veces Riba sospecha que está muerto. Es posible morir en vida. También es posible morir sin notarlo y creer que la vida sigue. Por eso es necesario estar atento a los colores y los lugares, la intensidad de las experiencias, el contacto con los demás, las referencias ocultas, las llamadas misteriosas. El cambio es sutil pero detectable. Todo es más amplio allá afuera. Estamos hechos de pura ausencia.

the british museum — Hammershøi
Cuántos nombres por olvidar.

Martes

Me levanto temprano. Leo un cuento hiperviolento de Federico Escobar y le envío un correo largo con comentarios. Se titula, inofensivamente, Manizales. Juan me escribe: vio esto y se acordó de mí. Hago desayuno. Acompaño a Mónica a tomar el bus. Camino a la casa. Trabajo un poco por la mañana. Le recomiendo a Laura lugares en Nueva York. Escribo correos. Recaliento comida para el almuerzo (arroz congui y carne de cerdo). Leo este cuento de Daniel Espartaco Sánchez. Lo vuelvo a leer. Tomo el bus hacia el hospital. En Richmond con Dundas se sube un señor que huele a orines. Se sienta justo al frente mío. Contengo la respiración y oigo a Dan Savage reconfortar gringos con problemas de identidad sexual. Espero a Mónica en el punto acordado. No llega. Me asusto. Llega en taxi cinco minutos antes de la cita. Se le hizo tarde. Me desinfecto las manos al entrar al hospital. Miro personas en sala de espera. Hay un hombre de pantaloneta de jean a la Carlos Vives que tiene todas las piernas tatuadas con lo que a mi juicio son malos dibujos infantiles. Su hija, una niña de siete años, está vestida de cuero y tiene gafas negras. Es probable que ella sea la artista que decora las piernas de su padre. Hay una niña, más pequeña, que cuenta revistas con su papá. La mamá sale del consultorio, está embarazada, y la niña corre hacia ella y le entrega una revista que le guardó. Pienso en la perspectiva (horrenda) de enviar a Mauricio a un colegio. Odio los colegios. Había olvidado que Mauricio tendría que soportar ese martirio algún día. Mónica sale de la consulta. El cérvix se está borrando y Mauricio está en posición. Todo está preparado para su despegue vaginal hacia el temible mundo exterior. El doctor Fellows dice que faltan pocos días. Regreso a la casa a pie. Helado de yogurt con fruta (mango, frambuesa y mora; el helado tiene sabor a te verde) ante la imposibilidad de comprar bubble tea. Reviso el buzón de correo. Limpio la arena de los gatos. Escribo un twit que usa (correctamente, creo) la palabra “empero”. Escribo otro correo electrónico. Intento leer una entrevista a Pierre Bordieu que Miguel me recomendó. Fracaso. Creo que Pierre Bordieu usa un lenguaje secreto. Hablamos de gramática y Jaime Ruiz. Hablo con Mercedes varias veces durante el día. Renunció a la invisibilidad para volver a sentirse una chica popular. Pienso en un artículo de Rahim y Tom que hace meses que debería haber leído. Me da culpa. Juan me tranquiliza y me asegura que un taxi no se puede rehusar a llevarnos al hospital. Hablo con Sergio, el jueves se va a las tierras del norte. Instalamos una repisa blanca en el cuarto. Pongo un dinosaurio verde y gordo para estrenarla. Hay grillos afuera. Más que de costumbre. Encuentro a mi Asterix y mi pulpo naranja debajo del sofá nuevo junto al gato superhéroe de Gonta y su araña de jugar fetch. Juego fetch con Gonta. Me hago un sánduche, un vaso de te verde y sirvo papas fritas que compré en el Ikea. Me quejo al aire por séptima vez: las papas fritas del Ikea norteamericano no se parecen en lo más mínimo a su contraparte europea. Como. Debería comer mejor. Recuerdo una vez más que debo cargar la batería de la cámara. No hago nada al respecto. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Plinio pide comida. Los platos están vacíos. Les sirvo comida. Plinio ronronea. Transmission me anuncia que Darkon está aquí. Veo (maravillado) pelear en juego a los gatos. Admiro el estilo de Plinio. Es poco efectivo pero elegante. Ayudo a Mónica a actualizar su hoja de vida. Oigo Little Person. La canto. Me pregunto por qué todos estamos tan lejos. Creo que leeré un poco antes de dormir. Huele a mofeta afuera. Ayer, por cierto, vimos una mofeta en el parqueadero. Dicen que hay que tenerles miedo.