Rango Finito

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maría mcfarland sánchez-moreno

Bordes

1.

El sistema mediático beneficia a la declaración desbordada. Una vez proferida, da igual si es imposible de corroborar en tanto que su potencial refutación requiera tiempo por encima del período principal del ciclo noticioso, o sea alrededor de un día. Una vez supera este margen la declaración persiste a través de su impacto colectivo, de la impresión visceral que promueve, y fuera de exigencias de realidad.

2.

Esto es parcialmente consecuencia de una estructura periodística con pudor por la mediación, la interpretación y la confrontación, actividades que considera contrarias a su aspiración de objetividad suprema.

3.

En el caso frecuente cuando la declaración desbordada es una respuesta a evidencia comprometedora, la estrategia se concentra en la evasión legal, mediante demandas por injuria de bajo costo y alta visibilidad. El registro de la demanda de presenta como prueba irrefutable de inocencia (así más tarde se retire). ¿Quién, desde la culpa, demandaría al que lo expone?

4.

Otra estrategia desbordada de uso común es la equivalencia de una acusación personal con una acusación extensa: la sugerencia de que cuestionar la idoneidad del líder es también poner en duda la rectitud moral de todos aquellos que lo respaldan, o los (sacrificados) hombres a su mando, o la población en pleno (o las instituciones que la cubren.)

5.

El acceso mediático del líder crea una ventaja de partida en cualquier asunto que le incumba. Le permite controlar la perspectiva y énfasis y plantear cada infamia bajo su mando como un asunto de opinión.

6.

A la sazón, el líder desbordado, encarnado en el honor de su pueblo, amparado en su derecho inalienable a la difusión preferencial, existe en un espacio mediático de confección propia impermeable a la evidencia en su contra así esta se acumule por décadas, así su equipo de trabajo caiga entero como culpable en procesos penales de conspiración criminal a su favor, así sus aliados más cercanos tengan vínculos evidentes con organizaciones asesinas, así su omnisciencia legendaria se desvanezca a conveniencia cuando lo haría cómplice, así todos coincidan en que un helicóptero de la gobernación a su cargo y otro del ejército sobrevolaban la masacre a la que ninguna autoridad, por desgracia, alcanzó a llegar jamás.

Masacres

Las masacres tenían una estructura. Seguían una coreografía montada con cuidado sobre planos, en reuniones previas con militares, terratenientes, empresarios y políticos que aportaban información y recursos. Cada masacre era un trabajo metódico de equipo documentado en libros de contabilidad para entregar reportes a los diferentes interesados y permitir una ejecución replicable y predecible, escalable, sin contratiempos, sin responsables precisos y de impacto controlado. En las masacres se administraban la muerte y la opresión como se administra un negocio porque eran un negocio con intereses económicos y políticos concretos que se amalgamaron y consolidaron en el vacío de poder tras la caída de Escobar. Su objetivo era el control de territorios y habitantes; minería de cuerpos y respetos.

Las masacres eran una manifestación del estado. No provenían de su ausencia. El estado era, en las tierras colombianas asoladas por violencias, la presencia última y cruel que determinaba de una buena vez quién merecía qué y hacía ley. Cada pueblo arrasado era de golpe inaccesible e inaceptable en tanto que recién juzgado y condenado. Indagar en la masacre era cuestionar la autoridad (con caligrafía prolija de monaguillo) que la masacre representaba: la de la gente propia, recia e intachable que había decidido sacrificarse, tomar las riendas y hacer lo correcto así doliera (violara, mutilara, decapitara, rebanara, castrara, apaleara, torturara, abaleara, empalara, apuñalara, humillara, desplazara y desapareciera). Su brío sombrío nos rescataba.