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Sondeos

Pensaba en cómo usar sondeos en línea para medir popularidad sincera. Con popularidad sincera me refiero a la existencia de un grupo suficientemente amplio de personas que están dispuestas a respaldar su elección sin trampas ni abusos del sistema de votación. Otorgar la victoria al mayor número de votos por lo general conduce a aberraciones como lo que pasó en el Gran Colombiano. Lo correcto, sin entrar en detalles técnicos (que se me escapan totalmente), sería declarar ganador a aquel que reciba la tercera mejor votación, digamos. O incluso la votación media. Sería un tipo de victoria muchísimo más difícil de manipular y, por ejemplo con la media, hablaría del sentir del centro (lo que quiera decir) y por tanto sería probablemente más tolerable como resultado para todos los interesados en el sondeo. ¿Cuál será la mejor forma de medir popularidad sincera (definición vaga, claro) en un sondeo en línea?

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Otro juego con sondeos en el que estuve pensando: un concurso donde los lectores de una serie de libros infantiles deben decidir el nombre, hasta ahora oculto, de la protagonista. Se ofrecen cinco nombres. Se invita a votar pero se incluye la siguiente cláusula: entre los que voten por el nombre menos popular se rifará un premio serio relacionado con la historia de los libros (un viaje, tal vez). ¿Cómo afectaría la rifa el resultado de la votación? (¿Cómo simular algo así?)

Malvada inteligencia

¿Y si la inteligencia surgió como una adaptación para aventajar al prójimo principalmente por medio del engaño?:

The more that I think about the role of human intelligence, the more plausible it seems to be a political adaptation. Intelligence is for lying, and lying well. Human intelligence it seems to me would have evolved from centuries of horror and betrayal – a sociopathic impulse to simulate loyalty for the purposes of naked exploitation. Perhaps this is why, to quote John Lennon “They hate you if you’re clever, and they despise a fool”. Intelligence makes people suspicious.

Algunas palabras de nuestros patrocinadores

Hecho: El propósito último de las redes sociales centralizadas es controlar la atención de sus usuarios y, a mediano plazo, capitalizarla. Cualquier estrategia para amplificar este efecto será considerada. Problema evidente: Dirigir la atención de una audiencia es el primer paso para manipularla. Relacionado: El sobreflujo de información es un medio propicio de cultivo y dispersión de desinformación.

La desinformación al poder

La campaña Kony 2012 es un subproducto de la misma cultura que desarrolló TED. Comparte su filosofía básica: para difundir es necesario diluir hasta que sea efectivo en una red social (aparato que privilegia (y premia) la vacuidad). Su objetivo, no importa lo que digan los románticos, no es popularizar una causa o crear interés genuino en un proyecto o problema sino establecer un producto adquirible que simbolice, para el consumidor ingenuo conmovido por el drama, su compromiso con (o su interés en) algo que parece importante/respetable. En últimas, se ofrece superioridad moral (o intelectual) certificada a escala global a precios módicos. ¿Quién puede resistirse? No debería sorprender que la organización detrás del video esté vinculada a iglesias cristianas norteamericanas. La religión organizada lleva siglos en el negocio y jamás ha tenido inconvenientes en diversificar. En Kony 2012 la perversión es flagrante: se usa la exposición casi pornográfica al sufrimiento de niños para justificar una intervención militar (a todas luces innecesaria (y dudosamente legal)) en Uganda. La historia es manipulada libremente con el propósito crear indignación viral airada que se traduzca en donaciones proporcionales (¿Para qué? Dios sabrá). Qué importa que Kony no esté en Uganda desde 2006. Qué importa que nadie haya sugerido que la asesoría militar norteamericana al equipo internacional de la ONU que lidera la cacería de Kony esté en peligro (de hecho, como señala Angelo Izama, hay tropas gringas en África central desde octubre de 2011 participando en terreno en la búsqueda (¡y fuerzas internacionales desde 2005-2006!)). Qué importa que Uganda esté bajo el yugo de una dictadura criminal por veinticinco años (con el beneplácito de Estados Unidos). Qué importa que en Uganda (y en África en general) el hambre, la miseria y la enfermedad destruyan la vida de más niños que cualquier cuadrilla de asesinos. Aquí lo que importa es lo que se puede vender. Lo de menos es informar.

Donald
El pato Donald te necesita. No lo decepciones.

La casa muda

De lo que quisiera que habláramos, si hay alguien que pueda leerme allá afuera, es de la identidad de la cámara. Porque cuando la toma es sostenida y activa, cuando su posición adquiere el papel de presencia, es necesario preguntar quién antes de adentrarse en los porqués. Quién anda ahí y qué quiere de mí. A través de quién veo. Quién filtra y otorga sentido. Quién modula la verdad. Lo que yo veo en La casa muda es una cámara en alianza con una consciencia trastornada e incapaz de ser fiel a la realidad que presencia. El lente es sincero y por eso miente. La cámara de La casa muda deforma y no se rinde a la exigencia de representar sin antes interpretar, lo que puede ser percibido como una traición por aquel que ingenuamente espera complicidad testimonial.

La casa muda
La fotografía es manipulación.

Telegobierno

Más obviedades: que la extensión de la televisión y otros medios de acceso y consumo sencillo promuevan un ejercicio de la política y el gobierno mediante el espectáculo (o que recurre a técnicas publicitarias para difundir su gestión o propuestas) no puede ser una excusa para que la política y el gobierno se vuelvan actividades que existen solamente como espectáculo o con el espectáculo complaciente como fin último. En un caso concreto, la transmisión en directo de eventos gubernamentales, legislativos o diplomáticos, con todos sus beneficios democratizantes, puede transformarse con facilidad en un escenario donde los servidores públicos se rinden al telepúblico (o aprovechan su telepresencia para fortalecer su imagen) en lugar de ejercer su labor. No se me ocurre una manera sencilla de impedir o al menos controlar este fenómeno pernicioso que no implique sacrificar apertura informativa. ¿Cuál debería ser el límite?

Sábado y domingo (En directo)

Recuerdo que hace algunos años, tras el incidente Pezón de Janet Jackson, salió a relucir el hecho más o menos obvio de que los eventos que se transmiten en directo realmente no se transmiten en directo. O sí, casi, pero no de inmediato. Además del tiempo que transcurre entre la captura de la imagen y su transmisión, hay un período breve cuando tiene lugar la producción, que permite, entre otras cosas, aplicar ciertas medidas de censura o elegir los mejores ángulos. A raíz del atisbo de teta en pleno Super Bowl se discutió la posibilidad de extender este delay unos segundos más. En respuesta, el pueblo teledependiente en pleno pidió respeto a su dignidad de espectador/consumidor/producto. Cinco segundos eran tolerables pero quince eran demasiados. El pueblo teledependiente exigió (y exige) inmediatez. Las transmisiones en directo ofrecen la ilusión de que la captura del instante retratado no ha sido manipulada. En ese sentido, funciona similar a la captura aficionada de video improvisada (por lo general granulosa, sin foco, movida y sucia) que es cada vez más popular como documento de apoyo en cubrimiento de noticias violentas (aquí algo más al respecto). Al tiempo que la postproducción digital es cada vez más poderosa, barata y extendida, se generan formatos que supuestamente nieguen la existencia de intervención. Subsiste, increíblemente, la idea absurda de que el video es más robusto como documento testimonial que, por poner un ejemplo, la fotografía. Uno de mis temas favoritos, uno del que si tuviera el músculo me gustaría escribir algún día algo extenso y bien documentado, es el proceso mediante el cual se desarrollaron las técnicas de fotografía fantasmal a principio del siglo pasado. Creo que ya he hablado de esto (ahora no encuentro el enlace): una vez la fotografía se consolida como una herramienta documental, surge una comunidad mayoritariamente centrada en Inglaterra y luego Norte América (y que paradójicamente tiene al inventor de Sherlock Holmes (paradigma de la racionalidad estilo Pierce) entre sus seguidores más apasionados) que utiliza trucos de edición y revelado (sumados a la credibilidad en ese momento incuestionable de la fotografía) para demostrar la existencia de fantasmas. Estas técnicas (o sus limitaciones) permiten la creación de la idea visual del fantasma como un ente antropomórfico difuso semitransparente y pálido que antes no existía. De cierta manera, el llamado ectoplasma (supuesto material polimórfico del que estaban compuestas las manifestaciones espectrales) es también un producto de estas técnicas: se ha sugerido que nació como una explicación a manchas inexplicables en las fotografías fantasmales. Estas manchas, claro, eran explicables fácilmente una vez se reconocían los juegos de doble exposición, superposición y sobreexposición que eran necesarios para producir el efecto deseado (y aquí deseado va en cursivas porque, como sugerí antes, los fotógrafos involucrados en realidad no sabían qué era lo que querían mostrar). Una vez establecidas como parte del fenómeno sobrenatural, los fotógrafos procedieron a desarrollar métodos que enriquecieran las manchas y les permitieran ejercer cierto control sobre el aspecto de las mismas. Como sea, el punto es que los métodos de captura de la inasible realidad objetiva (ese sueño) son de inmediato secuestrados por aquellos que quieren decidir el carácter de la realidad (incluso se podría decir que todo aspirante a representador de la realidad tiene ese propósito), pero aún así la masa teleadicta ilusa aspira a la adquisición de la verdad a través de estos medios altamente retocables y, con ese propósito, otorga valor agregado (en ocasiones paga por ese derecho) a presenciar transmisiones en directo de eventos sobre la transmisión en diferido de los mismos (aquí aprovecho para preguntar si existirá algún mecanismo psicológico/neurológico que recompense la sensación de inmediatez sobre la de presenciar el mismo hecho en pasado). Esto sin mencionar el sentido de comunidad global que genera la combinación de estas transmisiones con medios instantáneos de interacción social en línea (que a su vez exigen que los medios de comunicación que los alimentan con temas reaccionen cada vez más rápido a lo que ocurre (sin importar el sacrificio en sustancia)). Para cerrar, digamos que esto son unas notas para un proyecto de ensayo (que probablemente nunca escribiré) para así disculpar la dispersión descarada. Culpen al calor.

Viernes

Esto ya se llama primavera. Seis grados esta mañana al salir a coger el bus. Las flores explotan de repente en los antejardines y los árboles se llenan de cogollos tiernos y dispuestos a todo (pero especialmente a crecer) a cambio de un poco de sol. Por primera vez en lo que va del año dejé mi chaqueta de supervivencia polar en la casa. En clase discutiremos la representación de funciones como series de potencias y durante el viaje en tren redacté el resumen de mi charla del martes en McMaster. Ayer en televisión canadiense entrevistaban pasajeros recién llegados en un vuelo Tokio-Toronto. En su mayoría, muchachitas post-punk mimadas con tapabocas estilo japonés convencidas de que acababan de salvarse de terminar con rabo, tres tetas y poderes piro-telequinéticos por cuenta de la siempre inminente nube radioactiva. Las mamás, aliviadas de tenerlas de regreso, decían que en Japón los medios y el gobierno ocultaban la verdad: negaban los riesgos, aseguraban que no había nada que temer (a diferencia de los siempre confiables, mesurados y objetivos canales de noticias norteamericanos). Cunde la desinformación, y me temo que es parcialmente intencional: el pánico cautiva, sostiene al televidente frente a la pantalla a la espera (amenizada por los patrocinadores) de una nueva materialización del Horror ojalá peor que la anterior. Desinformar a costa de tragedias es un buen negocio.