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Turco

Me anuncian por teléfono que el turco está muerto. Les pregunto si están seguros. Si quiere le mando la foto de la cabeza por e-mail, doctor, me dice el salvaje este sin principios. Siempre es así con esta gentuza iletrada. Por eso es que el turco me caía bien, porque no era un bárbaro con el sistema moral atrofiado por tanta droga. Era un matón con sentimientos, digamos, alguien que todavía entendía, en medio de lo escabroso de su profesión, que las personas valen algo. Yo creía en el turco. Yo valoraba su consejo. Era un tipo limpio. Y creo que aún cuando me traicionó nunca dejé de tenerle respeto porque hasta traicionándome fue legal, si es que eso todavía quiere decir algo en este medio. Que qué hacemos con el cuerpo, doctor, me pregunta este malviviente. Déjelo en un cajón y avísele al cura, le respondo. El turco era creyente. Creía en Dios, al menos, pero no comulgaba porque decía que esa era una práctica canibal y hasta razón tenía: a mí también me da un poco de asco lamerle la mano al padre. Pero cuando yo rezaba en la mesa el turco rezaba conmigo y una o dos veces presidió incluso con un Padre Nuestro la homilía que montábamos antes de cualquier golpe grande para que el Altísimo nos blindara. A mí me da pena quebrar al turco, de verdad me apena. Yo quería a ese tipo, lo apreciaba, era como un hermano para mí. O un padre incluso porque era más viejo que yo. Yo no quería que el turco sufriera así que cuando di la orden les dije que pepazo a la cabeza de una, malpariditos, y no quiero ver ni morados ni golpes ni una sola herida además de los huecos de entrada y salida. También decidí que luego de las exequias y la cremación yo mismo me voy con la urna en un avión para Estambul a llevarle los restos a su señora madre, a quien no conozco pero admiro inmensamente porque crió un hijo piadoso, responsable y disciplinado con su trabajo y con su vida.

Muerto

Voy a matar a un hombre. No es algo que me enorgullezca pero es algo que debo hacer. Usualmente le dejaría el asunto a los pelaos, que saben cómo van las cosas, que saben hacerlas bien, sin que se note, sin que llueva mierda, pero yo quiero que este muerto sea mío. Este es el muerto que he estado esperando, el que me debía la vida.

Cito al muerto en un restaurante. Lo llamo y le digo hermano, necesito verlo, tenemos que hablar, y yo creo que el muerto ya para ese momento sabe que está muerto porque primero se niega y me dice que si no se puede otro día, que preciso hoy es un día complicado para él, pero yo le digo que no, que yo no puedo esperar y el tipo es respetuoso y sabe lo que le conviene entonces accede con la esperanza, supongo, de que la obediencia le perdone la vida, pero no lo hará.

Me gusta tratar a mis muertos bien. Yo soy por encima de todo un caballero. El muerto no tiene familia pero tiene una mujercita que lo quiere, una costeña jovencita que vive en Chapinero. Antes de pegarle el tiro le digo que le escriba una carta y se despida. Es un detalle pequeño pero seguro que ella lo apreciará. Usted no tiene que quedar como un hijueputa que se fue sin despedirse, le digo. Diga que la quiere pero las circunstancias lo obligan a partir. Diga, escriba, que espera que el destino los vuelva a unir. ¿Usted cree en el destino, hermano?, le digo. ¿Usted cree que esto tenía que pasar? Yo sí.

El muerto come poco. Está nervioso. Casi no habla. Me deja hablar. Esto no me molesta porque yo me precio de ser un gran conversador. Le pregunto por sus negocios, me dice que todo está en orden. Le pregunto si sabe para qué lo cité. Le digo que voy a matarlo. Le explico con cuidado lo que vamos a hacer. Le garantizo que si hace lo que le digo no le dolerá y que debe estar agradecido conmigo de que no le haya mandado a los pelaos porque ellos no se pondrían con cortesías y comiditas, ellos lo agarran a en la puerta de la casa y le meten quince pepazos por la espalda y lo dejan tirado ahí en la acera ahogado en su propia sangre. Y eso duele, le digo. Usted no quiere eso.

El muerto llora y se orina en la silla donde lo senté. Le digo que se limpie esos mocos y sea hombre. Le digo que tiene que resignarse, que su destino era morir así. Me dice que él no ha hecho nada. Le digo que no se haga el marica. Me jura que él no ha hecho nada, que no entiende por qué lo voy a matar, que le explique. Me pregunta si quiero tener algo así en mi conciencia. Algo cómo, le pregunto. La muerte de un hombre inocente, me dice. ¿Cómo sabe que es inocente, le pregunto, si ni siquiera sabe lo que ha hecho?