Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

los noventa

Bernardo Hoyos

Durante los noventa, a Bernardo Hoyos era fácil encontrárselo en los cines del Centro Comercial Granahorrar. Ahí lo vimos alguna vez, sentado en primera fila junto a su lazarilla para poder distinguir entre manchas borrosas las escenas de Saló, durante una de tantas proyecciones de la supuesta última copia disponible en el país (eternamente a punto de ser incinerada). Bernardo Hoyos, su voz y lo que él representaba (la cultura culta de la alta sociedad pretenciosa) eran objeto de burla frecuente entre mis amigos. Pero creo que esa mañana de sábado, entre nuestras risas y las súplicas de los jóvenes torturados, el señor fue al menos momentáneamente parte de nuestra hermandad de (falsos) renegados.

Asesinos

Lo que Sergio no cuenta es que una vez mató a un animal para comérselo. Un animal que, además, le sirvió fielmente durante varios meses. Era 1993. Teníamos codornices en el patio. Las teníamos por los huevos. Tal vez haya fotos por ahí. Las compramos pequeñas. Recolectábamos los huevos todos los días, los guardábamos en la nevera, y cada tanto, al ritmo de los suplex de Monday Night Raw, nos comíamos cuarenta de golpe con salsa rosada. Era uno de nuestros planes favoritos cada semana.

Pero un día las codornices dejaron de poner huevos.

Pensamos mucho en qué hacer. Les dimos tiempo. Buscamos asesoría en las tiendas veterinarias de la avenida Caracas. Compramos comida especial. Nada dio resultado. Decidimos asarlas al horno, pero primero teníamos que matarlas. Mi abuela dijo que las codornices debían ahogarse para proteger la carne. Creo que haber visto recientemente Como agua para chocolate influyó en la decisión.

Instrucciones: cada uno agarra una codorniz, sostiene la cabeza y la hunde en un balde con agua. Sólo la cabeza (esto también por recomendación de mi abuela). Lo hicimos en el patio, junto a la que había sido su casa por cerca de un año. La codorniz se retuerce, patalea, se relaja, tiembla y muere en ese orden. Dos minutos por animal. Sergio sólo lo hizo una vez. Yo maté a las otras cinco. No recuerdo haber sentido mayor culpa. La compasión no era mi fuerte. Todas estas debilidades morales que ahora padezco son más recientes. Encontrar el amor me jodió.

De resto procuramos que tuvieran una vida feliz, eso sí.