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lyon

Dublinesca

Manuel Riba viaja a Dublín a celebrar los funerales de la era de Gutenberg, algo así. No es en serio, es una excusa, la primera que se le ocurre. Riba acumula excusas para justificar su inacción desde que decidió vender su empresa, una editorial independiente, y retirarse. El viaje a Dublín sirve para evitar que sus papás, con quienes tiene una relación casi adolescente, descubran que fue a Lyon por un fin de semana y se encerró en el cuarto del hotel a escribir una teoría fallida de la novela. Sepulta Lyon bajo Dublín y así posterga la conversación en la que sus papás descubrirán que ya no es nadie ni hace nada. Riba se evade a sí mismo porque se siente derrotado por su oficio y creo que también por su vida. Es como si el éxito que acumuló durante su carrera como editor se hubiera agotado. El viaje a Dublín es una oportunidad que se ofrece para poder reinventarse y crear nuevos referentes que le permitan confiar de nuevo en sí mismo. Hace dos años Riba tuvo una operación muy seria y ahora tiene una enfermedad crónica que mal lleva desde la abstinencia al alcohol y demás vicios. Borracho era alguien mejor, pero su mujer no opina lo mismo. A veces Riba sospecha que está muerto. Es posible morir en vida. También es posible morir sin notarlo y creer que la vida sigue. Por eso es necesario estar atento a los colores y los lugares, la intensidad de las experiencias, el contacto con los demás, las referencias ocultas, las llamadas misteriosas. El cambio es sutil pero detectable. Todo es más amplio allá afuera. Estamos hechos de pura ausencia.

the british museum — Hammershøi
Cuántos nombres por olvidar.

Domingo

Me dice que siente la presencia de la muerte. Que el miércoles no más, por la mañana, llegó la policía a su casa a decirle que el vecino viejo del apartamento justo abajo del suyo estaba muerto. Fiel a la tradición europea, llevaba muerto varios días sin que nadie lo notara. De ahí el olor, sí. Pero ese no es su único encuentro reciente con la muerte. Hace cosa de un mes alguien fue asesinado en el edificio del frente. A bala. Un asunto de drogas. Y durante el último año varios accidentes han ocurrido en su esquina, lo que es sorprendente si uno piensa en el tamaño de la intersección. Es claro el patrón. Es como si la naturaleza quisiera decirle algo. Como si quisiera advertirle que está demasiado cerca de algo que no debería saber (¿Un teorema?, le pregunto. El teorema, responde), de la misma manera que en ese cuento de los hermanos Strugatsky del científico que se enfrenta al cosmos por el descubrimiento de la verdad última y el cosmos, en respuesta, contrataca con cataclismos.