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Las Brisas

La pregunta sobre la naturaleza (o la fuente) del mal es una banalidad. Cualquiera con suficientes años en este mundo debería tener claro que no se necesita gran cosa para convertir a una persona (no me excluyo) en monstruo. Las justificaciones sobran. Es sencillo de verdad. No hay que estar dañado. Un resentimiento bien establecido (mediante entrenamiento, instigación o vivencia) engendra odio y del odio a la violencia sólo hay un pequeño tabú moral que es fácil de ignorar bajo suficiente presión. Pero es peor todavía: no se necesita nada. Ninguna excusa. Las limitaciones que impone la sociedad nunca son suficientes para contener todas las variantes de daño intencionado concebibles. Una centena de hombres llega a la vereda Las Brisas y fusila a doce campesinos (papás, hermanos, hijos). Luego los decapitan a machete ante sus familias. Son órdenes de arriba. Casi rutina. Cuando le reclaman a los asesinos ellos dicen de diferentes formas que no saben por qué lo hicieron pero están arrepentidos y sienten culpa (o sea merecen perdón). Con algo de esfuerzo histriónico lloran. Parece casi natural. Está bien hecho. Las revistas y los jueces intentan explicar por qué pasó. Hablan de venganzas, territorio y estrategias. No es satisfactorio pero es funcional. Cuelgan de eso un Nunca Más. La narrativa como consuelo. El horror dispuesto en una cadena causal bien alineada, apodada de cariño La Verdad, que convierte lo inaceptable en comprensible. Nos inventamos el cuento de que la maldad es ajena a lo que somos (es inhumana) y necesita historias que nos perviertan para poder existir.

Lunes (Masacre)

Doce (12) hombres armados provenientes del norte llegan al pueblo a pie por la carretera principal. Son las siete y media de la noche, apenas se termina el noticiero. A la entrada de pueblo se cruza en su camino Rogelio P. (34, dos hijos, campesino. Dos impactos en la cabeza). Más adelante, a dos cuadras de la plaza, encuentran en una esquina a Juana S. y Laura A. (17 y 18 resp., estudiantes. Decapitada y estrangulada resp.). En la plaza central del pueblo, junto a la estatua de Bolivar conversan Mario J. (56, cinco hijos, tres nietos, comerciante. Tiro a quemarropa en la frente), Tatiana M. (27, maestra. Violada y descuartizada), Fabricio R. (31, tres hijos, mecánico. Colgado y sodomizado), Juan Antonio S. (39, dos hijos, sacerdote. Castrado y luego ejecutado a machete) y Polo Q. (45, un hijo, empleado del banco. Fusilado). En la tienda y miscelánea en la esquina noroccidental de la plaza, por su parte, departen Tulio I. (21, campesino y psíquico. Apuñalado), Fabio A. (24, auxiliar de enfermería. Mutilado y abalaeado), Marco Aurelio R. (12, estudiante. Quince impactos en el tórax), Yuri T. (19, dependiente y vendedor de helados. Destripado), Carolina T. (22, mesera. Violada y estrangulada) e Inés D. (45, dos hijos, comerciante. Apaleada). Nadie opone resistencia. Cada cual recibe su muerte sin lamentos ni ruegos innecesarios. Los gritos son acallados con golpes, balas y machetazos. El silencio resignado del pueblo todavía vivo presencia el espectáculo desde las casas a oscuras donde todos tiemblan. Nadie duerme. Las sombras de los doce (12) hombres recorren el pueblo toda la noche, dejan notas debajo de las puertas (que hablan sobre el ejemplo, la rectitud, la moral, los principios y el futuro de la región) y disparan contra las ventanas. A las seis se van.


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